Di Benedetto: redescubierto como un periodista que supo "cargar las tintas"

La investigadora Natalia Gelós rescata en su libro "Antonio Di Benedetto, periodista" uno de los perfiles menos estudiados del autor de "Zama", desde una mirada que conjuga al hombre, al escritor y al periodista.

Antonio Di Benedetto conjugó la literatura con el periodismo, aunque marcaba una clara diferenciación entre ambas. En la literatura rescató al ser “agónico” y “débil”. En relación al periodista, se definía como “un tipo que tiene una manía de servicio para los demás… Somos una especie de pequeños héroes miserables al servicio de los demás”, cita Natalia Gelós en su reciente libro sobre el escritor mendocino.

Di Benedetto fue un hombre de letras. Entre sus ficciones más reconocidas por la crítica destaca la novela  Zama, aparecida en 1956 y considerada frecuentemente por especialistas de todo el mundo como una obra maestra.

El notable escritor y ensayista argentino Juan José Saer afirmó en 1997, como muchos otros autores de todas las latitudes, que “Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años”.

Después de la precisa y agobiante Zama, Di Benedetto publicó El silenciero (1964) -premiada por la Subsecretaría de Cultura de La Nación en 1965- y Los suicidas (1969). Respecto de estas tres obras fundamentales, Gelós menciona en su libro que “son tres soliloquios que hablan de la soledad, de la espera, de la muerte, del ser humano”.

En periodismo, la investigadora menciona que el también autor de Absurdos “se destacó por sus crónicas y llegó a ser subdirector de los diarios Los Andes y El Andino, de Mendoza”, en 1967. “Lo que no sabía -no tenía cómo imaginarlo- cuando tomó ese cargo era que entonces empezaba la cuenta regresiva de un camino que lo enfrentaría con el costado más absurdo del destino. Ignoraba que poco antes de cumplir sus diez años en ese puesto acabaría preso por los responsables de una dictadura militar que haría trizas todo lo que hasta entonces se le presentaba como un futuro consolidado”, señala Gelós.

Di Benedetto reconocía la influencia entre ambos trabajos, pero privilegiaba la fantasía en la literatura y la realidad en el periodismo. El “periodista tiene conciencia de los hechos”, decía, y agregaba: “En realidad, debemos enfrentarnos con las más pequeñas traiciones, con la infidelidad, con las deslealtades”. Sin embargo, a su visión de la profesión le añadía “la ética como constante”.

En su “prosa impecable del periodista expresaba su ética, formada sobre el concepto del periodismo que utilizaba la libertad de expresión como punta de lanza pero que se alejaba de posiciones expresamente partidarias”. Aunque “no era de derecha, tampoco de la izquierda militante, era sí antiperonista”, argumenta la también periodista, asidua colaboradora de suplementos culturales.

Al respecto, Gelós afirma que “esa independencia de pensamiento generaba resquemores en ambos lados”, tanto de colegas mendocinos con militancia en la izquierda como de parte de los militares que ensombrecieron, con la dictadura, la persecusión, el secuestro y la tortura, los años setenta en nuestro país.

Rodolfo Braceli y Antonio Di Benedetto.

Esta es la época en la que, como a tantos otros periodistas, a Di Benedetto le tocó actuar. Y lo hizo. La investigadora reconstruye el material periodístico del entonces subdirector de Los Andes. Y reproduce un breve párrafo de los días de 1972 cuando se produjo el Mendozazo: “La sociedad mendocina estalló en una revuelta, (…) el estallido social fue irrefrenable y la represión dejó como saldo varios heridos y tres muertos”.

Gelós añade que este hecho fue publicado por el diario y que en el texto se mencionaba la represión a los maestros y los desmanes policiales. "La búsqueda de la paz era, sin embargo, el objetivo que más se destacaba", subraya.

