El legado infinito de Mario Franco

Diego Tagarelli es sociólogo y músico. Integra la banda Hormigas Negras y actualmente vive en la República Bolivariana de Venezuela. Aquí, su homenaje a Mario Franco.

De apasionada vida como los grandes disidentes de la vida misma; de obra inconclusa como las revoluciones e ideas danzantes de nuestras patrias sublevadas; de pensamiento vivo, creativo y necesario como los grandes provocadores e insurrectos pensadores nacidos del bajo pueblo. El Mario, el maestro Franco, el loco Mario, el auténtico Mario Franco, el único. La vida, obra y pensamiento del Mario persistirán lo que perdure el tiempo. Y no será por virtud de algunos intelectuales, o de sus alumnos, colegas, compañeros o amigos, sino porque su pensamiento, sus intervenciones en la práctica científica del conocimiento y su apertura hacia otra dimensión de “hacer” sociología, promueven un lenguaje particular para comprender y enfrentar la realidad que el Mario legó para siempre en muchas generaciones de pensadores, artistas, poetas y aventureros teóricos. Los jóvenes sociólogos estamos obligados a valorar, rescatar y reimpulsar toda la riqueza teórica que su imaginación y capacidad de pensar colocan al servicio de nuevos descubrimientos en las ciencias sociales.      

Allá por el 2004 y 2005, fui uno de los últimos alumnos que decidió involucrarse en las últimas andanzas del Mario. Cuando las corrientes del pensamiento funcionalista se fortalecían como conocimiento institucional y muchos intelectuales de izquierda huían del campo científico para abrazar las teorías pos-marxistas y, en el terreno político, afirmaban la lucha de tendencias sectarias o funcionales al sistema de dominio imperialista, por otro lado, las concepciones teóricas, políticas y sociales del Mario inspiraban el camino que debía perseguir el pensamiento nacional, la ciencia social, el materialismo histórico. El acercamiento que teníamos algunos estudiantes, por aquellos años, hacia las posiciones científicas del marxismo que orientaba el Mario desde sus clases, en las aulas, pasillos, cubículo o algún que otro café, me llevó a relacionarme con la vida del maestro. También, el contacto afectuoso que él tenía con el grupo al que pertenezco, Hormigas Negras, provocó que mantuviéramos una relación fuera de los muros académicos. A diferencia de la mayoría de los profesores que permanecen en las cúspides universitarias como dioses intelectuales e intocables, el Mario promovía en los alumnos una mayor inclusión para debatir, cuestionar o rectificar verdades establecidas falsamente. Del mismo modo, no dudaba en señalar críticamente la condición pequeña burguesa que guiaba la práctica de muchos estudiantes que se autodenominaban progresistas y revolucionarios. Quizás, el maestro Franco sea uno de los culpables de que yo haya optado por recorrer América Latina y desprenderme de las ataduras académicas que, muchas veces, condenan las aspiraciones sociales de los sociólogos. 

Desde el pensamiento, desde la práctica misma e, incluso, desde la ironía, invitaba a los jóvenes sociólogos a volcarnos hacia las realidades populares desde los propios espacios que las masas construyen. Pero no para desarrollar un trabajo de campo pintoresco de tipo antropológico, extrayendo reflexiones desde posiciones académicas o pequeñas burguesas sobre el mundo popular, es decir, desde posiciones distantes que reproducen las formas de dominación. Más bien, para ejercer un verdadero trabajo intelectual renunciando, antes que nada, a permanecer como INTELECTUAL.

Mientras algunos jóvenes de aspiraciones académicas, inclinados políticamente hacia los espacios de poder reaccionarios en Mendoza u ocultos en las filas antipopulares de cierta izquierda, aspiraron siempre a desprestigiar su pensamiento (puesto que iba en contra de las pretensiones de la ideología dominante que muchos estudiantes reproducían ciegamente), otra nueva generación de sociólogos reivindicaba la construcción de nuevos espacios y procesos donde las enseñanzas de Mario Franco se hacían presentes fuertemente. Mientras algunos docentes e investigadores sociales juzgaban su vida por los silenciosos y convenientes cubículos universitarios (aunque en los hechos jamás se animaron a debatir con el Mario), una nueva generación de docentes defendió y fortaleció su forma de ejercer la sociología, omitiendo las coyunturas oportunistas de algunos arribistas intelectuales y ofreciendo a los alumnos una lectura y un compromiso hacia la ciencia que ningún otro cuerpo docente entregaba.       

En nuestros días, se abren nuevos interrogantes, nuevas discusiones y debates que el mundo de hoy instala forzosamente. ¿Qué es el marxismo? ¿Qué función cumple el conocimiento científico y el desarrollo de la teoría marxista para analizar sistemáticamente la realidad actual? ¿Cómo advertir la naturaleza de los movimientos de liberación nacional en América Latina? ¿Qué sentido adquiere hoy el socialismo del siglo XXI? ¿Qué es la realidad? ¿Quiénes ejercen un trabajo intelectual que reproduce las formas de dominación desde los espacios institucionalizados? ¿De qué manera es posible comprender el mundo artístico en su proceso interno de producción y sus fundamentos sociales e ideológicos? ¿Qué es el arte y la cultura popular? Las respuestas, evidentemente, son complejas y requieren de una indagación profunda, abierta y consecuente. Pues bien, ahí está la vida, obra y pensamiento de Mario Franco, quien, sin saberlo, no sólo enfocó un posicionamiento crítico y científico que debemos asumir en nuestros días, sino que además fue inaugurando una nueva Escuela para reimpulsar el pensamiento nacional, popular y necesariamente crítico de América Latina.             

Por mucho tiempo seguirá cultivándonos el pensamiento del Mario, acompañándonos en toda reflexión, en los textos de trascendentales autores, en las discusiones políticas de relevancia, en las experiencias diversas que asumimos por América Latina, en las múltiples formas de ejercer la sociología, en las disquisiciones sobre la vacilante marcha de la especie humana.
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8 de Diciembre de 2016|17:53
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