Cenicienta no escarmienta

Desde hace décadas, la cultura en Mendoza es tratada como la Cenicienta del cuento de Charles Perrault. Sigue siendo una pobre huérfana librada a los caprichos de los siempre mediocres funcionarios “de turno” y cada vez está más lejos de que se le ofrezca el toque mágico de un hada madrina, léase, una idea inteligente, completa y realizable para llevarla al baile de la cultura nacional.

Pero claro, no todo es culpa de los malos y feos. ¿Hay también cierta negligencia crónica por parte de los artistas que son maestros a la hora de criticar a todo y a todos pero torpes cuando deben exigir? ¿O se trata de un cansancio enorme ante la impotencia de ver que cambian los personajes y que la historia es siempre la misma?

En nuestra provincia los artistas se ven obligados a reinventarse todos los días. Lo hacen de muchas maneras, algunas simpáticas, otras incómodas, para persistir en esa pasión que, simplemente, los hace vivir, sea el arte, la literatura o la música.

Entonces, ¿por qué Mendoza no figura en el mapa argentino de la cultura con una marca propia? Los artistas mendocinos, ¿seremos realmente tan talentosos como creemos que somos? ¿Hay un sello común en que lo hacemos? Si lo hubiera, ¿tenemos algo honestamente impactante, novedoso que mostrar? ¿Es necesario tenerlo para que nos vean y “empaqueten” los críticos o los académicos? ¿Nuestra cultura posee una serie de características originales que merecerían ser tomadas en cuenta en las grandes lides?

Salvo contados ejemplos, y sobretodo en menesteres vinculados a la música, la cultura de Mendoza parece no tener una personalidad propia. En general, nunca inventa nada. Lo cual no es bueno ni malo, es un hecho que se repite aquí y en cualquier otra pequeña ciudad del mundo. Glosa, replica o simplemente copia de los centros generadores de cultura las artes, los estilos y los  nombres que interesan de acuerdo a la moda o la tendencia del momento. Por supuesto que todo esto se puede hacer, y se hace, muy bien, con destreza, belleza y perspicacia.

La tonada de Hilario Cuadros, el Nuevo Cancionero Cuyano de Mathus y Tejada Gómez o el rock “cuiano” de Karamelo Santo nos han puesto, cada uno en su momento y con diferentes énfasis, en el concierto nacional e internacional. El trío Miles de años era nuestro próximo embajador en el mundo pero, lamentablemente, esto ya no puede suceder. ¿Y qué más? Poco más.

Es posible que haya nombres que estén en camino, pero salvo Ramponi, Draghi Lucero, Di Benedetto, Bodoc, ningún escritor mendocino ha llevado de verdad su corona de laureles y sus libros de espinas más allá de los límites provinciales. ¿Por qué clamamos que Mendoza es tierra de poetas y cuentistas si nadie fuera de nosotros nos conoce? Sólo los escritores se conocen entre ellos. Rara vez un pintor o un músico tienen trato con un poeta y ni por error un actor va a asistir a la presentación de un libro, salvo que sea de un pariente. ¿Y qué más? Poco más.

¿Cómo es posible que Mendoza no tenga un concurso literario en serio? Un concurso de envergadura, con buenos premios en dinero y sólidos jurados. El certamen Vendimia que organiza la Secretaría de Cultura hace tiempo que apesta por varios motivos. El año pasado la Municipalidad de Capital recuperó su viejo concurso literario y apostó a dignificar la tarea de los mendocinos que escriben. Ese concurso no sólo no debe perderse sino que debe mejorar.

¿Cómo es posible que Mendoza tenga apenas un puñado de editoriales? Independientes, esforzadas y de errática continuidad, pero que imprimen como pueden cuentos, poemas y ensayos de circulación casi secreta que después tratan de presentar en una patética Feria del Libro donde parece que los organizadores compitieran para hacerla cada año peor.

Mientras San Luis tiene sus estudios de filmación y, como Rosario, Buenos Aires y La Pampa, se enorgullece de su propio festival de poesía, Mendoza tuvo y perdió su Encuentro Provincial de Escritores y jamás contó con un festival de poesía.

La Casa de Mendoza en Buenos Aires ni por equivocación hace de vidriera de la cultura mendocina en la capital del país. Espasmódicamente “invita” a algún músico a brindar un espectáculo o a un pintor a exponer en sus paredes. A un escritor, jamás.

Durante décadas los funcionarios han asimilado el término cultura al de espectáculo. Y en los últimos años, ¡horror!, al de turismo. Y mientras se montaban importantes escenarios para que cualquier cantor hiciera lo suyo, no se mostraba nada de la cultura mendocina real. Con todo el ruido de la Fiesta Provincial del Teatro de fondo, se fueron cerrando salas teatrales. Con el espectáculo mediático de un puñado de megamuestras como tela en la que mirarnos, se fueron cerrando salas de exposición y galerías. No se exhibieron ni distribuyeron los libros que imprime por obligación y desempolva por culpa en ocasión de la Feria del Libro Ediciones Culturales. No se hizo ningún programa especial de ningún tipo que pusiera a algún protagonista de la cultura de Mendoza en primer plano y en boca de todos. Y nadie dijo nada. Ningún artista se quejó, ningún escritor maldijo como sabe, por escrito. Todo es murmullo y queja en sordina.

Hace dos años un grupo de profesionales elaboró y presentó un Plan Estratégico de Cultura, cuyas pautas deberían empezar a cumplirse de inmediato y gracias a las cuales muchos de los problemas crónicos de la cultura de Mendoza se encauzarían hacia 2010. De ese plan todavía no se ha puesto en marcha ni la primera línea del prólogo.

El estancamiento cultural en Mendoza es histórico. Entre la ineptitud de los funcionarios al “funcionar” y la torpeza de los artistas para demandar su legítimo espacio, los años pasan y nadie dice nada. Todos se sostienen abocados en lo suyo, concentrados en su obra, esa “gran” obra que difícilmente tenga una oportunidad de ser conocida, difundida, celebrada a menos que cada una de las partes haga su parte. Nadie hace autocrítica y lo comparte. Nadie se compromete con la idea que tiene de cultura, con lo que espera de Cultura y lo lleva adelante. Nadie es totalmente sincero cuando critica en privado lo que no se anima a decir en público.

Cenicienta no escarmienta. Sabe que no hay magia ni hada madrina ni príncipe azul, rojo o amarillo que la lleve a la fiesta, pero se distrae. Casi parece que elige distraerse para seguir padeciendo. El sufrimiento es su vanidad. Cenicienta no sabe bailar.

Patricia Rodón
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