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Tevez: ni ángel ni demonio

Si el futbolista involucrado en el conflicto del Manchester City se llamara Pérez, Williams o Ze Carlos, o incluso otro argentino, el que queramos, no provocaría el revuelo que sí provoca el hecho de que el implicado sea el Apache.

Si diéramos por descontado que, en efecto, Carlos Tévez desoyó una orden del director técnico del Manchester City, Roberto Mancini, que sea sancionado debería ser recibido con la misma naturalidad que conlleva la sanción misma: estamos hablando de la alta competencia del fútbol hiper profesionalizado.
   
Con independencia de que ese fútbol hiper profesionalizado no sería posible sin la concurrencia de la materia prima indispensable, ergo, los jugadores, ciertas normas de regulación son inherentes al proceder de tirios y troyanos, incluso para las estrellas.
   
Si Tévez ha gozado de los beneficios de la actividad que ha elegido como medio de vida, es justo que al tiempo guarde observancia a sus eventuales perjuicios.
   
Y esto supone que el director técnico no lo incluya en el equipo titular, o lo ponga media hora, o quince minutos, o cinco.
   
Lo que hay en juego allí no es ni un acierto ni un error: lo que hay en juego es un principio jerárquico sin el cual se hacen imposibles la convivencia, la mutua colaboración entre el director técnico y sus dirigidos, y en última instancia la marcha hacia los objetivos de rigor.
   
En realidad, si el futbolista sancionado por el Manchester City se llamara Pérez, Williams o Ze Carlos, o incluso otro argentino, el que queramos, no provocaría el revuelo que sí provoca el hecho de que el implicado sea Tévez.
   
Gravitan, como un handicap de alcance generoso, los sentimientos políticamente correctos que promueve Carlitos.
   
Se lo denomina “El jugador del pueblo”, y en ese solo dato ya tenemos un universo.
   
El jugador del pueblo supone, como mínimo, llevar al máximo de sus posibilidades la simpatía y la admiración que despiertan las derivas personales del protagonista, las que prefiguraron su entrada al fútbol profesional.
   
De tal suerte, el origen humilde de Tévez, las zozobras que pasó en Fuerte Apache, las dificultades en las que redundaron esas zozobras, etcétera, se han convertido en un faro omnipresente, en una referencia siempre a mano y en más de una ocasión forzada y caprichosa.
   
Que Carlos Tévez ha sabido sobreponerse a determinaciones de las que no siempre se vuelven es una verdad que no admite objeciones, tampoco su talento para pegarle a la pelota y muchísimo menos la brillantez de una trayectoria forjada con ese talento sostenido con una enorme dosis de coraje.
   
Pero al cabo de tantos años de futbolista de elite, y en alguna medida habiendo devenido otra persona (y no sólo por el grosor de su cuenta bancaria, que ya sería decir), debería quedar claro que Tevez es un privilegiado.
   
Un privilegiado, va de suyo, que debe de someterse a las eventuales contraindicaciones de esos privilegios.
   
Que hoy no es un demonio, está claro, pero tan claro como que ayer no fue un angelito, puesto que, hasta donde se sabe, los angelitos están en el cielo.
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26 de septiembre de 2017 | 12:35
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