Tocame, que me gusta

Los amantes se encontraban en torno del piano porque las manos de la no tan inocente joven que interpretaba una apasionada "romanza" podían expresar más sentimientos que las palabras, a las que la doncella le sumaba un gran despliegue de bucles, suspiros y miradas brillantes como el filo de un cuchillo.

La música no siempre ha sido un placer y mucho menos una oportunidad de demostrar la creatividad. En el siglo XIX, por ejemplo, un hogar en el que no hubiera un piano estaba incompleto y una mujer que no supiera tocarlo era una suerte de mueble que hablaba.

La literatura de la época registra infinitas escenas en las que las teclas y las jóvenes eran una sola misma e inquietante cosa. La moda del piano o pianoforte entre la pequeña burguesía comenzó hacia el 1800 porque los instrumentos hasta entonces reyes del salón, el arpa, el violonchelo y el violín, comenzaron a parecer indecentes entre las tentadoras piernas abiertas y el cuello sinuoso de una dama.

Entonces, el piano adquirió protagonismo en virtud de su función social: tocar el piano era la base de la reputación juvenil y demostraba públicamente una buena educación y cierto talento en la manipulación selectiva sobre superficies exigentes y caprichosas. Además, como el propio instrumento, aludía a la capacidad de "resonancia" que tenía la bella ejecutante.

El virtuosismo formaba parte de la estrategia matrimonial, como un ingrediente más de la dote de la señorita casadera. En torno del teclado se encontraban furtivamente los novios, porque las manos de la no tan inocente joven que interpretaba una apasionada romanza haciendo vibrar las 224 cuerdas podía expresar más sentimientos que las palabras permitidas, a las que la “niña” le sumaba un gran despliegue de bucles, suspiros y miradas brilantes como el filo de un cuchillo.

Balzac, por ejemplo, le recomendaba a su hermana que aprendiera a tocar el piano, para ser más discreta. Es decir, atractiva. Una conjunción anhelada como virtud tanto por el autor de La comedia humana como por la mayoría de los hombres de su tiempo (y los de este), que valoraban a la mujer por su afinación en la calle, los salones y las camas.

Además era costumbre, en un gesto claramente machista, obsequiar un piano a la amante despechada para que llorara, gritara y aporreara las 88 teclas con gran estrépito de órganos destrozados -de preferencia el corazón-, tinta temblorosa en esquelas que protestaban amor o promesas de venganza entre las que se incluían suicidios elegantes con la cuerda del do.

En otras escenas domésticas pero plenas de sutil erotismo, el piano y su mundo simbólico lleno de mensajes permitía que la joven tímida, que se creía sola interpretando un vals, fuera espiada por un galán o sopesada como posible esposa por el viudo maduro.

Momentos como esos están reflejados en Jane Eyre, Mujercitas, Cumbres borrascosas, Sensatez y sentimientos, Eugenia Grandet, Madame Bovary, La lección de piano, entre muchas otras obras, que luego se convertirían en grandes clásicos de la literatura occidental.

El piano era algo así como la extensión literaria del estereotipo de la mujer afectuosa, tierna, bonita, comprensiva, sensible, sensual y con el corazón estrictamente afligido. De este tipo de mujer Jules Laforgue dirá que “se hace una autopsia de Chopin”.

Tocar el piano era algo que justificaba la inutilidad del tiempo femenino: ellas podían pasar horas con las manos sobre el teclado, con el cabello suelto, los ojos soñadores, el rostro iluminado por las velas del atril y, por supuesto, esperando a su versión romántica de un príncipe del tipo de cuentos de hadas, de un poeta a lo Gustavo Adolfo.

O de cualquier señor con casa, hacienda y dinero que las alimentara, vistiera y mantuviera lejos, muy lejos, del trabajoso piano a cambio de un poco de sexo, varios hijos y mares de lágrimas asordinadas.

Patricia Rodón
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7 de Diciembre de 2016|07:41
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7 de Diciembre de 2016|07:41
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  1. En una época como en la que vivimos donde la seducción carece por completo de sutileza y todo es burdo, chabacano y poco creativo, rescatar el modo cómo las féminas de entonces se las ingeniaban para atraer a los posibles candidatos, despierta ternura y admiración. Las mujeres deberían saber que es mejor sugerir que decir, insinuar que mostrar y que no hay nada más erótico que lo que se deja librado a la imaginación. Por lo demás, excelente nota y muy bueno el título.
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