Despojarlo de la muerte

El fotógrafo Daniel Barraco publicó el libro "Mañana vas a ver al Che", que contiene textos, ilustraciones y fotografías de su autoría. A continuación, dos fragmentos de ese volumen, un homenaje de Barraco a "aquél que pensaba irse con sus hijos de vacaciones a la luna”.

Final (Fragmento de la introducción del libro Mañana vas a ver al Che)

A veces, a la sombra de la vasta y pavorosa acumulación de fracasos y desengaños de nuestra historia reciente, la figura del Che, su imponente energía, su vitalidad, que es la de los grandes románticos, me ha parecido de una frescura y una modernidad asombrosa. Y yo el arcaico, el anacrónico, el agotado al fin.

Otras veces, parado en la mitad del repaso de miles de páginas que he leído sobre él, o restregándome los ojos frente a una más de las innumerables fotos que he visto y utilizado para dibujarlo, el hecho de su muerte se me ha aparecido límpido, desnudo y desesperante como si hubiese ocurrido ayer. Por un momento, fugaz, he creído comprender que detrás de todo esto, de este libro y de todos los otros que se han escrito, detrás de la parafernalia montada a su alrededor: detrás y en el comienzo de todo está su muerte. Estremecido, he creído al fin comprender lo irremediable de su desaparición. Y la he visto, olvidado de esa familiaridad rutinaria, casi burocrática, con la que nos detenemos un instante y seguimos de largo frente a sus fotos o su leyenda. 

De eso, de su leyenda y su carrera tras un destino que habría de detenerse demasiado pronto; de su calvario y la temprana muerte heroica quisiera entonces despojarlo: condenarlo a envejecer entre nosotros. Y regresarlo, “polvorientas de un gris inesperado las sienes”... (Retornos de un poeta asesinado, Rafael Alberti).

Querría continuar aquella agenda alemana, detenida para siempre un sábado de octubre: “Sonnabend, Oktober 7”. Traer de nuevo a la vida al hombre de carne y hueso; hermoso, inteligente, generoso y honesto hasta la ingenuidad. Aquél que pensaba irse con sus hijos de “vacaciones a la luna”…

La Lavandería (Fragmento del capítulo “Rumbo a Vallegrande”, del libro Mañana vas a ver al Che)

Por la tarde, a las cinco en punto, confiado, un poco desaprensivo (eso lo pensé después) comencé mi visita a La Lavandería.

Por diversas razones –el piletón, que me hizo sentir muy intensamente su presencia; la total soledad en que transcurrió la visita; la disposición misma de la lavandería, ahora al borde de un pequeño jardín o bosquecito; su arquitectura inmutable que (salvo por los miles de graffittis) no ha variado en cuarenta años; la belleza y gravedad con que fue cayendo la luz de la tarde– al dejar La Lavandería sentí que el viaje, del que por trechos venía extraviando el sentido, había valido la pena sólo por conocer ese lugar.

Un sentimiento de extrema irrealidad y familiaridad a un tiempo me estremeció, cuando a unos pocos pasos del lavadero entreví la pileta de mampostería gris: años de mirar fotografías y de leer sobre ese lugar parecieron cristalizar en una reacción que literalmente me ardió en el pecho. 

Varias veces caminé alrededor, desbordado por la emoción. Sentí con total lucidez que lo que estaba viendo se incrustaba para siempre en mi memoria y lo agradecí: sentí por anticipado el íntimo y completo fracaso si intentaba relatar a alguien lo que estaba viviendo allí. Sin embargo por momentos me veía como un idiota, peregrino al santuario de alguien que sin duda hubiese reprochado esa actitud. Trabajado por la confusa naturaleza de estas visitas, hábitos funerarios o necrológicos del hombre, que busca allí alguna purificación.

No sé cómo –a fuerza de oficio sin duda– pude tomar unas fotos. Los sentimientos llegaban y se iban a ramalazos, provocándome súbitos accesos de congoja, como cuando toqué el borde del piletón en el que colegí que había estado apoyada su cabeza.

La lavandería está en el fondo del hospital municipal Nuestro Señor de Malta, en el que en esos momentos trabajaban varios médicos cubanos internacionalistas. En el momento de irme, por las ventanas entreabiertas de un cuarto vi a dos ancianos dormitando, el tubo del suero y algún familiar al costado de la cama. En la entrada del hospital me crucé con un médico cubano, mulato y de nombre Jesús; conversamos mientras se descargaba un aguacero. Cuando amainó y con las últimas luces de la tarde, volví sobre mis pasos hasta el piletón y, guarecido bajo un pino, lo fotografié por última vez.

El día iba cayendo; a unos pocos cientos de metros, una serranía no muy alta pareció querer tragarse una nube negra, inmensa y dramática. Por un momento más miré hacia la lavandería y luego me fui; no sé si apaciguado o extenuado por la emoción; pensando que él aún estaba allí, consubstanciado con los árboles, el viento que agitaba sus copas, las nubes cargadas de electricidad: el campo y el aire aromados por la lluvia.

Daniel Barraco, especial para MDZ

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Opiniones (2)
6 de Diciembre de 2016|14:31
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6 de Diciembre de 2016|14:31
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  1. Todo ideal que justifica matar tiene sentido? Y si lo hace un médico?Similitud con Cristo?
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  2. A este tarado habría que juntarlo con los deudos de la carcel de La Cabaña donde su adorado "Cheito" asesinó a cientos de personas inocentes luego de los llamados juicios revolucionarios que no eran otra cosa que sentencias de muerte emitidas sin ningun tipo de defensa, gente inocente. Hay cada boludo arrastrandose por este mundo...
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