De cómo un manco acabó con Kid el mocha

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales

El flaco de rostro hundido y nariz recta se calzó los guantes, golpeando dos o tres veces sus puños para amoldarlos. El cumpa miró con fiereza al dubitativo muchacho que temblaba en la otra esquina, sintiendo el  escozor por el final inminente. Su cara recia, aindiada, era coronada por una cabellera de pelos finos y tiesos, peinada al medio. Sus ojos negros, parecían los de un depredador cebado, a punto de abalanzarse sobre la inocente presa. Una multitud de jóvenes rugía enfervorizada, saboreando la sangre por venir. Tenso el ambiente, electrificado el aire.


Era sábado, una desproporcionada luna llena alumbraba el ring, hecho con cuatro sillas y tres gruesas cuerdas de enlazar caballos. El viento zarandeaba los álamos que circundaban la chacra, creando un suave susurro de hojas. El último frio de un invierno que se iba, se cernía sobre Jaime Prats a mediados de septiembre del 82.

El mocha apreció el peso de su inutilidad. Una indefección propia de un barrilete de papel lanzado a una despiadada tormenta. Sin embargo no podía retroceder, sabía que pisaría el cuadrilátero nuevamente y con un espíritu masoquista incomprensible, recibiría golpes por doquier. Pisoteado y humillado, paladearía (una vez más) el acre sabor de la derrota.

Los guantes le quedaron inmensos, sus manos de bebe bailaban adentro. Equilibró su cabezota entre unos pequeños hombros, tratando de controlar el temblequeo de las canillas que lo desestabilizaba. Bajo dos pobladas cejas, los ojos enfocaban al cumpa verdugo. Sonó el timbre, aspiró hondo y salió a su encuentro.

El primer round fue un monólogo de sopapos, el mocha intentaba cubrirse y escapar, caminando en círculos. En el descanso sintió que sus extremidades pesaban toneladas, le ardían los antebrazos y meditó el abandonar allí mismo. La visión de los muchachos cargándolo al día siguiente dolía más que la segura derrota.

Lo que sucedió en el minuto por venir, quedaría registrado en los anales boxísticos de la promoción del 82.

A los cincuenta y cinco segundos, un debilitado mocha inventó un upercap de otra pelea y estremeció con violencia la mandíbula del favorito. Como en cámara lenta, un sorprendido cumpa retrocedió tres pasos y…cayó fulminado

El cabezón cejudo fue sacado en andas del ring y paseado alrededor de la casa y el galpón. Sus compañeros lo ovacionaban, palmeándolo con incredulidad y orgullo.

No sé de donde saqué esa mano milagrosa. Recuerdo el fuerte impacto de mi puño en su barbilla y los ojos desorbitados desconectándose de la realidad mientras caía. Había sido vital en el knock out, no tanto la potencia de mi mano, sino el hecho que el cumpa Iván Barón tuviese unos cuantos vasos de tinto encima. Por otra parte, en una astuta movida táctica, yo apenas había degustado una copa.

La inolvidable pelea se escenificó en la chacra del Tito Barón, en uno de nuestros habituales encuentros de despedida de la secundaria. Comenzamos a decirle adiós a esa genial etapa de nuestras vidas a mitad de año. Fuimos rotando los asados y empanadas de casa en casa, en una fiesta sin fin. Gustavo Nedic había desempolvado dos antiguos pares de guantes y se nos ocurrió la organización de veladas boxísticas, las cuales resultaron mucho mas entretenidas de lo imaginado. Dividíamos a los asistentes en tres categorías (según el tamaño), aunque a veces llegamos a cruzar livianos con pesados, con resultados lógicos, pero también inesperados. Recuerdo el atardecer en que el japo Alejandro Totake le propinó una paliza al grandote Poli.

Esa noche, las inesperadas sorpresas no terminarían allí. Después de disfrutar el lechoncito y las empanadas brindadas por Isabel y Salustiano (los padres de Tito Barón), partimos presurosos rumbo a Alvear. Íbamos en una camioneta, un jeep del Rafa Rodríguez (no estoy seguro si era un jeep, pero así lo bosqueja mi memoria), y otro auto cualquiera. Los conductores eran los únicos tres abstemios del grupo (mantengo en secreto sus nombres para no humillarlos), lo que nos salvaba de eventuales accidentes.

Entramos en caravana por la avenida Alvear Oeste, yo me encontraba atrás del jeep como con una bodega y media encima. Después de mi apoteótico triunfo, me tomé hasta el agua del florero. Se suponía que hacia un frio de pelarse, pero estábamos calefaccionados por el alcohol que circulaba por nuestras venas.

Abrazado con el cumpa Iván, el Dani Vega, el tripa Prieto y Gustavo Nedic cantábamos animados la marcha de San Lorenzo y la mechábamos con “pupitre marrón”, la célebre canción del grupo Vivencia con la cual se despedían las promociones por aquellos años

Al llegar a la esquina del cine Alvear, donde estaba ubicado mi kiosco favorito (cruzando la plaza), divisamos a un hombre que tenía un negocio por la zona y al cual le faltaba un brazo. No digo groserías y soy extremadamente respetuoso con las personas que poseen alguna incapacidad física, pero esa medianoche debo haber tenido montado al diablo. Dicen que le lancé al honorable señor un epíteto irrepetible, no solo por lo soez, sino también porque ya nadie lo recuerda. Me contaron que el petiso Dante Gafoglio me tapó la boca, evitando que continuara con el despilfarro de insultos. El enfurecido individuo comenzó a seguirnos y nos atravesó su camioneta negra a la altura de la óptica del gordo Mathez.

Cuentan que mis amigos pidieron que me arrojase al piso del jeep y fingiera estar borracho. No me debe haber costado mucho. De ese momento, solo retuve el chichón con el que me desperté al otro día en la casa de Néstor Prieto, mi mejor amigo. Relataron que el tipo, echando espuma por la boca, me agarró del cuello, dispuesto a propinarme un knock out digno de Kid el mocha. Comentan que cuando percibió mi estado etilizado, tuvo lastima y me soltó con fuerza, con la mala suerte que mi nuca pegó en un barril de cerveza. Perdí el conocimiento, aunque estoy seguro que el alcohol ya me lo había arrebatado bastante tiempo antes.

Fue la única vez en mi vida que me emborracharía de esa forma, al grado de extraviar mi noción de la realidad. La idea de no ser dueño de mis actos, me causó tal terror, que jamás volvería a acercarme al tenebroso límite de la inconsciencia

La cuestión es que el próximo lunes, mis compañeros del sexto de la ENET, rememoraron la anécdota de cómo un manco acabó con Kid el mocha. En las sonrisas capciosas que percibí esa mañana y en los cuchicheos cómplices tras mi espalda, nació una duda que nunca pude despejar…



¿Fui verdaderamente yo la bestia irrespetuosa que tiró tamaña afrenta? (lo que me transformaría en una especie de Doctor Jerkill), o mis jocosos colegas me convirtieron en un chivo expiatorio al ver mi condición de masa amorfa inanimada.

 

Amanecerá y veremos San Rafael querido.  W.G.G desde Miami
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18 de diciembre de 2017 | 11:03
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