Nicolás Casullo y la literatura como orificio

La obra del autor que era, por un lado, el intelectual que intervenía con ensayos, en la discusión de las ideas y de la política, y por otro, el escritor de novelas realistas. Tras su muerte, apareció un tercer Casullo: el de la novela Orificio.

Se lo escuchaba decir muchas veces a Nicolás Casullo la palabra “pesadilla”. En realidad, rondaba alrededor de un concepto: lo pesadillesco. Esta novela, Orificio –novela extraña, que gira alrededor de un punto fijo, acumulativo–, es el relato de una pesadilla. Buenos Aires aparece como una zona arcaica de la memoria, una zona sin tiempo ni razón, donde ha ocurrido un cataclismo que no puede nombrarse. Apenas se perciben efectos, destellos parciales de un gran siniestro cuya causa se ha perdido. Los barrios, las calles, todo es familiar, con intersecciones conocidas –Córdoba y Maure, Avellaneda y Cucha Cucha–, pero al haberse trastrocado la historia con una gran devastación, sus habitantes pertenecen a tribus místicas o alquímicas, que en realidad son pedazos rotos de una lengua extinguida. Orificio es una novela sobre un lenguaje que se ha extraviado y del que restan algunos detritus que ahora –en un tiempo inconcebible, ignoto– dan nombre a personas y agrupamientos de sobrevivientes.

Hay un gesto conocido del Casullo novelista, que es la aglutinación de capas de sentido hasta lograr un resultado abrumador e intolerable, que mantiene permanentemente una cuerda graciosa. Es la gracia barroca de Casullo, su chiste programático: describir por saturación, proceder por exuberancia y darle un aspecto absurdo a la superposición de redundancias. “Se generalizó la construcción de catacumbas, los crecientes incendios edilicios, costumbres neoantropofágicas, la inmolación de niños y enemigos en antiguas salas de cine, el ametrallamiento de transeúntes entre sí, el cuentapropismo en la rama de enterradores y sepultureros, los efectos de las nuevas tecnologías en las relaciones sexuales de los agentes con animales caseros y de granja, las peregrinaciones por las cloacas, la permanente violación anal de encuestadores, el libre albedrío y el libertinaje en los cultos de la santa Tarca que nos protege.” Hojas de un mito que se ha enloquecido a sí mismo y emite apuntes sueltos de un antropólogo exasperado e hilarante.

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