"Este equipo puede dar mucho todavía"

Carlos Delfino es uno de los jugadores emblema de la Generación Dorada.

Es uno de los jugadores emblema de la Generación Dorada. Habla de sus compañeros, del Preolímpico y de su vida en la NBA. Su labor solidaria y su fanatismo por El Chavo del 8.

Se ríe de casi todo Carlos Delfino. Da la sensación de que no le importa demasiado lo que piensen de él, que la madurez no le ha hecho perder su estilo de vida descontracturado. Sonríe porque lo tildan de sex symbol, una de las chicanas de los compañeros. Esboza una mueca cuando recuerda su paso por Rusia y ni siquiera se pone colorado al admitir que todavía mira El Chavo del 8. Delfino es genuino, de los pies a la Cabeza (ese es su apodo, obvio). En la calle, en los reportajes y en la cancha. Camina por la vereda opuesta a la de la demagogia. Por eso ilustra con detalle, por ejemplo, sus sensaciones tras disputar sus primeros partidos oficiales con la selección argentina en el país. “Ver el estadio al palo... Es una hermosura. Quedé sorprendido. Y sobrepasé todas mis expectativas previas. Tantos hinchas, incluso en el hotel o afuera del Polideportivo, no deja de parecerme raro. A veces me dan ganas de ir y abrazarme con todos”, describe. Y obviamente, se ríe.


–¿Para tanto?


–Es que mi paso por la Liga Nacional fue efímero: jugué cuatro meses en Libertad y la cancha más llena en la que estuve, a lo sumo, tendría tres mil personas. Y en Unión, en la Liga B, habremos metido dos mil como mucho. Por eso, este Preolímpico lo vivo de manera particular. Lo tomo como un gran desafío, pero también lo disfruto. En el primer encuentro con Paraguay, que no jugué, lo que más quería era ver desde adentro cómo se vivía todo.

–Pareciera que cada vez que jugás en la selección no podés sacarte la alegría del cuerpo. ¿Qué es lo que tanto disfrutás?

–Disfruto mucho el compañerismo que hay dentro del plantel, el hecho de compartir buenos momentos con gente a la que le tengo mucho aprecio. Y también, salir a la cancha con tipos con los que me entiendo con apenas mirarlos. No es común.

–Explicá la relación entre Benjamin Button y este equipo...

–(Risas). Dije eso para ejemplificar que estamos como el protagonista de esa película (El curioso caso de...): más viejos estamos y más corremos.

–Tus compañeros repiten que cada uno tiene un rol en el grupo y se respeta. ¿Cuál sería el tuyo?

–Yo no pido nada. Soy medio camaleón, trato de adaptarme a lo que hay y de ayudar con lo que pueda. Por ahí lo mío no luce tanto. Y está bien que así sea.

Es curiosa la historia de este santafesino de 29 años. Porque desde que tiene 16 (o menos, incluso) se habla de él como talento precoz. Todavía no había debutado en la Liga Nacional y ya lo buscaban de Europa, nunca había jugado en la selección mayor y ya era estrella en el básquet de Italia. Para el momento de su primera convocatoria de cara al Sudamericano de Campos do Jordao (Brasil), en 2004, Delfino ya era considerado el referente del futuro. Y no sólo eso, hasta los ojeadores de la NBA se habían fijado en él: fue el argentino con draft más alto de la historia (puesto 25, por Detroit Pistons, en 2003). Tamaña presión derivó en una pequeña meseta para su evolución personal. Porque todo iba a un ritmo demasiado vertiginoso. De pronto, con 22 añitos, era campeón olímpico y jugaba en la mejor liga del planeta. Era inevitable la relajación. Pero el paso del tiempo y, sobre todo, la madurez, pusieron las cosas en su lugar. Y Carlitos se convirtió en Carlos. Y los años de frustraciones, los partidos enteros en los Raptors parándose en un costado, esperando que alguno lo vea para –al menos– tirar un triple, quedaron en el pasado. Y los días interminables en la helada Rusia pasaron al anecdotario. Hoy Delfino es un talento consagrado. Pudo ponerse a la altura de su exagerada reputación del pasado y materializar promesas en realidad. “Yo jamás le di bola a lo que se ha dicho de mí. Tal vez ahora que muchos me empezaron a conocer por lo que hago, con la selección, se me haya empezado a valorar. No me molesta tampoco. Sé bien lo que hice”, aclara.

–¿Este es el mejor momento de tu carrera?

–Estoy muy tranquilo, creo que por la edad. En Milwaukee di un saltito de calidad, pero también pienso que puedo seguir creciendo. Todavía me quedan unos seis años más de carrera y ojalá pueda estar en la NBA varias temporadas más. Tengo el tiempo de mi lado. Mi última temporada fue rara: tuve una lesión en la cabeza y me perdí varios partidos, sin embargo, cuando volví, rendí bien. Y creo que redondeé mi mejor liga. Estoy en un buen momento personal, me siento cómodo, pero lo importante es mantenerse.

–¿Sufriste mucho la etapa en la que no jugabas en Pistons o Raptors?

–Nunca me enloquezco, nunca. Ni cuando me va bien ni cuando juego mal. Trato de estar con los pies en el piso. Tal vez hace un tiempo, cuando estaba medio verde, me ponía triste y quería mandar todo al carajo. Fue entre los 20 y los 25. Después me acomodé y me di cuenta de algunas cosas. Y me empecé a dedicar más a lo mío.

