Besos: vida, muerte, amor ahí quedan

Tres fotos, tres momentos de la historia y tres besos que son el mismo beso: el de la celebración silenciosa, del encuentro profundo y fugaz entre dos jóvenes que se besan mientras una multitud en el fondo batalla contra una guerra, una huelga o un sistema que no funciona como debería.

Toma de Alfred Eisenstadt (1945).

Eros y Tánatos. Entre ellos se han distribuido a la humanidad, y pareciera que, desde tiempos inmemoriales, ha sido el segundo quien ha llevado más agua para su molino.

Pero el aparente derrotado se las ingenia como para reponerse, y en eso nos vamos a detener ahora.

En la primera mitad del siglo XX, allá por la segunda década, hubo una declaración surrealista (la del 27 de enero de 1925) que adelantaba que, si era necesario, recurrirían a “martillos materiales” para liberar ese “grito del espíritu que se vuelve sobre sí”.

Por entonces, la desconfianza en el progreso permanente que llevaría a la felicidad a la gente empezaba a acrecentarse, y eran los surrealistas unos de los que comenzaban a llamar la atención sobre esto.

Por la misma época, el gran, el enorme Antonin Artaud escribió el gran, el enorme A Pierre Loëb, un poema que comienza diciendo: “El tiempo en que el hombre era un árbol sin órganos ni función, pero de voluntad y árbol de voluntad que marcha, volverá”.

Eran tiempos agitados, en los que las predicciones (no emanadas de la observación de astros, sino de lo que sucedía alrededor) se hicieron reales, y llegó después la Segunda Guerra Mundial, que terminó de defraudar a toda una civilización que había puesto sus esperanzas en un adelante que se proclamaba rosado pero terminó siendo rojo sangre.

Al concluir la guerra, en el regreso a Estados Unidos de las tropas, se tomó la primera foto de un beso que recorrería el mundo. La toma pertenece a Alfred Eisenstadt y fue hecha en 1945 en las calles de Nueva York. En ella, un soldado besa efusivamente a una enfermera salida del gentío que recibe a los victoriosos soldados.

La foto es, a todas luces, una propaganda del gobierno estadounidense, en la que no sólo se representa el agradecimiento que el mundo debe tener a los soldados y al fiel EEUU que se jugó a meterse en una guerra que no le pertenecía y de esa manera el mundo pudo volver a ser un lugar tranquilo para vivir (a quien no lea la ironía de este párrafo iré personalmente a patearle ese lugar tan querido), sino que encarna también los espacios que a cada género le corresponden en la defensa de ese estilo de vida democrático. Porque el hombre es el soldado y la mujer es la enfermera. Cada uno en su lugar, y máxime si son carne de cañón.

Pero en 1950 apareció la segunda foto de un beso que impresionaría a los más. En la Francia de la reconstrucción, en la de la ocupación nazi, Robert Doisneau captaba El beso, una toma en la que un hombre y una mujer se besan en el medio de una vereda, mientras la gente pasa a su lado, entre sorprendida y no tanto, entre indiferente y no tanto.

La historia contada por Doisneau decía que él estaba sentado en un café de París y, apenas vio a escena, su alma de fotógrafo lo llevó a disparar su cámara, de ahí la espalda y la nuca de un distraído hombre sentado justo delante de Doisneau.

Esta versión, la relatada por el fotógrafo, llegaría a su fin hace pocos años, cuando una pareja quiso ser indemnizada asegurando que eran ellos los personajes anónimos que se besaban en la foto, tema que llegó a los tribunales y del que Doisneau se liberó revelando que la foto no había sido tan casual, sino que él había contratado a dos jóvenes para que pasaran por allí y se besaran justo delante de él.

Esta revelación no le quita mérito a El beso, porque esta fotografía vino a representar el resurgimiento de Eros en la vida cotidiana de Occidente, que había sucumbido ante el poder bélico de la tecnología que lo iba a salvar, había vivido los campos de concentración y las bombas atómicas, había sido invadido, en fin, por Tánatos.

"El beso", de Robert Doisneau (1950).

Tomémonos un descanso y, como de besos se trata, va una invitación a leer La boca, de ese otro gigante que fue Miguel Hernández, quien también fue vencido por los siervos de Tánatos:
   
La boca

Boca que arrastra mi boca: 

boca que me has arrastrado: 

boca que vienes de lejos 

a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches 

un resplandor rojo y blanco. 

