Para quién cantamos, entonces

Alejandro Frias se formula esta pregunta ante nuestra capacidad de crear obras de arte destinadas a una exclusiva parte de la población, mientras que el resto de la gente debe conformarse con la basura producida en serie que está a su disposición.

Tengo registro del año en que escuché por primera vez a Sui Generis. Fue en 1982, y por obra y gracia de Raúl Suárez, un compañero de la primaria que había aprendido a tocar en la guitarra (y cantar) Canción para mi muerte. En un recreo se puso a cantarla, y la letra me apabulló. Era el tiempo en que el rock nacional volvía a las radios y podíamos empezar (los que estábamos empezando por entonces) a conocer a nuestros músicos.

Por supuesto, busqué más de Sui Generis para escuchar, así fue que encontré una canción cuyos título y primer verso, coincidentes ellos, me empezaron a torturar, y todavía lo hacen.
La canción era Para quién canto yo entonces, y a ese primer verso contundente le sigue otro más torturante:

“Para quién canto yo entonces,
si los humildes nunca me entienden…”

La brillante ironía de Quino en estas dos versiones del "Guernica", de Picasso.

Con el tiempo, llegó a mis manos un libro de Quino en el que me encontré con un chiste que me pareció siempre muy significativo: dos viñetas; en la primera, una mujer de la alta sociedad ordenando a su empleada, de rasgos toscos, acomodar todo el desorden que una indudable fiesta ha dejado en una habitación en cuya pared del fondo cuelga el Guernica de Picasso; en la segunda viñeta, todo impecable, pero la mujer de la alta sociedad sorprendida porque hasta el Guernica ha sido “ordenado”, pasando a ser una obra en la que todo es felicidad y los cuerpos ya no están despedazados.

"Cuando empieza a gotear el techo", la pieza de Martin Kippenberge.

En los últimos días hubo una noticia que no alcanzó para ser tapa, pero sí para dar vuelta al mundo: una empleada de servicio de limpieza del museo Ostwald, de la ciudad de Dortmund, Alemania, destruyó la obra Cuando empieza a gotear el techo, de Martin Kippenberge, asegurada en 800.000 euros.

La obra consiste (perdón, consistía) en una estructura de más de dos metros de madera, bajo la cual había un recipiente con manchas que la empleada de limpieza eliminó, suponemos que, con muy buen criterio, a partir de considerarlas suciedad.

"Limpió en profundidad todos los bordes del recipiente. Es terrible", explicó, más que consternado, el director del museo, Kurt Wettengl, y a continuación amplió los motivos de su sorpresa al explicar que no entendía cómo podía haber sucedido algo así, pues el personal de limpieza no puede tocar las obras de arte, mucho menos limpiarlas, tanto que hasta tiene prohibido acercarse a ellas a menos de 20 centímetros.

Voy a obviar todas las preguntas, salvo una, que evidentemente surgen de lo relatado.

Si somos capaces de hacer impactantes, simbólicas, duras y críticas obras de arte pero las destinamos a una exclusiva parte de la población, mientras que el resto de la gente debe conformarse con la basura producida en serie que está a su disposición, además de que ni siquiera le permitimos acercarse a ellas, ¿para quién cantamos, entonces?

Alejandro Frias

Opiniones (1)
7 de Diciembre de 2016|15:22
2
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7 de Diciembre de 2016|15:22
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  1. EL ARTE Y SUS SECRETOS...
    Es interesante el planteo que hace Alejandro Frías, pero nada nuevo, ya que hace siglos que muchos artistas se han planteado esta temática. Si uno tiene la suerte de observar -no siempre están expuestas en el Museo del Prado- las dos últimas obras de Goya, pués son abstracciones maravillosas, adelantadas 500 años a su época. Creo que el hecho parte de que el artista en principio hace arte por una necesidad interior y para satisfacer o sufrir -o ambas cosas a la vez- su propia creatividad. Si bien la creatividad artística es atávica al ser humano, recién con el Renacimiento los autores empiezan a ser reconocidos como tales y luego esto es retroalimentado cuando el arte se convierte en un negocio. Son miles los artistas, que hoy famosos, murieron en la miseria y sus obras reconocidas décadas o siglos después. Por otro lado, la imposición de los productos culturales son impuestas en su gusto por los medios de comunicación masiva y por aquellos que lucran con ellas. Hay muchas definiciones de cuando una obra artística es valiosa, hecho generalmente definidos por quienes se dicen entendidos en la materia, pero muchas -la mayoría- de las obras llegan a ser populares por procesos socio-culturales. La Misa Criolla del maestro Ariel Ramirez, por ejemplo, tuvo y tiene un éxito que su autor jamás esperó y que hoy, a 43 años de su creación se sigue interpretando en todo el mundo, sin ser -según su autor- una de sus mejores obras. El Nuevo Cancionero que nace en Mendoza, es un movimiento que modificó toda la música popular de América Latina, como también la tarea realizada por el maestro Damián Sánchez con el Coro de Regatas Mendoza, logró que se cambiara todo el repertorio de los coros de toda América, que se volcaron masivamente a la música popular y folclórica de sus propios países. Por supuesto que estos movimientos no se dan por casualidad, ya que coinciden en un determinado lugar y en el momento histórico determinado, con los artistas indicados, los procesos de cambio. España por ejemplo no creó grandes movimientos, pero en el caso de las artes plásticas tuvo genios como El Greco, Goya, Dalí y Picasso y los genios matan generaciones de artistas contemporáneos, mientras que en Francia, que no tuvo genios pero si grandes talentos, se generaron gran cantidad de nuevas tendencias. En síntesis, no hay reglas, ni caminos hechos, ni fórmulas mágicas para que las obras artísticas trasciendan en forma masiva, incluso, hay canciones que se hacen populares, no por quienes las componen, sino por quienes las interpretan, el caso de Mercedes Sosa es inapelable. En definitiva, la lucha de los artistas por imponer sus obras, es y será siempre una lucha y no creo que eso desaliente a quién lleva el arte en su manera de ser. Como decía don Atahualpa Yupanqui: "El cantor debe alumbrar, no deslumbrar".
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