Competir en lo que sea, a como diese lugar

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

La esperanza de que unas nubes amigas entorpecieran la labor asesina del sol en esa siesta, pronto se desvaneció. El polideportivo municipal de General Alvear se asemejaba a un espejo hirviendo. Pequeños hilos de vapor, producto de un chaparrón tempranero, se elevaban por todas partes, dándole un toque dantesco al complejo público, inaugurado poco tiempo atrás.

La pileta estaba atestada de niños, era una jornada perfecta para disfrutar de los dos estanques de agua y la moderna (para aquel entonces) plataforma de cemento. Los pocos atrevidos que se encontraban en la cancha de básquet o en el campo, donde se hallaba la improvisada pista de atletismo, lo hacían obligados. Con ese insoportable calor, se disputaban algunos clasificatorios para los provinciales.


Serian las 14:30 de un sábado a fines de marzo del 79, cuando cuatro corredores se acercaron parsimoniosamente a la línea de largada. El moreno, que se ubicaba pegado a la línea interior, lucia atlético y espigado. A su derecha, otro, de rostro aindiado y con una remera azul que le llegaba al ombligo, imponía respeto, pero solo por la cara de pocas pulgas. Los dos restantes daban risa. Un gordo pelirrojo de no más de un metro cincuenta, que traspiraba a mares y un flaco patas de tero con una espesa ceja que le cruzaba la frente. Vestía una bermuda verde claro con dos metros de tela extra, que flameaba cual dos banderas.

El cejudo había preparado un espectáculo intimidatorio. Momentos antes de que el juez diera la orden, agarró un puñado de tierra (cercano a la línea de cal que marcaba la llegada) y le plantó una escupida. Luego lo apretó en el puño y lo golpeó varias veces contra su pecho, para arrojarlo después y pisarlo con furia de gallo en celo. La maniobra le causó a sus rivales más risa que miedo.

El ambiente tenso, la respiración contenida. Toda la esperanza apostada en esta última ficha, matar en la gloria o morir en el cruel anonimato. El esmirriado atleta buscaría el instante soñado, el que lo había desvelado por años.

Entonces, la densa tarde alvearense fue rasgada por el sonido de un disparo de salva…
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Algunas hechos, marcan, para bien o para mal, la existencia de una persona. Instantes impresos a fuego en la memoria, que van encaminando, sin que seamos concientes de ello, nuestras acciones en el diario vivir.

El relato que hoy les acerco, es sobre uno de esos momentos fundacionales. Tiene la particularidad de ser especial únicamente para mí. Es más, me arriesgo a apostar que nadie se acuerda ya de tan insignificante anécdota..

Nunca fui un dotado para los deportes, aunque íntimamente me creía con cualidades innatas para sobresalir. Mis grandes triunfos jugando a las figuritas, o los torneos que gané embocando el borrador en el guardatízas del pizarrón (desde el último banco), me dieron falsas expectativas. Eso si, para las estadísticas no había quien me superase. Loco por los números, llevaba registrados en distintos cuadernos los datos de cuanta disciplina me lo permitiese.

Las tardecitas jaimepratenses me encontraban enchufado a “Tiempo de deportes” por radio Río Atuel o al programa similar de Lv4. Los locutores y periodistas de esas radios, como Moreno Alcántara, Nelson Derra, Emilio Bielli, etc, etc, se incorporaron prácticamente a mi familia.

Los domingos de primaria, conectaba un grueso cable a la antena de la radio del Ami-ocho de mis viejos y me subía a la punta de un alto paraíso para improvisar un satélite casero. Única forma de captar con fidelidad a Rivadavia y los inolvidables nacionales, en las geniales voces de Muñoz y Sabatarelli.

Ya en la secundaria, cuando llegaban las esperadísimas olimpíadas de la Escuela de Agricultura, era el primero en sentarme, con mi infaltable libretita, en el tinglado de Alvear oeste y el último en irme. Por esos años llegué al extremo de seguir, dos o tres noches a la semana, el campeonato de básquet uruguayo por radio Oriental.

Era una forma de descargar mi frustración ante la imposibilidad de competir en algo que valiese la pena. Lo que menos se me podía reprochar era que no intentase, desesperadamente, jugar a algo.

A no ser por aquel memorable día (ver “El entierro del cuatro ojos"), en que la pelota se ensañó conmigo y me persiguió todo un cotejo, por varios años no volvería a formar como titular en agrupación alguna.

