Vigilia, el estigma del bosque viejo

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

—Como ignorarlo, como pretender que no está. Como seguir adelante, arrastrando una historia tan elocuente, tan lapidaria —pensaba compungida Amanda Iturrieta, buscando en el horizonte alguna imagen positiva que aligerara la depresión que la embargaba.

En los pasados veinticinco años, mal que mal lo había logrado. Por momentos llegó a convencerse que nunca le sucedería.
—Cincuenta y cincuenta —le dijo la primera vez el especialista, como si de jugar a la ruleta rusa se tratase.

Un carpintero, de una especie rarísima, a la cual Amanda había visto solo dos veces, asomó la cabeza por el hueco del olmo seco. Tiempo atrás, hubiese corrido a buscar la cámara fotográfica. Ahora, toda imagen la anclaba, invariablemente, al mismo tema.

¿Acaso esa pintoresca ave la sobreviviría? ¿será que el centenario árbol muerto seguiría de pie tras su partida?, se preguntaba la mujer en un ritual tortuoso.

—No soluciona nada con preocuparse —la alentó el doctor.— Mire sino a su hermana, casi sesenta años y fuerte como un roble.

Difícil no inquietarse, cuando su querido viejo, dos tíos y uno de sus tres hermanos, no llegaron a coronar las cinco décadas y media.


El poblado vasco se desparramaba salpicando las laderas del cerro. Un centenar de morrudos bosquevejanos recorrían las empinadas calles aquella tardecita primaveral. Desde la vivienda de los Iturrieta, ubicada en la misma punta de la verde montaña, se observaba una hermosa panorámica de Bosque Viejo. La cuadrada residencia, rematada por cuatro pequeñas torres y con un fresco patio interno, estaba allí desde tiempos inmemoriales. Por lo menos para la mente de Amanda.

Tres meses atrás, días después de la muerte de Santiago, su hermano mayor, regresó al lugar donde transcurrió su niñez y adolescencia. Buscaba desesperadamente aferrarse a algo que diera sentido y cause a su vida. Cuando en 1971 abandonó su pueblo natal, para irse a estudiar periodismo en Navarra, no deseó, ni imaginó remotamente, que sus días terminarían en la casona de sus tatarabuelos.
Trabajó por diecinueve años en el diario más prestigioso de España. Sus incisivos reportajes semanales en El País, trascendieron fronteras, alcanzando reconocimiento internacional. En ellos desnudaba, sin tapujos, a una clase política- financiera impunemente corrupta.
 
—A veces creo que te tomas demasiado en serio el rol de paladín justiciero, —le recriminaba a menudo Unai, el novio de toda su vida.

Se forjó reputación de periodista insobornable, hurgando en temas hasta entonces tabúes. No le alcanzaban los dedos de sus extremidades para contar las amenazas de muerte que había recibido. Muy a menudo resultaba temeraria en sus acciones, como si ni las parcas pudieran amedrentarlas, como si el péndulo maldito que se balanceaba sobre ella, hubiera secado por completo su adrenalina.

El fallecimiento del mayor de los Iturrieta rompió el dique que contuvo por más de dos décadas las gelidas aguas del miedo. Otra vez era intensamente consiente del mal que los aquejaba. Mal que, cuando Amanda cursaba el tercer año en la universidad, se cargó a su amado padre, justo un día antes de celebrar sus cincuenta y dos otoños. Una dolorosa pérdida no asimilada hasta el presente.
 
En un intento por zarandear sus confusos (y deprimentes) pensamientos, convenció a Unai para invertir los ahorros compartidos en una bonita casa a orillas del mediterráneo, cuyo jardín la cautivó desde el primer vistazo. Se fueron a vivir allí a mediados del 2009. Alejada del vertiginoso traqueteo de la capital, logró unos primeros meses de relax y provechosa meditación. Comenzó a realizar traducciones del ingles al vasco para matar el tiempo y aportar algo al hogar. Mientras tanto Unai seguía vendiendo seguros de autos y tratando de convencerla para que adoptasen un bebe. Cuando parecía asegurada su estabilidad emocional y los días discurrían mansos, un documental de tv trituró la ilusión.

