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La decadencia del fútbol argentino y las razones de la pasión

Durante esta semana, el fútbol argentino ha mostrado sus peores caras: violencia entre jugadores y barras agrediendo a sus "ídolos", mientras que los dirigentes miran para otro lado y Grondona vuelve a asumir al frente de la AFA. Una decadencia absoluta.

Durante esta semana, el fútbol argentino nos ha regalado un panorama clarísimo de la decadencia que vive. Jugadores sin códigos pegándose todo lo que pueden, partidos horribles, barras agrediendo y apretando a sus “ídolos”, dirigentes mirando para otro lado y, por sobre todo, el magnánimo Julio Humberto Grondona asumiendo una vez más como presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, cargo que ejerce desde 1979.

Jugadores, lo más sano del fútbol

Todavía hay quienes sostienen que lo más sano del fútbol son los jugadores. Esa afirmación llega a causar gracia después de ver un par de partidos. Sólo un par, no hace falta más.

Por ejemplo, en el encuentro de All Boys y Newell’s, el defensor Carlos Soto le pisó la cara al jugador Cristian Díaz. Si uno ve la jugada, claramente nota que Soto podría haber dado una zancada para evitar a su rival. Da escozor pensar qué hubiese pasado si los tapones del defensor del Albo daban en los ojos de Díaz. Una locura.

Camoranesi le pateó la cabeza a Toranzo.

Después, en el partido que jugaron Racing y Lanús, el jugador granate Mauro Camoranesi, luego de haber sido expulsado, le metió una patada en la cabeza a Patricio Toranzo, quien estaba en el piso. No es la primera vez que Camoranesi tiene actitudes violentas dentro de una cancha. Además, esas reacciones no se pueden justificar bajo ningún punto de vista como “calenturas de partido”. Encima, el presidente de Lanús, Nicolás Russo, sale a decir que fue un “partido caliente”. Cosas que pasan.

Es común ver jugadores cargando a los rivales, simulando faltas, pidiendo tarjetas amarillas o rojas para los que tienen enfrente. Ni siquiera se disfruta un gol. Los jugadores marcan un gol y putean, descargan bronca, se lo dedican a algún plateísta. Se está perdiendo el placer por lo lúdico.

Da la sensación que el disfrute de jugar al fútbol quedó guardado en un potrero viejo, solitario, donde ya ni los niños juegan.

Cómo ver un partido y no bostezar en el intento

Si hablamos del juego, es difícil no caer en una depresión. El nivel del Torneo Apertura –y viene así desde hace mucho tiempo en el fútbol argentino– es bajísimo. No hay debate sobre el juego, no importa si se juega bien o no. El resultadismo está por encima de todo y el entrenador que pierde tres partidos sabe que tiene que empezar a buscar trabajo. Nada nuevo bajo el sol, pero muy agotador.

Boca Juniors, que lidera de manera muy cómoda el certamen y se encamina al título, ha mostrado un nivel a lo sumo discreto. Hay partidos que son soporíferos. No hay manera de no bostezar en encuentros en los que sólo se ven pelotazos que vuelan a la espera de algún rebote salvador, a la espera de alguna segunda jugada que signifique tres puntos. Ver una gambeta, una pared, un caño, es lo más parecido a un oasis en el medio del desierto.

El escritor Eduardo Galeano dice que es mendigo de buen fútbol. Esperemos que el gran uruguayo no venga por estos pagos, porque no podremos ofrecerles ni migajas.

Los barras, dueños del fútbol

En el medio de jugadores sin códigos y un fútbol pobrísimo, tenemos que soportar a los nefastos barrabravas, dueños y señores, impunes absolutos, que dominan todo arriba de las tribunas y abajo también.

No hace mucho tiempo, Antonio Mohamed se fue de la dirección técnica de Independiente y aseguró que a él lo echaron los barras. El Rojo, como tantos otros clubes, están dominados por estos delincuentes, en total connivencia con los dirigentes.

Esta semana, el defensor de San Lorenzo, Jonathan Bottinelli, fue agredido por un grupo de barras que fueron a la práctica del Ciclón, que era a puertas cerradas, a apretar al plantel por los malos resultados.

Bottinelli fue agredido por barras del Ciclón.

Y lo peor es que después uno escucha a los propios jugadores buscar la manera más prolija para minimizar esos aprietes. ¿Cuántas veces hemos escuchado a, por ejemplo, los jugadores de Independiente Rivadavia decir “los hinchas nos vinieron a hablar bien”? Una vergüenza. Justifican lo injustificable.

Vimos el video de los barras de River cuando caminaban por los pasillos del estadio Monumental como si fuese el patio de su casa, en el partido del descenso millonario, para pedirle al árbitro Sergio Pezzotta que les cobrara un penal. Y podríamos seguir enumerando hasta el cansancio situaciones como las anteriores.

Los dirigentes miran para otro lado

Si los barras existen es pura y exclusiva responsabilidad de los dirigentes (no todos, claro) y los gobernantes de este país. Si no hay una clara voluntad de erradicar a esos delincuentes del fútbol argentino desde el Gobierno y desde la dirigencia, lógicamente todo seguirá como está. Y peor. No olvidemos que Aníbal Fernández, Jefe de Gabinete del gobierno nacional, es el presidente de Quilmes, y algo debe saber de la realidad que vive el deporte más masivo del país.

Así, los barras manejan el estacionamiento de los clubes o el buffet o cuidan los coches o revendes entradas o son empleados de los clubes o, hasta en cierto caso, llegan a tener porcentajes de los jugadores juveniles.

Lo que pasó en San Lorenzo, porque es el ejemplo más cercano, es una muestra clara. El jefe de la barra es conocido por todos, tiene relación con los dirigentes, ingresan a una práctica sin el menor problema, apuran a los jugadores, llegan a agredirlos. Y acá no pasó nada. Lo común, lo de siempre.

Estamos cada vez más cerca de lamentar la muerte de un jugador a manos de los barras.
 
Grondona, todo pasa

Y mientras todo esto pasa, Julio Humberto Grondona, la razón de todos los males del fútbol argentino, es votado por los dirigentes para seguir al mando de la AFA. Y Don Julio asume, pone cerca suyo a sus hombres de confianza, les tira un salvavidas económico a los que se están ahogando, complica a los díscolos con arbitrajes siempre dudosos y sigue mirando su anillo que tiene grabado la famosa frase “Todo pasa”.

Grondona maneja la AFA desde 1979.

Es increíble cómo Grondona, el último eslabón de la dictadura cívico-militar que azotó el país desde el 1976 al 1983, sigue tan orondo, sentado en el sillón de calle Viamonte, mientras el fútbol argentino agoniza en una decadencia agotadora.

Las razones de la pasión

Y uno se entristece al ver al fútbol así, tan golpeado, usado, deformado, convertido en un show televisivo. Y busca explicaciones y no las encuentra y no logra entender cómo la pasión del hincha genuino –lo más sano de este deporte– no se agota ante tanta mugre.

Es que la pasión, lo sabemos, tiene razones que la propia razón nunca entenderá.

Autor: Gonzalo Ruiz.
En Twitter: @gonza_ruiz.
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