Crean un Martín Fierro en clave "pibe chorro"

Según lo publica el suplemento Ñ de Clarín, "el clásico de clásicos de la literatura argentina en una nueva versión del joven poeta Oscar Fariña". El poema, “traducido” a la clave marginal de hoy: el gaucho matrero es un pibe chorro.

"Quién sería Martín Fierro si Martín Fierro se escribiera hoy? ¿Dónde viviría y a qué se dedicaría?", se pregunta Gabriela Cabezón Camara en el suplemento Ñ del diario Clarín. Y se reponde: "Todas estas preguntas tienen una respuesta escrita: llegó el Fierro remixado. Y demostró que sí, es un clásico, porque tiene eso que tienen los clásicos. Una vigencia asombrosa".

Martín Fierro según Carpani.
Agrega: Si el primero se ponía a cantar al compás de la vigüela, este, el de hoy, prefiere la “kumbia” villera. Al primero lo vuelven matrero la pobreza y una institución del Estado, el ejército y su leva. Al segundo, lo tornan chorro malo la misma pobreza y una institución distinta, la cárcel. Si uno padece a los oficiales y el trabajo gratis, el otro padece a los “pitufos” –presos “antipresos” que, según muchas versiones, en las cárceles roban, violan y matan bajo protección de miembros el Servicio Penitenciario– y “trabaja” gratis para los oficiales carcelarios. Los dos pierden mujer, hijos y casa. Los dos cometen dos crímenes sin sentido. Contemos uno, el primer asesinato. En el original, El Gaucho Martín Fierro, el que escribió José Hernández y se publicó en 1872, el gaucho mata porque está borracho. Le hace un chiste pasado de tono a una negra –le dice “vaca” y quiere seducirla–. El negro que la acompaña se enoja. Y Fierro lo mata. En la reescritura, El guacho Martín Fierro, de Oscar Fariña, publicado hace poco más de dos meses, el guacho mata por el mismo chiste. En vez de a un negro, a un boliviano. Los dos hacen el mismo comentario racista: uno dice “los negros”, el otro “los bolis”, y afirman que Dios (“D10s” en la versión contemporánea) los creó “para carbón del infierno” (“tizón” en el original). Si uno se pasa al indio después de robarse unas vacas, el otro se va a Paraguay con unas bolsas de soja ajena. Los dos rompen ese mito tonto, ese que sostiene que quienes son víctimas deben ser necesariamente buenos, como si hubiera alguna relación lógica entre la adversidad y el altruísmo, como si ser bueno fuera más fácil con todo en contra.

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