Hartos del paraíso

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Una isla paradisíaca, de treinta por quince kilómetros de extensión, bordeada por el mar caribe. Cientos de palmeras repletas de jugosos cocos, una extensa playa de fina arena blanca y el agua de un turquesa inimaginable. Aruba,uno de los diez mejores destinos turísticos en el mundo...ah, me olvidaba comentarles la linda y constante brisa casi huracanada.


El flacuchento hombre, en lucha desigual contra la naturaleza, trataba de abrir la sombrilla y el viento impiadoso se la cerraba una y otra vez. Para colmo de calamidades, acababa de pegarle un palazo en el tobillo al turista alemán que, impaciente, esperaba a su lado. Al fin, después de mas de cinco minutos, clavó con fuerza la estaca y en un esfuerzo sobrehumano, abrió el parasol blanco y negro que rugió furioso sacudido por la ventisca. Lanzó un grito al aire, no de triunfo, sino de dolor, pues se había pellizcado la mano con el mecanismo que cerraba la sombrilla.


—¡Mierda con el viento puto! —insultó, sintiendo como dos lagrimones se deslizaban por sus mejillas.—¡A quien carajo se le puede ocurrir acercarse al mar en un día como este! —agregó, sin importarle que el germano pudiese entender algo de español. Se alejó pateando el suelo con rabia, mientras pestañeaba repetidamente, intentando sacarse la arena que arañaba sus ojos.


Un pelícano gordo y viejo pegó un inusual aullido que al humillado ser le sonó a carcajada. Aquella tarde de junio, solo los windsurfers parecían estar felices.
Marco, desde la caseta, observó divertido como el veterano acomoda-reposeras se acercaba, profiriendo un variado repertorio de insultos. Sin poder contener la risa le dijo:
—Rebelde la sombrilla, licenciado, ¿no?
Oscar ignoró el comentario y arrojó con fuerza, dentro de una bolsa negra, tres toallas y dos cobertores que había recogido de pasada.
—¡Cansado, harto, podrido es lo que estoy! —protestó mientras apoyaba la mano en la esquina de la pequeña cabaña para tomar aliento.
—Pensá en positivo, haces ejercicio, estas en un lugar hermosísimo y la linda brisa impide que el sol asesino te calcine en unos pocos minutos y todavia te pagan…
Oscar esbozó una sonrisa pero al instante se puso serio nuevamente.
—No, en serio Marco, tenemos que idear algo para escaparnos de esta vida miserable.
Marco lo miró con aburrimiento. ¡Tantas veces en estos últimos ocho años había escuchado y pronunciado frases similares! Eran expresiones de deseo que nunca pasaban de eso.
La vida con sutil ironía los juntó bajo una estructura de madera y paja ubicada en una islita casi descolgada del mapa. Los dos divorciados, pisando los cuarenta. Los dos profundamente frustrados y resentidos.
 
 
Marco era ecuatoriano., provenía de una acomodada familia quiteña. Siempre fue el díscolo, el rebelde sin sentido, un malcriado a quien en su niñez y juventud nunca se le negó nada. Saboreó el catálogo completo de drogas sociales y disfrutó de cuanta mujer se cruzó por su camino. Llegó a sentirse inmortal cuando, después de un horrible accidente de avión, despertó de un coma de más de tres semanas como si nada. Ese fue el punto de quiebre. Se independizó de sus padres, se casó, prometió abandonar la droga y se anotó para cursar ingeniería. A los veintinueve se propuso llevar una existencia común y responsible.
Marcos tenía un don, era un eximio dibujante, o por lo menos eso creía Oscar, quien no se cansaba de repetirlo. En la escuela secundaria, sus compañeros y maestros hacían cola para admirar sus caricaturas. Hasta llegó a ganar algún que otro concurso menor.
—¡Alguna vez seré un artista de la puta madre! —se dijo, cuando a los quince años le dieron el premio a la inventiva y originalidad. Su obra fue expuesta en la entrada del colegio privado por más de seis meses.
A punto de estrenarse como cuarentón, su vida se habia al fin estabilizado. Era ahora miserable,aburrida, previsible e insoportable...
 
