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Enfoque: hacia la modestia primordial

Por limitado que sea el análisis de un ciclo naciente, con tres partidos amistosos y un puñado de entrenamientos, la gestión de Alejandro Sabella insinúa perfilarse hacia una Selección Argentina capaz de hacerse fuerte en su humildad.

Por limitado que sea el análisis de un ciclo naciente, con tres partidos amistosos y un puñado de entrenamientos, la gestión de Alejandro Sabella insinúa perfilarse hacia una Selección Argentina capaz de hacerse fuerte en su modestia.
   
Modestia, urge que conste, entendida en sus acepciones primigenias y más mano del imaginario: moderación, templanza y falta de engreímiento.
   
Modestia, entonces, que va por afuera de la materia prima disponible o, en todo caso, concebida (por Sabella y sus colaboradores) como la regla de oro llamada a potenciar la materia prima y en el mejor de los casos germinar de forma positiva.
   
Hace unos cuantos años (sería cuestión de establecer cuándo y cómo) el fútbol argentino en general y las selecciones nacionales en particular vienen perdiendo las virtudes que entrados los años setenta habían posibilitado una refundación virtuosa.
   
Y en la medida que se diluyeron esas virtudes regresaron las oscuras golondrinas de la improvisación, de los campeones morales, de la inconducente vanidad.
   
Sea en los Mundiales, sea en la Copa América, la Selección gana en la víspera los torneos que indefectiblemente pierde en la cancha.
   
Y no sólo no los gana: si de mundiales hablamos, hace cinco que no termina siquiera entre los cuatro mejores.
   
Vale decir, hace muchos años que resulta razonable afirmar que la Selección está en el lote de los mejores ocho del mundo, y hasta ahí llegamos.
   
Sin embargo, la patria futbolera (incluido nos, los periodistas), persiste en deducir que el ciclo 1978/1990 es la regla cuando en realidad fue la excepción.
   
Argentina llegó lejos, muy lejos, con el mejor César Luis Menotti, con el mejor Carlos Salvador Bilardo, con el mejor arquero de su historia (el Pato Fillol), con el mejor defensor (Daniel Passarella), con cracks de todos los colores (René Houseman, Jorge Burruchaga, Jorge Olguín, Daniel Bertoni, Osvaldo Ardiles, Mario Kempes, Claudio Paul Caniggia, etcétera), con probados guerreros del tipo de Oscar Ruggeri, el Tata Brown, el Vasco Olarticoechea, y desde luego con Diego Maradona.
   
Todo lo demás se consumió con lo que pudo haber sido y no fue.
   
Por eso, si encima venimos de conducciones brumosas, dolorosas, penosas (un Coco Basile otoñal, un Maradona insustancial y un Checho Batista pretencioso), la sobriedad de Sabella supone el indispensable alivio post tsunami.
   
Bienvenida una Selección más sólida en la cancha que en el bla bla ba de las conferencias de prensa, que se amigue con un mínimo de seguridad defensiva, de sincronía, de ensamble; que se proponga objetivos inmediatos, que no sea ni temerosa ni temeraria, una Selección confiada y confiable, y seria, pero no por solemne pero sí por metódica, comprometida y responsable.
   
Una Selección capaz de alimentarse, de perseverar y de crecer con las vitaminas de una modestia primordial.
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19 de agosto de 2017 | 03:59
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