Nicanor Parra y yo: la noche que caminamos por la playa

Patricia Rodón, editora de MDZ, relata el encuentro que en agosto de 1993 mantuvo con el "antipoeta" en su casa de Las Cruces. "Esa tarde, esa conversación, ese maravilloso paseo por la playa fue uno de los mejores momentos de mi vida profesional y personal, y uno de los recuerdos que atesoro con alegría", cuenta.

Nicanor Parra, inefable e infalible.

El periodismo proporciona días difíciles, intensas jornadas de trabajo y ásperas discusiones, pero también regala momentos simplemente maravillosos.

Ante la distinción con el Premio Cervantes al poeta chileno Nicanor Parra, me permito la primera persona para compartir uno de los recuerdos que atesoro con especial intensidad.

Entre las numerosas entrevistas a escritores célebres que he realizado a lo largo de mi carrera como periodista destaca el encuentro que en agosto de 1993 mantuve con el “antipoeta” en su casa de Las Cruces, un pequeño y hermoso pueblo a 125 kilómetros de Santiago de Chile.

Con la necesaria cuota de osadía que se necesita para enfrentar a un poeta de esta magnitud, llegué a este pueblito –previa comunicación telefónica con su hija Colombina-, busqué y encontré la dirección de su casa y toqué el timbre.

Abrió la puerta una señora seria y coqueta –más tarde sabría que su nombre era Juanita-, me presenté y le comuniqué mi intención de entrevistar a Nicanor. Ella dudó y justo cuando estaba por inventar alguna excusa para aliviar al poeta de uno de los muchos periodistas que con regularidad se presentaban en su casa, Nicanor, que bajaba una escalera, escuchó “Mendoza”, se asomó, me midió con su inquisitiva mirada y me dijo: “Vamos, pase señorita”.

En menos de diez minutos estaba sentada en el ascético living de su casa, escuchando al mar arreciando contra un enorme ventanal, tomando el té con Nicanor y escuchando la historia completa de esa casona, del pueblo mismo y de su decisión de abandonar La reina –casa donde vivía antes cercana a Isla Negra-, mudarse y comprarla.

La casona tiene un nombre literario, “La torre de marfil”, y se encuentra en la grupa de un cerro llamado El Vaticano. Recuerdo que se disculpó por hablar tanto de Las Cruces y de su casa: “Me apasiona el lugar, es magnético. Cuando uno dirige hacia aquí se siente una atracción irresistible. Es un imán que viene del mar y ante cual no se puede dejar de enmudecer”, me dijo y me condujo hasta el gigantesco ventanal para ver el mar verde y el atardecer rojo y en el tránsito tuve el privilegio de observar la emoción estremecida de Nicanor.

Después de unos minutos de silencio, de regreso a los sillones del living, comenzó una entrevista que se prolongó varias horas, en la que el también profesor de física me contó de su traducción “definitiva” del Rey Lear de William Shakespeare, de la puesta en escena de la obra, de la poesía, los poetas y la “poeticidad” de los poetas, de su revista Quebrantahuesos de los años ´50, del proyecto de otra revista “más pop” que se llamaría “Poto sucio. Revista de poesía. Con fines de lucro” con un epígrafe de Garcilaso de la Vega –relato que apostilló con decenas de chistes-.

El "antipoeta" y sus "artefactos".
Hablamos de ciencia, de Galileo, Newton e Einstein, de sus cosmovisiones, de su amor por la matemática, de la relación entre ciencia y tecnología, a la que llamó “hija no sé si legítima o ilegítima de la ciencia”; de su preocupación por la ecología y de su “literatura ecológica” y de su “ecofilosofía”, de los intereses políticos y económicos que “controlan el  descontrol” de los recursos naturales y del medio ambiente –“cuando alguien usa esas expresiones se me pone la carne de gallina porque son planteos viejos, de otras décadas. Son slogans”-, destacó con ironía.

Hablamos de su amistad con los poetas beatniks, de sus canciones para el grupo de rock Congreso, de su relación con la música, de su admiración por John Lennon; recorrimos algunos de sus libros y desmadejó algunas de las claves de su estética “antipoética”, de sus “artefactos”, de sus lecturas en público y de su enorme popularidad, de Borges, Macedonio Fernández, Juan Rulfo y Octavio Paz y del riguroso Olimpo de los poetas.

Fue una conversación profunda salpicada de anécdotas, humoradas, ironías y fragmentos de poemas dichos de memoria por Nicanor, durante la cual me sentí una persona privilegiada, me sentí honrada por el cálido, gentil y brillante Nicanor Parra.

Ya era de noche y en el momento de despedirme, el antipoeta me invitó a cenar apoyado por Juanita: “De ninguna manera se va a ir de esta casa sin comer”; me sentí abrumada. Después de una cena ligera y divertidísima, me dijo Nicanor que ya era muy tarde y que me acompañaba a tomar “el bus”.

Así fue como, por la playa, con el mar negro volcado sobre mí y todas las estrellas iluminando mis ojos de felicidad, caminé alrededor de un kilómetro junto Nicanor mientras él recitaba, decía, reinventaba, poemas, muchos poemas. Fragmentos de Romeo y Julieta, de Keats, de Huidobro, de Borges, de “la Gabriela” Mistral y, claro, suyos.

Llegamos a la parada del colectivo; cuando éste llegó, Nicanor me dio un beso, me dijo sonriendo “¡Congratulations!” y se aseguró de que me subiera. Emocionada, llena de luz, desde la ventanilla del bus devolví con la mano el saludo de despedida del antipoeta y mago. Esa tarde, esa conversación, ese maravilloso paseo por la playa fue uno de los mejores momentos de mi vida profesional y personal y uno de los recuerdos que atesoro con alegría.

El resultado de ese encuentro, de esa entrevista, fue publicado el 12 de setiembre de 1993 en El Altillo de la Cultura, excelente suplemento que editaba el diario UNO.

Patricia Rodón

Opiniones (1)
10 de Diciembre de 2016|12:26
2
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10 de Diciembre de 2016|12:26
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  1. Hermosa la nota, pude sentir el rumor del mar y el perfume del bosque chileno, gracias Patricia, un lujo que seas nuestra.
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