–¿Haber ido a jugar a Rusia fue un error?

–La gente piensa que estoy arrepentido y nada que ver. Si lo pudiera hacer, lo haría de nuevo. Sólo que esta vez elegiría bien a qué lugar ir. Fue una experiencia que me sirvió mucho y me ayudó a crecer un montón. Además estuve a dos puntos de ser campeón de Europa, no hay que ser ciego. Hay que analizar las cosas con detenimiento.

El crecimiento en la popularidad de Delfino, acaso el último gran talento que regaló el básquet argentino, atraviesa un período de ascenso furioso. Según un integrante del círculo íntimo de la selección, es el tercer jugador más querido por la gente detrás de Emanuel Ginóbili y Luis Scola. ¿Pero se está acercando peligrosamente a Luis, por el arrastre femenino? Lo cierto es que su ascenso social le ha valido, entre otras extrañas distinciones, la designación como embajador deportivo y turístico del país. “Siempre es lindo representar a la Argentina, pero esto es mucho más valioso. Lo tomo como un privilegio y espero estar a la altura de las circunstancias”, reflexiona. Y como él vive a un costado de las formalidades, se anima a recomendar tres lugares fundamentales para el turista: “La cancha de Unión de Santa Fe, el carnaval de Gualeguaychú y el Río Paraná para ir a pescar. Mis lugares favoritos. Fuera de broma, la Argentina es hermosa. Yo siempre estoy hablando de mi país. E intento convencer a mis compañeros de que vengan a pasar unos días. Algunos me han hecho caso, otros no. Acá hay de todo”.

–¿Cómo es un día tuyo en Milwaukee y cómo uno en Santa Fe?

–Bueno, no hay relación. Cuando estoy acá, trato de pasar el rato en mi casa, verme con amigos y ver a Unión. Allá, en cambio, de entrada ya me toca viajar mucho porque esa es la dinámica de la NBA.

–¿Qué tal la vida en hoteles?

–La odio, es más, hasta me llevo mi almohada cuando salimos de gira.

–¿Y la vida en la nieve?

–Sufro más el frío en Santa Fe que en Estados Unidos. Calculá que desde 2004, cuando me fui a Detroit, siempre viví con temperaturas bajas. De hecho Detroit debe haber sido la ciudad más cálida en la que estuve y todos los días hacía 15 grados bajo cero. Después, de ahí me fui a Toronto, donde tuve noches de menos 36 grados, luego Moscú, donde ni siquiera hace falta mencionar números, y ahora Milwaukee. Es lo que me toca.

–Ya sos un esquimal.

–(Se ríe). En lo deportivo no afecta en nada. Lo que pasa es que yo crecí en otro ambiente, con mosquitos y humedad. Uno tiene que aprender a convivir con el clima. La primera semana es hermosa la nieve; después la terminás odiando. Pero ya me acostumbré. La paso peor cuando vengo al país porque salgo con remera creyendo que acá no pasa nada y me termino enfermando, como me pasó hace un tiempito que tuve laringitis.

–¿Es cierto que querés ser corredor de autos cuando te retires?

–Sería un sueño. Siempre hablo con Prigioni (su compañero en la selección) de este tema. Él es el más fierrero del plantel. Tiene un taller en España. Ojalá algún día me pueda dar ese gusto y disfrutar la experiencia. Me gusta mirar Turismo Carretera, me gustan los autos viejos, creo que si algún día me mando, correría con un Dodge.

–¿Y con la pesca cómo te desenvolvés?

–Me desenchufo totalmente. Estoy sin celular, sin reloj, no leo diarios, nada. Es más, en mi lancha tengo un equipo de música y jamás lo prendemos. Estoy con los que quiero hablando de lo que quiero. O callado. Me da igual si pesco o no. O sea, si pesco un dorado de 18 kilos vuelvo chocho. Pero lo que más valoro es pasar un rato con mi grupo de amigos, que no son, necesariamente, de mi edad. Muchas veces viene mi viejo. Nos conocemos todos, es como una familia. Para mí es fundamental y me ayuda a olvidarme de todo. Salgo de mi mundo.

–Pero cuando no sacás nada de nada te debés indignar un poco.

–Y sí, a veces vuelvo caliente. Y agarro la escopeta y me voy a cazar. En ese aspecto, Santa Fe tiene múltiples alternativas.

–Viste que hay un mito de que los pescadores son muy mentirosos respecto de lo que pescan y vos tenés varios compañeros pescadores en el equipo. ¿Cuál es el más mentiroso?

–Acá en un momento, éramos muchos pescadores porque estaban Montecchia, Wolkowyski, Kammerichs, Quinteros... Pero el más mentiroso que yo he escuchado es Román González: le crecían los pescados de un año a otro. Insólito.

Carlos Delfino nunca deja de visitar su provincia. El año pasado realizó un Campus en el club que más ama, Unión. Allí, junto a otras estrellas del básquet, les dio a muchos niños fanáticos una muestra de todo lo que aprendió. Quiere seguir haciendo su trabajo solidario. Donó dinero para crear un centro médico y pretende seguir con sus clases, cada vez que sus compromisos le den respiro. Además debe cumplir con su rol de Embajador Deportivo de Santa Fe, galardón que se le otorgó en 2010. Delfino sigue jugando. No importa dónde. Es un eslabón más de este engranaje denominado Generación Dorada.”Todavía podemos dar mucho con este equipo. No es el final”, dice Delfino.

Daniel Jacubovich, para Revista Veintitrés
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