 
Oscar era argentino, de Mendoza. Se crió en un remoto caserío a orillas del río Atuel. Su padre, un sacrificado apicultor. Su madre, una docente rural. Humildad y trabajo fue el mayor legado que le dieron sus progenitores.
Desgastó su infancia y juventud leyendo cuanto libro se posara en sus manos. Desde chiquito escribió cuentos y poemas que solo escuchaban, por compromiso, sus familiares mas cercanos.
No pudo concretar su sueño de estudiar Letras Modernas en la capital provincial, pues a los diecisiete años embarazó a la chacarerita de la finca vecina. El poder de disuasión de su futuro suegro, sumado a una escopeta de dos caños, lo convencieron de asumir el compromiso marital.
A los veintiocho, publicó su primer libro, “Memorias de un don nadie”. Fue un fiasco total, aquella empresa le comió hasta el último ahorro y no vendió ni cincuenta libros de los mil que pagó. Tras una década, los novecientos y pico restantes eran alimento de polillas en su antiguo cuarto, el cual oficiaba de depósito.
Presa de una honda depresión, comenzó a absorber alcohol como una esponja. Se volvió violento, impredecible. Abandonó a su mujer y huyó de Argentina endeudado hasta el tuétano. Buscó un lugar perdido en el mapa donde sepultar su pasado, empezar de cero.

Una década después, Oscar aún continuaba en cero…
 
 
—Tenemos que inventar un plan para escaparnos de esta mierda —repitió el mendocino mientras se vaciaba las zapatillas repletas de arena.
Marco estaba tan aburrido como su amigo, harto del paraíso aquel. Le bastó ver al grupo de gritones e imbancables turistas franceses acercándose desde el hotel, para tomar la difícil decisión, postergada ya por meses.
—Es ahora o nunca, licenciado —sentenció jugando nerviosamente con la lapicera.
—¿ ?
—Lo de los paquetitos, no puedo creer que te hayas olvidado del tema —le tiró la frase al mismo tiempo que agarraba un puñado de toallas y seguía con desgano a los europeos.
Claro que Oscar no se habia olvidado del asunto aquel. La idea circuló insistentemente por su enquilombada cabeza, desde el primer día en que Arturo, un cubano ex compañero de trabajo, se los propuso…
—Es sencillo y seguro muchachos, lo hacemos en Bonaire, Curazao y St. Marteen. En los pasados cinco años, nunca hemos tenido un problema. Pegan el sobre con la coca bajo la reposera y en el momento que el cliente llega, siempre va a ser un huésped del hotel, lo sientan en el lugar preciso. Eso es todo —remató el antillano como si se tratase de la cosa mas fácil del mundo y para que el diablo terminara de meter la cola, agrego: —Cada envoltorio tiene entre cuatro y seis onzas, a ustedes les quedarían unos quinientos dólares por entrega. Para comenzar les garantizo unas cuatro envios, mínimo, por jornada.
Los números lucian claros, tentadores, mil dólares diarios para cada uno. El miedo, más que la decencia, le impidió a Oscar aceptar aquella vez la jugosa oferta.
Sacó con mano temblorosa la ajeada tarjeta de su billetera y la leyó por centésima ocasión: Arturo Cordobés - Agente de viajes.
 
