Un demonio en el harén

Las mujeres tienen una larga e intensa historia de confinamientos físicos, intelectuales y espirituales. Por ello desarrollaron otras destrezas, además de las sexuales, para pasar el tiempo, divertirse y urdir planes de venganza. Y si no, ¿por qué susurran las mujeres?

“Te lo cuento a vos, pero jurame que no se lo vas a decir a nadie; esto queda entre nosotras”, le solicita enfática, pícara o llorosa una amiga a otra en una solemne confesión con mate, café o cerveza de por medio.

Esta es la manera más eficaz de asegurarse de que el secreto se difunda rápida y certeramente. Y de que la información proporcionada llegue a los oídos correctos.

El chisme tiene la misma antigüedad que la palabra y reporta placeres insospechados, tanto para las mujeres como para los hombres. Sólo hay pequeñas diferencias de estilo que tienen que ver con los lugares donde se ejercita el preciado cotilleo.

Es cierto que esta suerte de deporte del lenguaje, en el cual los hablantes hacen gala de poseer una información especial y lucen sus mordaces talentos gramaticales consagra a las mujeres con medallas de oro como campeonas del tiro al blanco.

Porque el chisme es la semilla de las conspiraciones, el núcleo de los enconos, el cuchillo del odio por el cual miles de hombres han perdido el honor, la fortuna y la cabeza.

Pero nada es casual. Desde que al primer sultán se le ocurrió encerrar a un montón de mujeres en un harén las lenguas se pusieron picantes entre las visitas sexuales del dueño y entre parto y parto. De hecho, el término harem designa tanto a un grupo de mujeres confinadas como al espacio físico donde debían permanecer; se trataba de un lugar tabú, custodiado por eunucos y “prohibido para los hombres” excepto para los sultanes y pachás, a quienes las bellas ofrecían entretenimiento y sexo.

En la India también se confinaba a las mujeres en las llamadas zenanas, una zona de la casa o un ala del castillo especiales, habitado sólo por mujeres, esposas, favoritas, hijas y hermanas, que sólo recibían la visita, sexual o familiar, del rajá. Desde este sector, las mujeres podían ver la calle sin ser vistas.

Siguiendo este modelo, en la España árabe, en la misma Alhambra de Granada o en el los palacios del Califato de Córdoba, se calcula que las mujeres encerradas en los harenes llegaron a sumar 5.000; los espacios reservados a las esposas, concubinas, favoritas y esclavas también contaban con ingeniosos dispositivos para que ellas pudieran espiar el mundo exterior sin ser observadas.

Por su parte, algún emperador chino decidió que tener una esposa era bueno pero que tener muchas era mejor y comenzó a coleccionar consortes y concubinas confinadas al sector de las mujeres, también conocido como harén imperial, y custodiadas por una muralla de cientos de samurais, mientras se repetían: “Primero nos vendamos los pies; segundo, nuestras mentes son limitadas; tercero, somos inferiores y sirvientas de nuestros maridos”.

En tanto, los griegos inventaron el gineceo, el lugar donde vivían las mujeres para mantenerlas bajo control atrapadas en este sector de la casa del que apenas podían salir; más tarde, reyes, príncipes y condes miedosos construyeron torres en sus castillos para que las reinas, princesas y damas nobles no se escaparan con el primer caballero que les recitara unos versos o les pidiera ser su paladín.

Y si esto no les gustaba, protestaban y con sobornos, trenzando su trenza y una buena dosis de locura obtenían el beso tan deseado, los señores las repudiaban, conseguían una sentencia de divorcio del mismísimo Papa y las mandaban a un convento, abroquelándolas de oraciones, o le ponían un riguroso cinturón de castidad.

Las mujeres tienen una larga e intensa historia de confinamientos físicos, intelectuales y espirituales. Por eso, nada mejor que los estos lugares cerrados para alimentar el demonios de los secretos usados como arma, intrigas silenciosas, luchas de poder, rivalidades enconadas y conspiraciones múltiples. El uso del veneno para eliminar a una rival o al hijo de una rival que aspirara a la sucesión del trono, o del poder, era corriente

Por ello desarrollaron otras destrezas, además de las sexuales, para pasar el tiempo, divertirse y urdir planes de venganza. Y qué mejor que el chisme circulara entre ellas como moneda de cambio y como camino de una necesaria catarsis que se llenaba de contenido hablando del mal aliento del sultán, de la panza del emperador, de lo fea que se estaba poniendo la favorita o de lo atractivo que era el eunuco, qué lástima. 

Los grupos de mujeres de cualquier época se caracterizan por detentar un poder que tiene que ver con el lenguaje, sea por el ejercicio de la palabra o por el del cuerpo. Ellas son las encargadas de transmitir la tradición familiar y los mandatos sociales con todas sus leyes, peligros y castigos a través órdenes claras o de la murmuración,  y de mantener el orden o crear el desorden intencionado a través de las habladurías.

Porque de eso se tratan los chismes: funcionan como una regulación social y su éxito depende de cuánto alguien con sus dichos se acerque a la verdad o a los arduos límites entre el bien y el mal y sus alrededores. Y acierte. Para conspirar y limitar los movimientos de un hombre o de una mujer que incomode y sea un obstáculo para lograr lo que se quiere.

Y si no, ¿por qué susurran las mujeres? ¿De qué hablan tanto desde el principio del tiempo alrededor de un fuego o de la rueca, a la salida del templo o la hora del té, en la peluquería o en los pasillos de la oficina?

Patricia Rodón
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Opiniones (1)
3 de Diciembre de 2016|04:01
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3 de Diciembre de 2016|04:01
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  1. En una vieja película argentina...
    Hay mujeres que siguen enclaustradas, en palabras de Camila O'Gorman, "no hay peor cárcel que la que no se ve"...
    1
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