El estigma de Bosque Viejo se emitió por un canal público, la segunda semana de febrero y retrató la terrible realidad de las familias afectadas por el mal. Su novio trabajaba y ella no solo lo observó en directo, sino que lo grabó y lo vio varias veces, torturándose con las imágenes del pueblo y su gente. El tema del odiado gen se había instalado en su mente con más virulencia que nunca.

En cuestión de días la relación sentimental se destrozó simultáneamente con el aumento de su obsesión. Un brumoso amanecer de abril, despertó sola, con los ojos derretidos en lágrimas.

Suicídate cuando quieras, hasta aquí llego yo, mi amor —le dijo Unai una noche antes y segundos después estremeció la casa de un portazo.

Otro pájaro carpintero, un poco más grande y con el copete gris en vez de rojo, llegó revoloteando ruidosamente y se unió a su pareja que buscaba insectos picoteando la parte inferior del hueco. Al verlo, el primero salió a su encuentro y le dio dos o tres vueltitas a su alrededor, trinando alegremente. Se frotaron las plumas pecho contra pecho y entonces uno de ellos pasó su pico suavemente sobre la cabeza del otro. Chompi el gato amarillo y blanco de Amanda los miraba con lujuria mientras se aprestaba a subir sigilosamente al árbol.

Un impulso nuevo, desconocido, la obligó a levantarse y a los tropezones espantó al felino, para luego buscar la cámara guardada en el cajón de la cómoda de su dormitorio. No les tiró una, sino veinte fotos. Sintió como si aquellos animalitos le hubiesen arrojado una bofetada de ternura, de amor, de fe en la vida. Si dos criaturas que tendrían, cuando mucho, tres o cuatro primaveras más de existencia, disfrutaban de una manera tan plena, sin desvelarse por los peligros que acechaban, ¿por qué tenía que ser ella tan retorcidamente complicada?

Allí decidió que lucharía, que no iba a dejarse morir fácilmente. Si ni siquiera sabía con certeza si poseía el gen del IFL. Nunca había tenido el valor para hacerse un estudio genético.

Amanda poseía la rara “distinción” de pertenecer a uno de los cuarenta grupos familiares de todo el mundo portadores del Insomnio Familiar Letal (el IFL es una rara enfermedad, recién diagnosticada a finales de los ochenta) Quince de esas familias habitan en el país vasco, de ellas cuatro lo hacen en Bosque Viejo, el pueblo que nunca duerme, como escribió un gracioso en el cartel que da la bienvenida al caserío

—Es una afección complicada, única en su tipo, —le dijo el doctor con pena. Espantosa es la palabra justa, pensó Amanda en aquel momento.
Le explicaron que ciertas proteínas malformadas atacan al tálamo, en el cerebro profundo y que un tálamo dañado interfiere en el proceso del sueño. Sin embargo nadie pudo explicarle porque sucedía esto. En algo si estaban de acuerdos los estudiosos del asunto, era una enfermedad irreversible, sin cura. No le interesó averiguar más, para qué si de nada servía. Ahora que estaba en la casona, se regodeó preguntándole a su madre sobre los síntomas que habían afectado a su padre durante los ocho meses de insomnio.

Al principio la anciana se explayó sobre las particularidades del proceso degenerativo. Detallándole las jaquecas del comienzo y las alucinaciones cada vez más complejas. Le contó como progresivamente su marido fue perdiendo la noción del tiempo y el espacio.

—Se inició sin previo aviso. La siesta se acortó hasta desaparecer. Una noche durmió una hora menos, a la otra una y media y así progresivamente. Una semana después durmió los últimos quince minutos de su vida. Casi inmediatamente comenzó sus conversaciones con seres imaginarios. Había días en que estaba contento y hablaba hasta por los codos y en otros era un anima en pena vagando por la casa con los ojos rojos y abiertos como dos huevos fritos, —le contó una tarde, como un mes atrás, afligida su mama.

Con el correr del tiempo y ante el compulsivo interrogatorio de su hija (a veces también la indagaba sobre los días finales de su hermano mayor), la dueña de casa optó por no volver a tocar el espinoso tema.

Esa tarde Amanda decidió que le daba lo mismo si eran dos o cuarenta años los que le quedaban de vida, los disfrutaría a todo vapor. Como lo había venido haciendo hasta la desaparición de Santiago. Vendería el departamento y regresaría a trabajar a El Pais, donde seguro que aún la estarian esperando. Tenía que hablar con Unai, suplicarle perdón, rogarle por una última chance. Si hasta estaba dispuesta a adoptar ese niño que él tanto quería.

