Jaime Prats, treinta y tres años después

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

Había trabajado hasta pasada la medianoche en la fábrica de conservas de Jaime Prats. Una carga de tomates al natural que salía a primera hora rumbo a Buenos Aires así lo ameritaba.

Aquel verano del 68 estaba entre los más calurosos de la historia. Aun a esa hora, el mercurio se encaramaba por sobre la marca de los treinta grados. Ni una brizna de viento suavizaba la pesadez del ambiente. El joven, apenas traspasado el portón del edificio central, se bajó el overol hasta la mitad, anudándose las mangas en la cintura. Hubiese sido más conveniente cambiarse la ropa, pero a diferencia de los demás trabajadores, a él le disgustaba andar acarreando un bolso. Tuvo que bordear una montaña de cajones de madera para alcanzar la base del tanque de agua, en donde encadenada a un caño había dejado su vieja bicicleta.

El rumor del agua, mezclado con un concierto de grillos y chicharras, se iba acrecentando a medida que se acercaba al camino. Este bordeaba el canal matriz y lo llevaría en unos minutos a la intersección con la Línea de los Palos. Todo era oscuridad, alumbraban más las estrellas que el delgado filo de la luna en cuarto menguante. Bendijo a la calle recién enripiada, si a la poca luz le hubiese sumado los posos y cascotes sueltos, el trayecto le habría insumido por lo menos media hora.

Comenzó a tararear una milonga campera. Cada tanto soltaba el manubrio y elevaba sus manos aplaudiendo. Estaba feliz, dos días libres lo esperaban…y que días. El sábado a la noche seria el gran baile en Alvear Oeste y por primera vez iría acompañado. La menor de los Salinas le regaló el si después de meses de insistencia. Por otra parte, el domingo en cancha del Deportivo Los Sifones se jugaría el clásico distrital y él era capitán y goleador del Club Social y Deportivo Jaime Prats.

Armando Olegario Agüero a sus diecisiete octubres empezaba a sentirse confortable con la vida. En gran parte se debía a la satisfacción de poder ayudar económicamente a su madre. Desde que su despreciable padre desapareció de la faz de la tierra, abandonándolos siete años atrás, la pobre se había tirado sobre el lomo la crianza de sus cuatro hijos.


Unas ganas terribles de orinar lo obligaron a apoyar la bicicleta contra un sauce a unos doscientos metros de la esquina de los Montoya. Cruzó el canal por una toma y del otro lado de la alameda se abrió la bragueta del mameluco. Al alzar la mirada, descubrió un disco con luces intermitentes de un rojo vivo. Se hallaba suspendido sobre la hilera de eucaliptos al final de una plantación de pimientos recién cosechados. Terminó de aligerar la carga de su vejiga y se quedó unos minutos observando. Esa cosa se veía de un tamaño considerable y no emitía sonido alguno. Lo extraño era que no sentía miedo, únicamente curiosidad . Tiempo después solo recordaría que dio un par de pasos en dirección al objeto y perdió el conocimiento.

Lo primero que observó al despertarse fue la luna llena que regaba de blanco el paisaje. Se sentó con dificultad, sintiendo que el corazón se le descompasaba y palpó sus brazos y su torso. Estaba más flaco y más velludo. Todo parecía fuera de lugar. El pimental sobre el cual se desmayó era un tupido alfalfar y los eucaliptos se habían convertido en tamarindos. Espantado retrocedió hasta el canal, ni siquiera la toma se encontraba allí. Por lo menos no tenia agua y la pudo traspasar sin dificultad. Buscó infructuosamente la bicicleta, no encontró ni las huellas. Luego de subir a la calle, ahora asfaltada, corrió despavorido, como si el mismo diablo le pisara los pasos.

Un sudor frio mojaba su rostro, entró a la Línea de los Palos como un zumbido, su mente le exigía que se detuviese pero el corazón apretaba el acelerador. Había caído en cuenta que la ropa que llevaba no era la de la fábrica y que la mayoria de las casas de la zona tenían luz eléctrica. Un auto le tocó bocina obligándolo a moverse a un costado. Se quedó pasmado mirando el vehículo. Era un Renault, lo identificó por el rombo, aunque no tenía ni idea que modelo más raro era aquel. El solo conocía el 4L y el gordini y este se veía súper moderno, casi espacial pensó Armando.

Cuando por fin llegó a su finca, estaba amaneciendo. No se sorprendió porque la tranquera fuese más grande y de otro color, ni por los olivos que ocupaban el lugar de los membrillos. Al menos los aromos, los robles y los olmos seguían bordeando el camino de ingreso. La casa estaba casi igual, a excepción del gris pálido que suplantaba al amarillo y unas cortinas que le parecieron horrendas. Sobre una explanada de hormigón, construida al costado, se hallaba una hermosa camioneta de una marca desconocida para él, Toyota. El galpón del fondo ya no existía. En su lugar un perro, con la cabeza apenas saliendo de su casucha, le ladraba desaforadamente.

