Palabras para ella

El posible cierre de la porteña confitería Richmond, bajo la mirada de los poetas Carlos Skliar y Luis Benítez. Ofrecemos la visión, en exclusiva para MDZ, de dos porteños que se resisten al cierre de ese emblemático lugar de encuentro, charlas memorables y placeres intangibles.

Paradójicamente, el mismo año en que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es declarada Capital Internacional del Libro, uno de los sitios históricos de reunión de escritores (poetas, narradores, dramaturgos, ensayistas y que siga el conteo), la confitería Richmond, está a punto de ser cerrada.

Los empleados de la confitería han tomado el local para resistir, la empresa Nike (que alquilaría el local –¿dónde escuché eso de alpargatas sí, libros no?–) se aparta de las responsabilidades, la Legislatura porteña declaró patrimonio cultural el edificio.

Buenos Aires vive un momento similar al de muchas otras ciudades, especialmente del tercer mundo (no hemos salido de ahí, tampoco es cuestión de que creamos que volvimos al primero): la industria sin chimeneas llena de hollín el ambiente y reduce la visibilidad histórica, cultural y demás, todo en pro (¡up!, apareció la palabrita) de un desarrollo económico basado en servicios dolarizados y/o eurizados.

Ofrecemos a continuación la visión exclusiva para MDZ de dos poetas porteños que se resisten, como tantos, al cierre de esa confitería emblemática.

Dónde reclamar la devolución de los secretos, por Carlos Skliar

La confitería Richmond cierra, cerró, se está cerrando. Cerrarse es mal presagio, porque, como la muerte, la cerrazón también es contagiosa. Debería decir: si por la Richmond fuera, se hubiera quedado todo el tiempo allí, pero algo, alguien, la cierra, la cerró, la está cerrando.

Ya sabemos que el “progreso” no es buena compañía. En nombre del “progreso” se cerró la boca de mucha gente, se cerraron pueblos enteros, se olvida uno todo, se destruyen a diario la tierra que pisamos, el aire que sembramos de deseos y el cielo que miramos. El cartel dice: “Cerrado por reformas”.

Pregunto: ¿dónde habrá que reclamar la devolución de los secretos y las confidencias y los secretos de las conversaciones que allí tuvimos?

Una tienda de ropa de primera marca, ya se sabe, ocupará el lugar. Las tiendas de moda suelen ser sepulcros de conversaciones sensibles. Donde hubo fuego quedarán zapatillas cocidas por niños y niñas esclavas. Pero de eso, allí, no se hablará.

Habrá que doblar la esquina, entrar a otro bar e iniciar el nuevo derrotero de la memoria. La Richmond. O todavía no. Porque si pronunciamos bien la frase en su gerundio (“la Richmond está cerrando”) hay todavía muchísimo tiempo presente para abrazarla, para no quitarse de su frente, para acompañar a los mozos en su tristeza y esperanza infinitas. Y para imaginar otra idea de “progreso”.


Sitio de tradicional encuentro de personalidades notabilísimas, por Luis Benítez

El cierre de la legendaria confitería Richmond, de Florida casi esquina Corrientes, es otra demostración del descuido con el que trata la Ciudad de Buenos Aires a sus edificios y solares históricos.

En Buenos Aires hemos perdido buena parte de nuestro pasado gracias a la desidia y la falta de interés de sucesivas gestiones municipales, pese al esfuerzo de los ciudadanos por preservar estos monumentos y lugares que son, definitivamente, irremplazables.

En el caso específico de la Richmond, que abrió sus puertas en 1917, recordemos que fue un sitio de tradicional encuentro de personalidades notabilísimas, como Horacio Quiroga, Eva Méndez, Samuel Glusberg, Eduardo Mallea, Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga o Ricardo Güiraldes.

Yo me reunía en su salón, de tanto en tanto,  con Leónidas Lamborghini, que tenía un especial afecto por sus muebles de estilo Chesterfield y el té de Ceilán que allí servían. También paraba allí Mario Benedetti. Recordemos que era el meeting point (¡!), como se dice ahora, del Grupo de Florida, que integraban, además de los ya citados Borges y Güiraldes, Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo, Leopoldo Marechal y Eduardo González Lanuza, entre otros.

Que ahora se pretenda convertirla en un local de venta de zapatillas, sin embargo, no debería de extrañarnos: el utilitarismo y la falta de voluntad política se llevan de la mano para convertir a Buenos Aires en una ciudad sin personalidad, impostada para el turista, una ciudad donde, a falta de los auténticos testimonios de su pasado, se fabricarán escenarios y se alzarán decorados que los extranjeros tomarán por verdaderos.

Alejandro Frias

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9 de Diciembre de 2016|05:28
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