Ernesto Che Guevara desde la historia

El escritor rosarino Ramiro de Altube y una visión desde el lugar de nacimiento del Che. Una lectura amplia de la interacción entre las juventudes, los gobiernos y los principios defendidos por Guevara. "Encontramos en él un rostro y una coherencia que nos parecía venir de un continente íntimo."

Nos encontramos con la figura del Che cuando la primera juventud nos trajo buenas nuevas y una lucha “a favor de la educación pública” que, a comienzos del menemismo, nos parecía una bandera tan necesaria como respirar. En aquellos años nos brotaba el deseo de participar en algo prohibido desde siempre y el pueblo de Cuba, vector y resultado de tantas osadías maravillaba nuestras sienes. Pero el romanticismo venía a durar muy poco. Allí estaban la represión en África, los conflictos de Gaza y la miseria de América latina para dolernos y hacer que nuestras lecturas y nuestras perspectivas empezaran a andar por caminos más duros.
Quiero decir que desde siempre nos tocó muy de lejos la venta de saumerios y pantallas gigantes del guerrillero usado por los medios de prensa y multinacionales. El miedo de algunos padres en la continuidad privada de nuestras dictaduras no era entonces suficiente para evitar que hiciéramos, en fotocopias amplias, la imagen de ese Ernesto que nos miraba nuevo. Encontramos en él un rostro y una coherencia que nos parecía venir de un continente íntimo. El grupo no esparcía ideológicamente la venta de más humo y sí recuperamos aquello que dejó Ernesto en el pueblo de Cuba, para nosotros admirable. El Che era hasta allí ciudadano de un mundo que aquí ya no existía. Queríamos entonces recuperar su bandera en medio de la asepsia militante de los años 90.

Unos años después, nuestra universidad argentina nos mostró, sin embargo, que había mucho más que discursos lontanos en el tiempo y comunas democráticas con cargos renovables y controlados por el pueblo hasta llegar al propio Castro. La figura del Che, empeñada, terca hasta en sus ojos, quería mirar el mundo dominado dicotómico de la enseñanza pública y decirnos que eso que vendían por acá, por Rosario, no era socialismo ni podía serlo nunca. Los pasillos de Anatomía nos acercaron pues al otro Che Guevara muerto pero vigente, aquel que dejó huellas de humanismo radiante en la profesión más social de las que llaman ciencias.

Y allí se nos abrió, sin tumulto pero con poca raya, un mundo que era para el Che su verdadero territorio. Las banderas tenían otro sentido y otra fuerza en las reivindicadas marchas por el Juicio y Castigo pasados ya los 20 años del golpe de Videla. Y el Che Guevara ahora era insignia viva de una cátedra humanística que venía a plantar los tesones de lo que fue su prima patria. Miremos al respecto que por allí discutimos, a despecho de nuestras propias intenciones, si el Estado y el mercado en Cuba, si la guerrilla y la cuestión del foco, si el movimiento obrero y el trotskismo, si Mao puro y si los campesinos. La muestra nos sirvió para leer de nuevo esas obras completas traídas de La Habana y dejar de llorar por el cielo perdido en la competencia partidaria para entender qué era lo que Ernesto planteaba.

Llegamos por quererlo a una comprensión bastante diferente. Una historia jalonada de coraje, podríamos decir. Comprendimos el viaje por el continente y la derrota boliviana pensada en perspectiva, como haría el propio Che, sin desespero. Llegamos al marxismo y al Che profundo leyendo en plena sierra El Capital pero también Mariátegui. Pensamos en el Congo y estudiamos también al África perdida en nuestros horizontes maquiavélicos de antaño. Encontramos al Che discutiendo la burocracia stalinista, el hombre nuevo y la economía centralizada en la que la producción alienada del capital perdía raíces. Y lo vimos también luchando mano a mano no sólo en la guerrilla, sino también desde el Ministerio de Industria de la Cuba castrista, aquello que muy pocas veces se destaca de Ernesto, su discusión con Bettelheim acerca de la ley del valor y su devenir en las sociedades pringadas por el Estado Socialista.

No vamos a dejar de ser polémicos aquí a nuestra forma. La idolatría del Che no fue nunca nuestra imagen cercana, lo vimos como hombre y como compañero, lo escuchamos de cerca y entendimos así de formas diferentes su propio recorrido. Y nos quedamos pues con su antiimperialismo y sus palabras encendidas que movilizan pueblos y enseñan el camino de luchas tan diversas como la de Palestina y nuestros Rosariazos y Cordobazos. Pero también nos queda, y con mucho más énfasis, su anticapitalismo hasta en las tripas, su crítica del fetiche moderno que domina a los hombres y los deshumaniza: “El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación. Uno de los objetivos fundamentales del marxismo es hacer desaparecer el interés, el factor 'interés individual' y lucro, de las motivaciones psicológicas. Marx se preocupa tanto de los hechos económicos como de su traducción en la mente. Él llamaba a eso 'hecho de conciencia'. Si el comunismo descuida los hechos de conciencia, puede ser un método de redistribución, pero deja de ser una moral revolucionaria. El comunismo es un fenómeno de conciencia y no solamente un fenómeno de producción.”

El comandante Guevara, ilustrado como héroe y villano, vilipendiado por foquista, soslayado como iluso e idílico representante de una juventud utópica y descarriada, llevó adelante como Ministro de Industria de Cuba un curso de lectura de El Capital de Marx con todos sus colaboradores y con la coordinación de Anastasio Mansilla. Parece ser entonces, y a despecho de tantas imágenes e incluso de las nuestras, que el Che Guevara tenía perfectamente claro que este producto alienado de los hombres que nos sojuzga y somete y que llamamos capitalismo era el principal obstáculo a vencer.
Luego del menemismo y los vanos combates, luego del 2001 y del actual proyecto kirchnerista de salvación, aquella fulgurante y profunda convicción guevarista de que la reforma tiene patas cortas y que los dirigentes separados de las bases trabajadoras no conducen a nada nuevo en esta tierra patria [mundial] de Ernesto, es la bandera exacta que nos acerca al Che en perspectiva histórica sin darle la mano ni al capital ni a sus gobernantes “socialistas”.

Ramiro de Altube, especial para MDZ

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9 de Diciembre de 2016|05:36
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