Se dio una ducha con agua fría que le calmó momentaneamente el dolor de cabeza que la acompañaba desde días atrás, luego cerró las cortinas del living recostándose en el sillón. Entornó los parpados, le ardían los ojos, se sentía agitada. Trató de relajarse, de descansar, pero estaba demasiado excitada para ello. De un salto se incorporó, marcando con desesperación el número del celular de Unai. No hubo respuesta, dejó entonces un mensaje implorándole que viniera a visitarla urgente.

Con dificultad, agarrándose con fuerza del pasamano ascendió la escalera y ya en su pieza tiró el bolso sobre la cama y empezó a rellenarlo. Con o sin Unai, regresaría a Madrid después del fin de semana. Descolgaba unas camisas del placar, cuando vio en el espejo el cd con el documental. Con rabia lo agarró, rompiéndolo en diez pedazos. Un fresco sensación de alivio oxigenó su cuerpo.

Esa noche compartió con su madre una deliciosa sopa de lentejas. La sobremesa fue larga y charlada, se propuso no sacar a luz el asunto del IFL y para su beneplácito, lo logró sin problemas. En un momento tuvo un ataque de ternura y llenó de besos la cara de la sorprendida anciana.

Eran las once y treinta, la luna llena se deleitaba pincelando al cerro y su pueblo de matices plateados. Una docena de veces repicó la campana y los ecos se acoplaron al sonido del timbre. Reaccionó a la voz de su novio como un resorte, bajando a los tropezones, con el cuore anudado a la garganta. Charlaron por horas, elaborando planes, bosquejando dulces utopías y como a las cuatro y cuarto hicieron el amor, con un gozo que Amanda no recordaba haber sentido nunca. Con los primeros rayos de sol Amanda despidió a Unai y terminó de armar el bolso. Aun tenía dos horas antes de que abrieran la agencia de venta de tickets aéreos. Quería comprarlo ya, no fuese a ser que se agotasen. Estaba radiante de felicidad, jamás pensó que podría solucionar las cosas tan fácil y tan rápido.

—Todo va a salir perfecto, no te preocupes peluchón, —se dijo mirando su reflejo en el espejo del botiquín del baño. A menudo, cuando necesitaba darse ánimo, usaba el sobrenombre que su papá le puso de niña. Lavó su rostro y tomó de un sorbo un puñado de aspirinas. El dolor en la base de la nuca habia retornado con más intensidad, obligándola a cada tanto a cerrar los ojos y apretar los dientes para atenuar las punzadas.

A las siete y diez sus pies palparon la vereda y comenzó el descenso por la empinada callejuela, no sin antes revisar el buzón dorado ubicado sobre la casucha del perro. Una carta de Unai acaparó su atención, la abrió con ansiedad, leyéndola en voz alta. Le comunicaba su viaje a Marruecos y la intención de quedarse a vivir en África. Quería poner distancia, alejarse de tan traumática relación. Le deseaba suerte, esperando que algún día pudiese superar su destructiva obsesión. Amanda destrozó la hoja y sonrió dichosa. Después de la inolvidable jornada nocturna, esa tonta esquela carecía de sentido. Unai le había prometido acompañarla en la nueva vida y ella había jurado no volver a mencionarle jamás la nefasta enfermedad. Es más, pensó aliviada, allí está mi amorzote esperándome unos metros más abajo..

Lo saludó impetuosamente, abanicando las dos manos mientras corria a su encuentro. Sintió el cuerpo ágil, liviano, sin una pisca de cansancio, pese a no haber dormido ni un segundo en las noches pasadas. El viento despeinaba su cabellera, pegando el camisón al esquelético cuerpo y secando unos enrojecidos ojos que abiertos, como un par de huevos fritos, miraban el fondo vacío de la calle.

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Gracias por seguir mis historias amigos del sur mendocino. Se viene El quijote verde por radio, los domingos de 22 a 24, luego les doy más precisiones. Un abrazo y hasta el proximo encuentro.

Amanecerá y veremos San Rafael. Desde la Miami, en el imperio que se desmorona, los saluda W.G.G.
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