Desde 1973 hasta su secuestro, en  1976, “cargó las tintas” sobre lo que sucedía en el país y fuera de él. Di Benedetto denunció los crímenes de la Triple A y causó mucha molestia con “su letra incómoda” al  publicar notas sobre las detenciones ilegales. “Casos como el de Susana Bermejillo, el de la caída en Mendoza de un avión de la organización derechista chilena Patria y Libertad o la publicación en tapa de la identidad de los detenidos en el centro clandestino D-2 explican que el suyo no fue un periodismo neutral”, detalla la investigadora. “Los amigos y colegas que entrevisté coincidieron en que la causa de su arresto fue el periodismo jugado que hacía”, sostiene.

Después de actuar en esa especie de viaje, en una combinación de héroes y dioses que desafían el peligro, el mendocino se adentró, sin desearlo o pensarlo, en los horribles dominios de la muerte.

Así describe Gelós su descenso a los infiernos: “Di Benedetto pasó seis meses detenido en Mendoza. Primero en el Liceo General Espejo y luego en el Pabellón 11 de la Penitenciaría local.(…) Pedro Coria, militante de la juventud peronista, que también estuvo detenido en la Penitenciaría, dio su testimonio al Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos de Mendoza (MEDH) y contó que hubo un día en que la violencia se tornó cruenta. Fue el 24 de julio de 1976, cuando asumió José Naman García como director del establecimiento. (…) Al pobre Di Benedetto lo trataron asquerosamente mal, no tuvieron respeto ni por lo que representaba”.

Otra persona “que compartió el encierro con él lo recuerda como alguien retraído, que no lograba hacer pie en la realidad que le tocaba vivir. Antonio estaba como perdido, bastante ensimismado, como que la tortura lo había afectado demasiado”, da cuenta Gelós.

Tiempo después fue trasladado a La Plata y “los castigos se volvieron más violentos”. En entrevistas que dio tiempo después de que lo liberaran, cuenta Gelós, “él se refirió a los golpes y a los simulacros de fusilamiento que sufrió”.

“Cuando vuelve del exilio, llega cargado de una fuerte impronta simbólica: la del escritor que, sin haber tenido militancia, fue perseguido y torturado por la dictadura. La sensación, revisando entrevistas de la época, es que los medios subrayaron la figura del inocente, funcional a la idea de una sociedad que había sido víctima y no cómplice de los genocidas”, concluye Gelós.

Cartas clandestinas, literatura y dolor

Di Benedetto tuvo su anábasis gracias, esta vez, a la literatura. Gracias a Adelma Petroni, escultora y amiga del escritor y periodista, que se transformó en su mensajera en la época de encierro en La Plata. Dice Gelós en su libro que Adelma era “la encargada de perpetuar las historias que en la cabeza de Di Benedetto empezaban a crecer en medio del infierno cotidiano".

Absurdos, el libro de cuentos que luego publicaría en Barcelona la editorial Pomaire, fue gestado en la cárcel y filtrado a través de cartas que el mendocino escribía a su amiga. "Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo", y transcribía el texto del cuento con letra microscópica (había que leerlo con lupa). La escultora también contribuyó para que comenzara a preparar otro libro, que no se publicó. El texto lo fueron armando a dúo Di Benedetto y Rodolfo Braceli, quien recuerda así ese momento: “Adelma, con el fervor de su amor por Antonio, se aprendía de memoria lo que él y yo oralmente íbamos tramando. (...) Dilucidar el título produjo una flor de discusión. Di Benedetto propuso: "Peligroso ser periodista". Yo en cambio preferí: "Peligroso ser humano". Él me retrucó: "Peligroso ser". Yo le devolví: "Peligroso nacer".

Ivana Ilardo

Opiniones (0)
9 de Diciembre de 2016|05:29
1
ERROR
9 de Diciembre de 2016|05:29
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes
    15 fotos de la selección del año de National Geographic
    8 de Diciembre de 2016
    15 fotos de la selección del año de National Geographic