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Análisis: cara y ceca de Sabella

La dolorosa derrota sufrida en Puerto La Cruz ante los locales, no debería conducir a juicios drásticos, de los demoledores, de los que satanizan, del mismo modo que el DT de la Selección argentina debería hacerse cargo de lo que le compete.

La dolorosa derrota sufrida en Puerto La Cruz no debería conducir a juicios categóricos, de los demoledores, de los que satanizan, del mismo modo que Alejandro Sabella debería hacerse cargo de lo que le compete y ni por asomo ha sido satisfactorio.
  
Que la Selección Argentina jugó un primer tiempo de lo más aceptable y un segundo tiempo espantoso, con escaso margen para los atenuantes, supone una verdad incontrastable.
   
Y tan espantoso que resultan insuficientes los rigores climáticos y la certeza de que Venezuela ha crecido de forma sensible y dispone del mejor equipo de su historia.
   
Ni el calor ni la humedad son computables, o por lo menos tan computables como para borrar de un plumazo imágenes pavorosas: una Selección tácticamente brumosa, técnicamente deshilachada y anímicamente frágil.
   
He allí una falencia capital: perder, se puede perder, incluso ante adversarios inferiores, incluso con poco caudal de oxígeno, al límite de la extenuación, pero el compromiso con la camiseta debería darse por descontado.
   
Y de eso, si hubo, se disimuló muy bien: la formación argentina se entregó a la adversidad a pura cabeza gacha, sin un quejido, sin decir agua va.
   
Sin el menor atisbo de rebeldía.
   
Y así como Sabella tuvo gravitación en algunos síntomas positivos que se dejaron ver en el poco tiempo que está al frente de la Selección, hoy es justo reponer que Sabella también tuvo que ver con la mustia expresión que cayó a manos de la Vinotinto.
   
Amontonar defensores no hace a una buena defensa, improvisar puestos es riesgoso (poner a Angel Di María como doble 5 conductor se parece a sobreestimar a un futbolista que salvo honrosas excepciones carece de pausa y entendimiento), renunciar al mediocampo y a la posesión de la pelota es peligroso y postular la esperanza de ganar "medio a cero" es un mensaje piantavotos.
   
Pero no piantavotos para las diferentes tribus de la patria futbolera, piantavotos para los propios jugadores, que venían de golear, de ser ovacionados por su público y tenían la autoestima por las nubes.
   
Sabella es un director técnico muy capacitado, acaso de los cinco mejores de plaza, son muchas sus virtudes y mucho su potencial; sin embargo, va de suyo que no es perfecto y que padece un alter ego conservador, medroso, un antipático personaje interno que lo abruma de dudas, de reparos, de fantasmas.
   
Otra cosa es que este inequívoco paso en falso de Sabella haya resultado un bocado de cardenal para quienes pretenden que deje de ser el DT de la Selección para convertirlo en Tupac Amaru.
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25 de septiembre de 2017 | 11:46
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