El espejo que trizó el hechizo

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales

Insólito, espeluznante, cripy, como dirían por estos lares. Anoche disfruté (y sufrí) un notable sueño, o por lo menos es la primera vez que al despertarme lo recuerdo. Sucedió entre las siete y las ocho de la mañana, que es el momento en que mi mujer lleva a mi hija al colegio. Como comenzar a desmenuzar la madeja, como contarles la fascinante experiencia en la cual podía a voluntad entrar y salir del abrazo de Morfeo.

El sitio era nebuloso, al aproximarme a las siluetas recién podía distinguirlas con claridad, sino solo se trataba de sombras vagas surcando frente a mí. Eran voluptuosas mujeres, que olían a salvaje y yo andaba cazando, excitadísimo. Me deslizaba desnudo, sintiendo un frescor agradable y cuando encontraba alguien que satisficiera mis expectativas, lo manoseaba con deleite de orfebre. La nitidez del cuerpo femenino contrastaba con el rostro, siempre borroso. Me extasiaba en una de ellas hasta que comenzaba a desintegrarse entre mis dedos y mi boca, quedándome un sabor agriacido, como quien recibe los primeros avisos de un vomito. Sin embargo no sentía asco o temor alguno, sino un placer increcendo, una sensación de beneplácito indescriptible.

Luego que el objeto de mi pasión se volvía polvo, quedaba yo paralizado y únicamente mi brazo derecho poseía vida. Entonces lo arrastraba por la pared del cuarto, logrando despertarme, recuperando de nuevo mis movimientos. Mis ojos se abrían siempre sobre la foto de Michael Phelps que adorna el muro frente a mi cama. Después miraba los hirientes números rojos del reloj digital y me zambullía entre las brumas, buscando con ansiedad la nueva presa. Sé que mis despertares eran auténticos, el ruido de la calle y los avistamientos progresivos del reloj así lo atestiguan. Siete quince, siete treinta y uno, siete treinta y nueve, siete y cincuenta y tres…

Debo haber estado muy entretenido con mi onanismo onírico porque entraba y salía constantemente. Al emerger la última vez hice algo diferente, me levanté movido por la irrefrenable curiosidad de ver mi cara en el espejo…y allí se jorobó todo. Se rompió el hechizo. El placer se transformó en terror sórdido y profundo. No había iris, ni pupilas, solo una blancura nauseabunda en unos ojos extremadamente abiertos. Por el vértice de mis labios, que cubrían unas encías amarillentas con dos colmillos prominentes, se descolgaba una viscosa espuma roja. Ladeé la cabeza bruscamente sintiendo el corazón darme vuelta en el pecho. Empecinado, tras unos segundos, volví a enfrentar la temida imagen. A nadie hallé ahí enfrente, solo el reflejo de la habitación y la abertura que da al living. En eso la puerta se abrió y entró Daniela con la intención de despertarme.

—¿Qué hacés parado desnudo frente al espejo? —preguntó entre divertida y asombrada.

Abrí los ojos lentamente, con el sabor amargo aún en mi garganta, dominado por el miedo ante lo inesperado…

Por suerte allí estaba el Walter de siempre, observándome en pelotas, atónito desde el otro lado del vidrio.

¿Que sueñito, no? Queria compartirlo con ustedes antes de que se escape de mi memoria. Nos vemos en siete dias sur mendocino. Con afecto W.G.G desde Miami, una ciudad en el imperio que se desmorona.

Amanecerá y veremos...
Opiniones (0)
21 de agosto de 2017 | 16:57
1
ERROR
21 de agosto de 2017 | 16:57
"Tu mensaje ha sido enviado correctamente"
    En Imágenes