El turista desprevenido

El turista desprevenido puede ser canadiense o brasileño. Puede vestir musculosa flúo con hawaianas al tono o aparentar un yuppie tardío. Puede ir con su pareja en un estado de enamoramiento de horas o con una ristra de sus amigos más selectos. Puede tener el pelo mota y aspecto atlético trabajado en Río de Janeiro o puede ser nórdico con deseos irrefrenables de hippie y hare krishna en simultáneo. Por Estanislao Pisco.

El turista desprevenido puede ser canadiense o brasileño. Puede vestir musculosa flúo con hawaianas al tono o aparentar un yuppie tardío. Puede ir con su pareja en un estado de enamoramiento de horas o con una ristra de sus amigos más selectos. Puede tener el pelo mota y aspecto atlético trabajado en Río de Janeiro o puede ser nórdico con deseos irrefrenables de hippie y hare krishna en simultáneo.

En cualquiera de esas instancias, camina despacio. Exasperadamente despacio. Inmoralmente despacio. Y habla al mismo ritmo. Constituye un serio inconveniente, un mortal obstáculo, para los mendocinos a los cuales ya nos cierra  el banco. Representa el más exquisito estímulo para incurrir en el recuerdo de su madre, de su padre y de todos sus, seguramente, queridísimos parientes. En todos los idiomas conocidos y en todos los idiomas por conocer. De arriba a abajo. De lado a lado. Sin mediar pausas.

Ni hablar cuando llevamos nuestros hijos al colegio, con un margen de cinco minutos entre que estacionamos el auto, cruzamos la plaza, paramos en la esquina hasta que el semáforo nos dé permiso para pasar, y la ansiada puerta del establecimiento educativo.

Y  éste noble muchacho se nos cruza en el camino. Con su pachorra despreocupada. Con su paso fatalmente desprovisto de aceleración. Ocupando a su placer y gusto todo el ancho de la vereda. Comiendo su regia porción de cereales y sin ganas de llegar a ningún lado.

Nunca se percata de nuestra agitación. De nuestro jadeo entre preocupado y a punto de dinamitar un edificio. Él sigue. Inmutable, testarudo, impertérrito.

Miramos el reloj. Faltan apenas dos minutos para que cierre el colegio del nene. Suena el celular. Imprudente, descariñada, inoportunamente. Nuestro niño camina con el mismo ritmo con el que Riquelme habla.  De lo más recóndito de nuestra alma,  queremos mandar al turista, de una patada, a su país de origen. Algo nos contiene. Y optamos por el diálogo.

-Disculpe, buen hombre. Entiendo su situación de relax, su ánimo de mimetizarse con el paisaje. No quiero que lo tome a mal, que se lleve una fea impresión de los argentinos, pero…¿En su país nunca tienen apuro?

Y él, mirándonos con esa paz de budista zen que lo acompaña desde que lo vimos, contesta:

-No sé. Yo vivo acá, en calle Colón.
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