Las chicas de las enaguas mojadas

Los baños regulares y a conciencia eran casi desconocidos para nuestras abuelas. Las "partes íntimas" recibían un poco de agua de vez en cuando, el sumergirse en una tina era un trámite que sólo se tomaba cada quince días con una enagua sobre el cuerpo para evitar la tentación del pecado.

Nunca pensarías que tu abuelita o la mamá de tu abuelita eran unas cochinas, puesto que el hecho evidente de que sus hábitos de higiene personal fueran más o menos esporádicos y su debilidad por "ese" inconfundible perfume  tenía que ver, justamente, con hábitos culturales heredados.

A principios de siglo XX, el cuerpo era la prisión, la caja, el templo del alma. Lo usabas castamente unos sesenta o setenta añitos y después chau, bienvenida al Paraíso. Había que atenderlo pero teniendo mucho cuidado con prestarle tanta atención que pudiera acercar a la portadora de pechos, vientres y traseros respingones a la maldición eterna del pecado.

Incluso para las señoras y señoritas honestas, cristianas y de buena familia, mirarse demasiado en el espejo era peligroso y equivalía a sacar un turno para dorarse lentamente en el grill del Infierno.

Los baños regulares y a conciencia eran casi desconocidos. Por eso, la higiene corporal se reducía normalmente a las partes que se mostraban en público. O sea, la cara, el cuello, las manos, los brazos y las orejas debían estar bien lavados. En ocasiones especiales, el cuello y el pecho podían recibir un poco de humedad, sin olvidarse del necesario perfume, mientras que sólo una vez por semana las mujeres ponían las axilas y los pies en remojo con la ayuda de una jofaina, una jarra o una simple palangana de latón, no importa cuánto hubieran trajinado por la casa o por la calle.

Las “partes íntimas” recibían un poco de agua muy de vez en cuando, y el baño de cuerpo entero, es decir, el trámite de sumergirse en una tina con agua, se tomaba cada quince remilgados días y siempre con una enagua de lino o de seda sobre el cuerpo para evitar la tentación de la propia sexualidad y las inevitables fantasías de las jóvenes doncellas.

Por temor a los resfríos, las mujeres no lavaban el cabello sino que lo cepillaban minuciosamente.  Y como la cabeza les picaba y mucho, las damas elegantes se rascaban con unas largas agujas, generalmente de hueso.

El cuerpo no se mostraba a nadie, ni siquiera a las mujeres de la propia familia y debía pasar casi desapercibido a menos que se tratata de una chica fácil; entonces no sólo se podía lucir escotes y tobillos, sino también rouge, colorete y toda clase de polvos blanqueadores de la piel. Las mujeres con una posición social elevada lucían rigurosos escotes en sus vestidos de noche, pero iban estrictamente enguantas y tocadas con sombreros.

Esto de asearse poco estaba, además, favorecido por la escasez de agua y las dificultades que entrañaba conseguir unos litros de ella. De allí, que las mujeres se perfumaran hasta el alma con “agua de Colonia” gracias al ingenio de los cultivadores de flores franceses que habían montado en sus matraces la gran industria de los aromas.

Recordemos que sólo hacia 1910 apareció la novedad del agua corriente. Para llenar una jarra y una pequeña tina había que hacer varios viajes hasta la fuente de agua, o al río, con un pesadísimo balde de madera o latón. Generalmente, toda la familia contribuía en la tarea y el día de “baño” era el domingo.

El cuerpo era un verdadero modelo para armar, porque no se lavaba en conjunto sino por partes. La escuela y la progresiva laicización de la educación tuvieron un papel fundamental en la conciencia de la higiene. Y, hasta hace poco, había una materia en la escuela secundaria que se llamaba así, “Higiene”, donde esforzadas profesoras de Biología enseñaban las virtudes del aseo, las sorpresas del cuerpo y los misterios de la concepción.

Aunque hoy parezca un hábito tan incorporado a tu vida como respirar, en nuestro país, en 1951 y según una encuesta del diario La Nación, el 25% de las mujeres nunca se lavaba los dientes y el 39% se higienizaba sólo una vez por mes.

Por eso, cuando vayás al supermercado, frente a los apenas 20.000 productos consagrados al aseo, la conservación y la lozanía de tu piel, acordate de tu querida y coqueta abuela y preguntáte cómo hacía para estar tan linda.

Patricia Rodón
Opiniones (4)
11 de Diciembre de 2016|08:49
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11 de Diciembre de 2016|08:49
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  1. TODAVÍA MANTIENEN LA CULTURA DEL POCO ASEO, Y NO ES RARO CAMINAR POR LUGARES CERRADOS DE PARIS Y SENTIR EL TIPICO OLOR A SOBACOS O AXILAS TANTO EN HOMBRES COMO MUJERES
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  2. En aquella época sólo los hombres muy corajudos bajaban...
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  3. hediondez inconcebible
    semejante mundo olfativo y corporal nos resulta totalmente ajeno; ¿la limpieza corporal y desodorización casi obsesiva de nuestra época será en el futuro tan poco pulcra como lo es lo relatado para la que vivimos?
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  4. apestosamente cierto
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