 
La garza parda picoteaba una rodaja de sandia, mientras veintitantas gaviotas, echadas en perfecta alineación, miraban absortas el poniente.
No quedaba nadie en Eagle Beach, sin embargo los dos empleados no habían comenzado todavía a guardar los camastros que afeaban el horizonte. Se hallaban enfrascados en acalorada discusión.
—¡No seas maco Oscar, es muy buen dinero! Lo intentamos por un mes y después nos abrimos. ¡Piensa, treinta mil por cabeza! ¿Qué podemos perder? —agregó el ecuatoriano abriendo los brazos y elevando los hombros en gesto de interrogación.
—¿Sos huevon o te haces? Podemos perder la tranquilidad, la libertad y hasta la vida si todo sale mal. ¡Esto no es un juego Marquito!
—¿De que vida me habla, licenciado? Camellas doce horas por día para juntar alguito, que te lo gastas en cuatro meses de bajísima temporada. Tienes el cerebro quemado, cáncer de piel y la presión arterial altísima. ¿A esto se le puede llamar vida? Dime: ¿cuánto tienes ahorrado en diez años de trabajo?
El prolongado silencio y la cara de resignación del fallido escritor fue el sí que el dibujante amateur necesitaba. Se fundieron en un abrazo, teñido más por dudas que por certezas y rubricaron su condición de nuevos delincuentes con un fuerte apretón de manos.
—Y que Dios nos ayude Oscarcito, estamos jugados a todo o nada —dijo Marco juntando sus manos en señal de ruego.
—No creo que el barbudo se incline por nosotros en esta movida —acotó el argentino, dejando en claro su poca convicción ante la empresa por venir.
 
 
Todo marchó mucho mejor de lo que el sureño esperaba. Se habían prometido probar solamente por dos o tres meses, pero la golosina resultó tan tentadora que siguieron adelante. El proceso era limpio y sencillo, estaba tan bien programado que nadie desconfiaba. No se había presentado ni un solo problema y la comisión iba en aumento. El dato de que solo ellos dos trabajaban en la caseta de la playa ayudaba muchísimo. Un supervisor del hotel bajaba esporádicamente, pero el sol y la brisa lo corrían a los pocos minutos. Ademas el dueño y el general manager eran parte del cartel.
Al cumplirse el primer año, veinte de los sesenta turistas diarios que visitaban la playa eran “clientes”. Los ingresos por jornada subieron a más de seis mil dólares y cuando pensaron que había llegado el momento de retirarse, compraron una mansión en Ecuador. Fue una idea de Marco, estaba situada a orillas del volcán Tungurahua en el poblado de Baños al norte del país. Un prístino lago le daba el marco perfecto. Oscar aceptó encantado, la zona le recordaba su tierra natal. Cerraron el trato pagando 300 mil dólares al contado. La negociación se llevó a cabo a través de un cuñado de Marco que ofició de testaferro.
El problema principal paso a ser la desvinculación del cartel de la droga, del cual ya eran piezas importantes. Hablaron con Arturo y le expresaron sus intenciones.
—No seria una muy buena idea que se marcharan sin haberles encontrado un sucesor —dijo el cubano con tono amenazante—. El cartel les ha dado mucho dinero y lo mínimo que deberían hacer es entrenar a alguien que tome la posta. No cometan el error de desaparecer, —agregó moviendo la cabeza exageradamente— estarían firmando su sentencia de muerte.
Las cosas se les complicaban de una manera nunca imaginada, hasta ese momento no habían tenido real dimensión del peligro que corrían. Entonces, como caído del cielo, llegó una mañana de noviembre un tal Jair.
 
 
Jair tendría unos veinte y pocos de años, tez morena, ojos verdes, un metro noventa de estatura y pisaba los ciento treinta kilos. De espaldas anchas, cabeza grande y piernas musculosas, su sola presencia intimidaba. Un verdadero toro, fraguado en las canchas del futbol americano. El resquemor y la antipatía con que lo recibieron, fue cediendo ante el carácter afable y espontáneo del muchacho. Jair era respetuoso y ubicado. Su curiosidad no sobrepasaba el mínimo indispensable para cumplir con el trabajo.
Tan bien les cayó y tanto deseaban marcharse de allí, que a los pocos días le estaban tirando algunas pistas para ver su reacción ante el espinoso asunto de las drogas. El joven necesitaba dinero para terminar la carrera de medicina y parecía no estar dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Al mes, el brasileño se había incorporado formalmente a la organización. Arturo dio el visto bueno y les aseguró que muy pronto llegarían dos nuevos empleados de la “orga” a cubrir sus puestos.
La cosa marchaba sobre rieles, el último escollo para esfumarse de alli, había sido sorteado. Un lujoso chalet en Ecuador los esperaba para disfrutar, al fin, de la vida que siempre soñaron, lejos del islote aquel.
 