Boca poblada de bocas: 

pájaro lleno de pájaros. 

Canción que vuelve las alas 

hacia arriba y hacia abajo. 

Muerte reducida a besos, 

a sed de morir despacio, 

das a la grama sangrante 

dos fúlgidos aletazos. 

El labio de arriba el cielo 

y la tierra el otro labio.

Beso que rueda en la sombra: 

beso que viene rodando 

desde el primer cementerio 

hasta los últimos astros. 

Astro que tiene tu boca 

enmudecido y cerrado 

hasta que un roce celeste 

hace que vibren sus párpados.

Beso que va a un porvenir 

de muchachas y muchachos, 

que no dejarán desiertos 

ni las calles ni los campos.

¡Cuánta boca enterrada, 

sin boca, desenterramos!

Bebo en tu boca por ellos, 

brindo en tu boca por tantos 

que cayeron sobre el vino 

de los amorosos vasos. 

Hoy son recuerdos, recuerdos, 

besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida, 

oigo rumores de espacios, 

y el infinito parece 

que sobre mí se ha volcado.

He de volverte a besar, 

he de volver, hundo, caigo, 

mientras descienden los siglos 

hacia los hondos barrancos 

como una febril nevada 

de besos y enamorados.

Boca que desenterraste 

el amanecer más claro 

con tu lengua. Tres palabras, 

tres fuegos has heredado: 

vida, muerte, amor. Ahí quedan 

escritos sobre tus labios.

Ella y él, en medio del beso

La cosa es que después de El beso de Doisneau vinieron la Primavera de Praga, el asesinato de Marthin Luther King y el de Kennedy, el Mayo Francés y los hippies, además de los punk, y las revoluciones, y las dictaduras en Sudamérica y la favelas y las villas miserias y el Apartheid, el Plan Cóndor, el hombre deteniendo los tanques en la plaza Tiananmen (Wang Weilin sería su nombre) y los ambientalistas evitando el talado de bosques, y miles, miles de situaciones más en las que la muerte estuvo presente de mil maneras.

El beso chileno.

Y así nos encontramos con este agosto chileno, desde donde nos llegan las imágenes de un sistema sociopolítico-económico que pretende ser vendido como ejemplar y que empieza a hacer agua por todos lados, porque los estudiantes reclaman igualdad, y los obreros se pliegan a ellos, y así llenan avenidas, pese a la represión de una organizada máquina de violencia, la de los carabineros y la de un Estado neocapitalista que ni siquiera pudo liberarse de sus vicios y sus modos con la presencia en sus ministerios de socialistas que, a todas luces, no resultaron más que timoratos políticos.

Y de ese Chile embravecido arriban decenas de miles de fotografías, llenan las agencias de noticias y, consecuentemente, las páginas de papel o virtuales de diarios y revistas. Y entre tanta euforia juvenil y violencia estatal, aparece una anónima foto (sólo atribuida a una agencia noticiosa, por lo que sería bueno que trascendiera el nombre del verdadero autor o autora) en la que dos jóvenes se besan mientras una multitud se congrega como fondo.

En ese beso hay una celebración, la alegría por la pequeña hendija que el movimiento universitario pudo abrir en el sistema chileno. En el fondo, las banderas tricolores se agitan, las pancartas se elevan, y los árboles sin hojas del invierno del sur le agregan un extraño opacamiento a una imagen en la que, a pesar de la primacía del negro, o quizá justamente por eso, los colores son muy fuertes.

Y ahí está la pareja, en primer plano, pero con un detalle más que la hace única y, a la vez, millones. Ella y él, en medio del beso, están fuera de foco. Se ven claros los rostros allá abajo, o justo detrás de ellos, pero los de ellos, no. Y esto le da un aire de fantasmagoría a la pareja, un aire a espectro, un aire a entes que no pertenecen a un tiempo ni a un lugar. Y deja rodando la idea de que es nuevamente Eros manifestándose.

La humanidad está muy lejos de la igualdad y de la concreción de un sistema en el que cada quien pueda ser porque es con el otro, pero algo siempre se mueve, algo sigue empujando, y desde Chile nos llegan imágenes de una pizca de ese árbol de voluntad que marcha, tal vez con martillos materiales.

Vida, muerte, amor ahí quedan, escritas sobre sus labios.

Alejandro Frias

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