En 1977 me anoté en el equipo de básquet del Andes Futbol Club, dirigido por el negro Carmona. Por más de tres temporadas, en las categorías cadetes menores y cadetes mayores, entibié el banco, convirtiéndome en una especie de suplente perpetuo. Solo entraba a jugar cuando era la única e inevitable opción final. Si me mantuve tanto tiempo en la formación aquella, fue porque la esposa de Carmona era maestra en la escuela en la que mi mamá era directora.

En los albores de los ochenta, asistí a la final de los provinciales, que se disputaron en Mendoza, en el estadio mundialista Malvinas Argentinas. No se equivoquen, no fui a jugar a nada, sino como apoyo logístico y solitario hincha de la escuadra de fútbol de la ENET. Mi viaje lo consiguió la gran figura de la delegación, capitán y finalista también en salto en alto, mi amigazo “el tripa” Néstor Prieto. Le rogó hasta hartar al entrenador, el cual solo para sacárselo de encima exclamó:

—Bueno, que vaya. Al final necesitamos a alguien que pase el agua y nos cebe mate.

El negro Mansilla era un excelente técnico (trabajaba además en mi escuela) y lo demostraría por años dirigiendo a Colón de nuestra ciudad. Esa formación histórica de la Técnica prometía. Además del tripa, recuerdo a Iván Barón, al Dani Vega y al Marito Hidalgo. Perdimos en semifinales y mi amigo se consagró campeón provincial de salto en alto.

La experiencia fue linda, pero siempre mirando la fiesta desde fuera. Allí fue cuando me propuse seriamente que en el próximo torneo competiría, a como diera lugar, en lo que fuese.

El ochenta y uno tenia que ser mi año. Después de un concienzudo análisis y basado en la recomendación del cabezón Hernández, profesor de educación física de la ENET, me anoté en los dos mil metros llanos. Solo habría cuatro corredores en la prueba atlética y los dos primeros clasificarían directamente a las finales. Mis chances eran inmejorables y no pensaba desaprovecharlas.

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…Elaboró la táctica perfecta, dejaría que los otros se desgastasen, para atacarlos con todo en las dos vueltas finales. Eran cinco recorridos al ovalo y el flaco daba por descontado que el gordito sería presa fácil. El morocho atlético ganaría seguro, su titulo de subcampeón provincial del pasado año lo avalaba. Tenia bien claro que la lucha se entablaría con el pálido desconocido de la remera larga.

En el segundo giro ya iba último holgadamente, hasta el pelirrojo le sacaba unos quince metros.

—Dejemos que se confíen —pensó sonriendo mientras mantenía el raquítico tranco.

Al final de la tercera aceleró, empezando a correr como una verdadera chita. En los cien de la cuarta, rebasó al tanque como si estuviese parado. En un momento creyó que no alcanzaría al indiecito y se desesperó. Dio la curva de los trecientos, en la quinta vuelta, a mil por hora y entonces divisó a su rival, a solo cuatro metros de distancia. Apretó los dientes y sacando la última pizca de coraje, lo sobrepasó en la misma línea final.

Cayó arrodillado, sintiendo una explosión de emociones desbordándolo. ¡Segundo y a los provinciales!, no lo podía creer. Se abrazaba con cualquiera y dando gritos de alegría recorrió otra vuelta con los brazos elevados, como si de los juegos olímpicos se tratara.

La ilusión duró el tiempo que el juez se tomó en comunicarle que había sido descalificado.

—Cortó camino en la curva tercera del último giro —dijo como si nada, imperturbable.

Aun así y pese a todo, seguía contento. El estar tan cerca era casi tan satisfactorio como el haberlo logrado. O por lo menos eso quiso pensar el cejudo para no largarse a llorar como un bebé delante de todos.


Pd: Aquella siesta creí que ya no tendría otra oportunidad, pero al año siguiente, terminando la secundaria, formaría parte del equipo de básquet más enclenque (a priori) en la historia de la E.N.E.T de General Alvear.

Esa agrupación de “ineptos”, daría el batacazo y comandados por el chiqui Agüero, no solo ganaría el departamental, sino que combatiría a muerte, en una final inolvidable (por lo menos para mi), contra San Rafael.

Pero esa…esa es otra historia. Amanecerá y veremos...
 
Un abrazo desde Miami sanrafaelinos, se los quiere un montón.
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17 de octubre de 2017 | 18:26
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