 
Aquella tardecita de viernes tenia algo particular, era la jornada final para los amigos sudamericanos. Terminaron de darle las indicaciones restantes a Jair, cerciorándose de que hubiese digerido hasta el detalle más nimio del proceso. El carioca se marchó una hora antes del cierre, despidiéndose de sus casi ex colegas con un fuerte abrazo.
—Les deseo sinceramente que les vaya bien. Gracias a ustedes, mi futuro pinta ahora mejor. Agradecido por siempre. Estoy seguro que nos volveremos a ver amigos, cuídense mucho.
Oscar y Marcos miraron al fornido hombre marcharse. Su pesada figura se detuvo en la entrada del hotel y levantó las manos con los pulgares extendidos.
—¡Que persona tan maravillosa! —exclamó el quiteño emocionado— Lo vamos a extrañar.
Una explosión de rojos pulverizaba el poniente dándole al mar un tinte sangriento. Caminaron descalzos por la blanca arena sintiendo la caricia de las pequeñas olas, observando el odiado paraíso por última vez. Estaban felices, exultantes. La excitación les impedía quedarse quietos un segundo.
—Mañana al mediodía estaremos bien lejos de esta isla del demonio, tomando caipiriña a la orilla del Tungurahua —dijo Oscar sonriendo. La arenisca que pinchaba su rostro no le produjo el hartazgo habitual, sino una sensación de dicha intensa. —¡Adiós condenado sol, adios arena inmunda!

Marcos marchaba adelante, absorto en sus pensamientos no escuchaba las alharacas del argentino. El testaferro de Ecuador lo acababa de llamar informándole que la pintada de la mansión se retrasaría una semana, pues el material aun no había arribado. El avión salía temprano y no estaban dispuestos a pasar más de siete días en un hotel.
—No te preocupes Andrés —le contestó gritando, mientras cubría el celular con la otra mano para atemperar el ruido que el viento producía. — Compramos la pintura y la llevamos. Es más, el trabajo lo haremos nosotros mismo —agregó, cansado ya de la incapacidad de su cuñado.
—¿Qué tal es para pintar paredes, licenciado? inquirió el dibujante, viendo divertido como el escritor, mojado de pies a cabeza, chapaleaba en la orilla del mar entonando “La del pirata cojo” de Sabina.
 
 
El día era espectacular, un cielo celeste cristalino parecía homenajear al rey dorado que se regodeaba a sus anchas sin intrusas nubes a la vista.
Oscar empapó el rodillo en pintura amarilla y escrutó el imponente muro que tenia enfrente. Les quedaba bastante trabajo, pero debían terminarlo antes del anochecer.
Como a treinta metros, Marcos, arrodillado, removía la tierra de unos canteros con cactus y flores multicolores. Saludó a su amigo alzando el brazo con desgano. Tenía sed, un mohito se dibujó en su mente y se le aguó la boca. Antes de retomar su faena, alzó la vista y oteó el horizonte...
Allí estaba y estaría por veinte años más el paraíso, el odiado paraíso aquel. Mar, arena, sol, palmeras…y la puta brisa interminable.
Los dos ex acomoda-reposeras conformaban un grupo de noventa reclusos que arreglaban la fachada de KIA, la cárcel correccional de Aruba, situada a orillas del mar Caribe.
En ese preciso instante, en el cuartel central de la DEA en Miami, se honraba a los agentes que habían desbaratado al poderoso cartel de Aruba. El principal homenajeado era el agente encubierto Edwin Gómez, alias Jair, cabeza principal del exitoso operativo.

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Espero hayan disfrutado de esta humilde quijotada que les arrimé hoy. En siete días les prometo una simpatica anecdota titulada:"La noche de los chanchos voladores" mis queridos sanrafaelinos. Un abrazo, amanecerá y veremos... W.G.G desde el imperio en retirada
Opiniones (1)
17 de octubre de 2017 | 10:29
2
ERROR
17 de octubre de 2017 | 10:29
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  1. Walter ¡¡¡ me encantó !!. Los "quijotes" de está historia les salió muuuyyyyyy maaaalllll.
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