Mi adorable despistada

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

A mi madre, con todo el cariño del mundo...


—Estos dos días pasados que has entrado por el fondo con el auto, nos pasaste por al lado y ni nos saludaste, —le recriminó Gerardo a Mirta aquella noche antes de comenzar la cena.
—Ni siquiera me percaté de que estaban en el maizal, —se disculpó la directora de la Rio Bamba. El esposo la observó resignado, sabía que no mentía, pues pese a que era casi imposible no darse cuenta de la presencia de los cosechadores, su proverbial despiste lo hacía todo posible.


Escuchaba entretenido la conversación de mis padres mientras saboreaba un pedazo de pan casero y me servía un vaso de tinto con soda. Era viernes, el año…setenta y siete, cursaba el primero de la ENET en Alvear y los fines de semana volvía a la finca de la Línea de los Palos en Jaime Prats.

Al otro día tempranito nos fuimos para el maizal, nos acompañaban Valerio Ríos y el mayor de sus hijos, el Ernesto. Estaba fresco y nublado, había empezado a chispear y el cielo amenazaba con una tormenta que nunca llegaría. Mi madre se hallaba en la escuela terminando unas tareas para la semana próxima.

Serian las once y treinta cuando divisamos al Peugeot 404 blanco entrando por el sendero que lindaba con la chacra del vecino. Nos llamó la atención la polvareda que lo acompañaba. Volqué el cajón lleno de mazorcas dentro del acoplado estacionado al costado de la hijuela y miré extrañado. El auto traía a la rastra unos metros de alambre de púas y unos cuantos palos que debían haber sido parte de una ex tranquera.

Mi padre y yo tratamos de interceptarla haciendo ampulosas señas con nuestras manos, a lo cual ella respondió con una sonrisa radiante y un saludito continuo estilo reina de la vendimia. Prosiguió su marcha rumbo a la casa, como si nada, cortejada por una inmensa nube de polvo y un coro de gritos.


—¿Qué tal el flancito Jorge? —indagó mi madre acostumbrada a recibir elogios por la calidad de una de sus especialidades. Hasta ese entonces, el cortejante de mi tía Erika no le había regalado ni el más mínimo cumplido.
—Muy rico Mirta, muy rico, —dijo con poca convicción el negro Vallejos y volvió a realizar ese ritual que me tenia intrigado desde el comienzo del postre. Se cubría por unos segundos (disimuladamente) la boca con la servilleta y realizaba movimientos extraños con los labios. Más que limpiarse, a mi me parecía como si estuviera escupiendo algo.


El flamante novio de mi tía era presentado oficialmente a la familia ese domingo de invierno y mis nueve curiosos años no le sacaban la vista de encima. Estábamos todos los Greulach reunidos. Hasta me atrevo a agregar que estarían también los Lust, los Jockers y quizá los Kromer. Reinaba la expectativa por conocer al posible nuevo integrante del clan.

Terminado el almuerzo, la anfitriona aun se veía afectada por la poca efusividad del invitado, pese a que mi futuro tío se había comido todo. Henchido de curiosidad fui a buscar en la cocina la servilleta del negro Vallejos y ante mi sorpresa encontré en su interior decenas de hilitos de cobre.

Cabe remarcarse dos sentimientos que dominaron la festejada anécdota, el estoicismo de mi tío Jorge al comerse el flan metálico, y la vergüenza de la cocinera al enterarse del destino de su extraviada virulana.


—Cuarenta grados a la sombra, —sentenció la Leyco por radio Rio Atuel y Mirta la escuchó cuando salía del supermercado Malvé con dos bolsas repletas de compras.

Esa noche llegaban los Cachamani de Mendoza y los quería agasajar con una buena comida. Gerardo estaba midiendo un campo con su primo, el agrimensor Ernesto Lust y no regresaría hasta entrada la tarde. El calor se había tornado insoportable y lo único que mi madre deseaba era regresar a la finca.

Se detuvo frente al 404 y lo abrió sin necesidad de usar la llave. Acomodó la mercancía en el asiento trasero y sin vacilar arrancó el motor. Las llaves puestas y las ventanas bajas no le llamaron la atención, estaba desesperada por marcharse. Dio vuelta a la manzana y buscó la avenida que la encaminara rumbo a Jaime Prats. Minutos después percibió una fragancia desconocida, un aroma particular ajeno a su vehículo. Miró por primera vez el tapizado y lo encontró de un marrón más oscuro del habitual. Descubrió una estampa de la virgen de la Carrodilla pegada a la guantera y un inusual dado de felpa colgando del llavero. Allí cayó en cuenta de que el Peugeot blanco que conducía, no era el de ella.

Siempre contaría que los cinco minutos que le insumió devolver el auto a su estacionamiento original, fueron los más largos y sufridos de su vida.

Las andanzas de mi adorable despistada darían para escribir una obra de por lo menos diez tomos. Hoy les tiro solo algunas perlitas para que se vayan endulzando. Prometiéndoles nuevas desventuras para más adelante.

Exageraciones de mi padre aparte, esta última anécdota pinta a Mirta de cuerpo entero y aunque poco creíble, me fue corroborada por mi padrino, el sastre Víctor Lima.

 El primer automóvil que compró el matrimonio Greulach fue una camioneta Siam Argento, color celeste claro, de esas que cuando no arrancaban había que darles cuerda con una palanca desde adelante. A veces en los días de mucho frio era necesario prenderles un fueguito abajo para descongelar las cañerías.

Circulábamos el tramo final de los años sesenta y a mi madre le estaba costando horrores aprender a manejar. Dice Gerardo que las primeras veces que fue sola a Alvear, él le apuntaba la Siam hacia la ciudad y cuando ella llegaba, la paraba enfrente de lo del negro Lima. Luego de las diligencias del día, mi padrino era el encargado de hacer marcha atrás, dar vuelta y enfocar la camioneta mirando para Jaime Prats. Allí recién se volvía a subir la Mirta tras el volante.

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Un besote a Mirta Greulach, mi musa. Amanecerá y veremos San Rafael...
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18 de agosto de 2017 | 13:56
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