Una máquina de pensar locuras: Muamar Khadafi

Era señalado como "tirano y asesino", pero también como "genio y figura" por tomar decisiones de lo más extravagantes.

“Genio y figura” serían las palabras adecuadas para definirlo, si “tirano y asesino” no fueran las que usan los libios para festejar hoy su muerte. Muamar Kadafi, por su parte, nunca pensó dejar de ser aquel megalómano dictador que administraba Libia como si fuera su finca personal, y hacía y deshacía con la misma facilidad con la que tomaba las medidas más locas y extravagantes. Por eso también será recordado, aunque en segundo plano. 

Las “genialidades” políticas de este hombre -a quien Silvio Berlusconi llegó a considerar para conducir alguno de sus shows televisivos- lo llevaron a culpar a Osama bin Laden y los medicamentos por la rebelión que sufrió su país, a afirmar a los libios que él conquistó los EE.UU. y que Israel fue responsable del asesinato del presidente John Kennedy.

En venganza por la colonización de Libia durante la Segunda Guerra Mundial, también prohibió a los italianos entrar en su país y, como detestaba a los suizos, escribió una resolución a la ONU en el que pedía que ese país europeo fuese disuelto.

No fue ni emperador, ni dictador, ni presidente, como hubiera deseado. La ley libia nunca le dio un cargo oficial más que el de guía de la Revolución de 1969, que derrocó al rey Idris. Pero él, aparte de intentar convertirse en el “Emperador y Rey de reyes” de todo el continente africano, en 2009, se hizo adornar con una serie de estrafalarios títulos: “Príncipe de la gran revolución, Decano de Arabia y Guía supremo”. En una reunión, dijo con orgullo ante el rey saudita: “Yo soy el Líder de los líderes árabes, el Rey de reyes de África y el Príncipe de los Creyentes”.

El líder que trascendió fronteras por sus cirugías plásticas y sus vestidos coloridos, a modo de los de un rey africano, abogaba por la conversión de toda Europa al Islam, y aprovechaba cada uno de sus viajes al Viejo Continente para predicar las bondades de su religión.
 
Por eso, durante cierto viaje a Roma, tuvo la rara idea de contratar una agencia de modelos para que le proporcionara 200 de las chicas más hermosas de Italia, a quienes introdujo en su “jaima” (carpa beduina de la que nunca se desprendía) y, sentadas ordenadamente, les leyó el Corán.

Este loco apasionado de las mujeres mantuvo además, hasta el final de sus “días de gloria”, una apasionada obsesión por Condoleeza Rice, ex secretaria de Estado de los EE.UU. Coleccionaba fotografías de ella en primerísimo plano y llegó a confesarle su amor, varias veces, desde la pantalla del canal Al-Jazeera.

Hizo su primera “declaración de amor” hacia la política estadounidense en 2007, refiriéndose a Condoleezza como su “querida mujer africana negra”. Ante cámaras de la televisión, Kadafi aseguró: “la admiro y estoy muy orgulloso de la forma en la que se reclina y da órdenes a los líderes árabes... Leezza, Leezza, Leezza. La amo mucho. La admiro y me siento orgulloso de ella porque es una mujer negra de origen africano”.

Tras ser tomada por los rebeldes libios su residencia en Trípoli, este año, entre los muchos objetos extraños encontrados en la antigua fortaleza de Kadafi, el más inquietante fue un álbum de fotografías de Condolezza. Según el Huffington Post, en 2008 envió a su amada regalos valorados en unos US$ 212.000, entre ellos un anillo con un diamante presentado en una caja de madera, un laúd acompañado de un DVD (dada la afición de Rice por la música), un candado con una foto de Kadafi en el interior y una copia del “Libro Verde de la Revolución” con una inscripción en la que expresaba su “respeto y admiración” por ella.

Narcisista, hipocondríaco, paranoico, con pánico a viajar en avión, con imposibilidad de subir más de 35 escalones, los gustos del aniquilado dictador incluían el ayunar los lunes y jueves, andar a caballo, bailar flamenco y viajar siempre acompañado de una enfermera ucraniana, definida como “una rubia voluptuosa”, con la que habría tenido un romance y en la que confiaba ciegamente, según los cables de WikiLeaks.

Acompañado por ella, los viajes oficiales de Muamar solían ofrecer una escena exótica: una treintena de mujeres uniformadas de azul, con los labios pintados y cargadas de joyas. Se trataba de la “Guardia Amazónica”, compuesta por mujeres hermosas y siempre listas para defender al líder.

Las “mejores” eran seleccionadas personalmente por Kadafi: tenían que ser altas, guapas y tener el pelo largo para ser elegida. Al líder le gustaba llamarlas “las monjas de la revolución”, y se reservaba a las más exuberantes para lucirlas en sus visitas al extranjero. La misión de esta curiosa guardia personal fue siempre muy clara: proteger la vida de Kadafi, incluso por encima de la suya propia.
 
Así lo hicieron en 1998, cuando una de ellas murió por proteger la vida del dictador durante una emboscada. Pero ninguna de ellas -que lo amaban- estuvo para defenderlo hoy, cuando se convirtió, a su pesar, en un simple mortal.


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