Desahogo y no venganza tras décadas de dolor contenido en el aliento

Se conoció la sentencia de los juicios por delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza. pero más que la sentencia, conocimos mucho de lo que pasó. No todo, pero gran parte. Un gran paso la una democracia que arrancó sosteniendo a las viejas estructuras del terror en su vientre, pero que terminó pariendo justicia. La reflexión del director de MDZ.

No sabemos toda la verdad sobre lo que pasó en la dictadura militar, pero ya conocemos un poco más sobre quiénes fueron los que usaron sus cargos en el Estado para perseguir, torturar y matar. Un puñado de esos miserables acaban de ser juzgados en Mendoza en un hecho histórico y la Justicia ha ventilado, en el proceso de acusación y defensa, detalles escabrosos, a pesar de los gambeteos con los que la memoria le esquiva en estos casos a la verdad.

Muchos de los acusados olvidaron el pasado. Algunos, intencionadamente. Otros, probablemente de manera involuntaria. Ese olvido no es endilgable exclusivamente a ellos, debido a que muchos dirigentes políticos y sociales también sufrieron un golpe de desmemoria. ¿Solo ellos? Bueno, es científica la opinión en torno a que los seres humanos tratamos de bloquear las evocaciones negativas de nuestra memoria. Imaginemos, entonces, cuánta tarea de “borrón y cuenta nueva” ha tenido nuestro cerebro luego de tanto terror.

Es que además de víctimas y victimarios, hubo testigos directos e indirectos, casuales, presenciales y de aquellos que conocieron que algo pasaba y de los que pensaban que algo habían hecho, que olvidaron, sin más.

De hecho, quienes se detienen a repasar cómo fue que se comenzó el recuento de los casos de desapariciones y asesinatos se dan cuenta de las condiciones en aquello sucedió. Más allá de la ciclópea tarea de las organizaciones que agruparon a los familiares de las víctimas, de los partidos políticos que no permanecieron distraídos y de las entidades que consiguieron respaldo internacional para investigar, el Estado lo hizo con lo que tenía. Por ejemplo, los empleados de la Legislatura (que había permanecido cerrada, obviamente) fueron los encargados de recibir las denuncias y de agruparlas, clasificarlas y guardarlas. Mucha gente –por esa misma razón- no fue a denunciar nada: ¡no confiaban en los empleados nombrados por un gobierno asesino e ilegal que llevaba más de un lustro en el poder!

En el año 2009, en ocasión de conmemorar el 24 de marzo, propusimos desde MDZ que los lectores nos contaran su “Nunca más”. Es decir, que hicieran memoria y recordaran hechos que podrían haber sido “raros” transpolados a esta época.

Muchos lo hicieron. El mismo autor de estas líneas lo hizo (lo hice, claro) en una columna sincera y brutal, construida por recuerdos a flor de piel más que con “conocimiento”. La titulamos “Silencio tras la dictadura: Mendoza y sus historias jamás contadas”.

Algunos de los párrafos recibieron la urgente respuesta de un grupo de personas que, en silencio, investigó, por ejempolo, desde la Fundación Ecuménica de Cuyo. Sabían de quién hablaba en anécdotas traspasadas de un miembro a otro en la mesa familiar.

Es que fue eso lo que pasó con mucha gente: cuando no le contaste a nadie lo que viste desde la ventana de tu casa, y cuando mucho menos lo confiaste a la Justicia, probablemente ese olvido, ese bloque mental o esa deliberadamente borrado recuerdo (por miedo, por bronca, por complicidad o por lo que haya sido) impidió que se descubra la verdad.

Fue un gran silencio. Una especie de llanto contenido que todavía podríamos decir que está latente, aun con el paso de los años y el derribamiento de los mitos y muros de prejuicios que construyó –con gran solidez- la dictadura.

Muchos funcionarios de la primera época de la democracia recuerdan hoy lo difícil que les resultaba llegar todos los días al trabajo. Ese recuerdo más reciente también sirve para entender que todavía en “democracia” resultaba difícil y riesgoso, cuando no imposible avanzar en la búsqueda de verdad y justicia. Hace unos días lo atestiguó Rodolfo Montero, ex ministro de Felipe Llaver y secretario de Estado de Raúl Alfonsín.

En un diálogo por MDZ Radio Montero habló de gestión, pero recordó cuan dramático era convivir con personas que venían haciendo funcionar los engranajes del poder político desde la dictadura. Todos los días, contó, se corría el riesgo de volver atrás.

El miedo, entonces, demostraba su triunfo a destiempo.

De hecho, las estructuras policiales fueron respetadas por el poder político por miedo o por falta de equipos en algunos casos, por falta de conciencia en torno a lo que representaban y hasta por complicidad, (una vez más esta palabra, necesariamente).

Los hijos, las nueras, esposas, amantes y concubinas de decenas de policías y militares pasaron a engrosar las estructuras del estado y alimentaron la maquinaria –aun vigente, por cierto, aunque atenuada y tímida por las circunstancias- de justificación y control social hacia adentro de las instituciones que fueron violadas por sus parientes poderosos.

Por todas estas cosas de las que hoy resulta tan sencillo hablar y analizar es importante que la Argentina haya avanzado y siga haciéndolo, en adelante, en la identificación de los responsables y su sometimiento a juicio, con el auténtico derecho que les asiste (aunque ellos lo hayan negado en su momento) a la defensa.

Y es necesario puntualizar la santa paciencia de familiares que, aun en medio del más grande dolor que pueda sufrir un ser humano, optaron por el camino de la justicia y no por el de la venganza.

Algún día le daremos la dimensión que tiene a esta página de la historia. Nos reiremos de los prejuicios y de las peleas absurdas que se han desencadenado alrededor del más oscuro trayecto de la línea del tiempo en la Argentina. Y probablemente, podamos disfrutar de un país en donde nadie, nunca más, intente justificar, explicar o negar la violación sistemática de los derechos fundamentales de toda persona.

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