Nunca padeció tanto miedo ni tanta ansiedad como en el instante en que abrían la puerta de enfrente y alguien salía.

—¿Mamita? —preguntó Armando conmocionado.

Había alcanzado a reconocer en la canosa anciana septuagenaria, los rasgos de la persona a la que más quería. Terminó de petrificarlo el calendario que divisó detrás , pegado en la puerta cerrada del comedor. Un reluciente almanaque del año 2011.

Juana Agüero abrazó a su hijo y lo besó emocionada. Las lágrimas surcaban las arrugas de su cara. En su expresión no había sorpresa ni temor, solo infinita alegría. Era como si el verlo allí, treinta y tres años después, fuera la cosa más normal del mundo, pensó el muchacho. Era como si…

—Te estábamos esperando Armandito. Sabíamos que llegarías, —dijo la anciana acariciando su cabeza.

Pero la sorpresa mayor aun no le había sido develada. Armando oyó pasos que se acercaban por detrás de la mujer. Iluminada por el farol de entrada, la figura de su padre se recortó nítida bajo el umbral de la puerta. El impacto fue brutal, demasiadas emociones en tan corto tiempo. Joaquín Evaristo Agüero estaba frente a él, como si nada, con los mismos veintiocho que tenía en el sesenta, cuando los abandonó.

El hombre avanzó un metro e intentó tocarlo. El joven lo esquivó espantado y ya extenuado, sin poder mantenerse en pie, cayó abrazándose a las piernas de su madre. Un destemplado sollozo ahogó su garganta. Unos segundos después, Joaquín lo tomó de los hombros ayudándolo a incorporarse y lo aprisionó en un abrazo del que ya no pudo, ni quiso escapar. Se abandonó en ese apretón tantas noches soñado, escuchando la voz tranquilizadora que lo arrullaba.

—No pasa nada mi niño, todo va a ir bien. Hay tantas cosas que ahora no entendes. Vamos adentro y te tomas un boldo para que te calme un poco, —agregó mientras hacía señas a su esposa para que pusiera a calentar agua.

Antes de entrar, con cara de total desconcierto, Armando miró a sus progenitores e inquirió entrecortadamente: —No comprendo nada ¿Qué carajos está pasando acá?

Obviando el armario de caoba marrón y los cuernos de carnero donde se colgaban los abrigos, el joven no reconoció las cosas que amoblaban el interior de su casa. Pasaron al living y se acomodaron en unos sillones de cuerina negra. Había un aparato con una gran pantalla adherido a la esquina de la pared. Se imaginó que era un televisor, aunque no podía concebir que fuera tan chato y sin perillas. El equipo de música con sus pequeños discos plateados (pese a que su madre le contó que tenía varios años) también lo impresionó. Todo lucia como de ciencia ficción, como en esas historietas sobre el futuro que sabía leer en El Tony o el Fantasía.

—Tu padre regresó dos meses atrás. Casi me muero de un infarto cuando lo vi aparecer aquella madrugada, —le dijo su madre a la vez que le echaba dos cucharaditas de azúcar al té.

—¿Regresaste? ¿De dónde? —preguntó Armando, mirando a Joaquín sin entender de lo que estaban hablando.

—Te juro que entiendo lo que sentís. Durante la primera semana después de mi regreso yo tampoco me acordaba de nada. Me hallaba totalmente desorientado. Me costó horrores convencer a tu madre y a tus hermanas de que era yo. Dos veces estuvieron a punto de entregarme a la policía. Sin duda me ayudó el hecho de que por esos días comenzaron a aparecer otros adelantados en distintas partes del mundo. Por suerte hijo mío, vos tenes a alguien que te ayude en estos primeros días.

El hombre se levantó y agarró una manzana Gran Smith de una canasta ubicada en el centro de la mesa. Le pegó un mordisco y mientras se limpiaba con la mano unas gotas de jugo, prosiguió el relato.

—Como al octavo día comencé a recordar…eran como flashes que me asaltaban por las noches. Imágenes de una vida en otro planeta…

El muchacho lo cortó en seco y se incorporó de un salto meneando la cabeza.

—Estás loco de remate ¿No me digas mamá que vos también le crees esta sarta de estupideces?

La anciana lo miró con suma ternura y le hizo un ademán para que se calmase, invitándolo a sentarse nuevamente.

—Deja que tu papá termine de explicarte. A no ser que prefieras esperar una semana hasta que recuperes la memoria y comprendas que no te está mintiendo.

Le vinieron nauseas de solo imaginar lo insoportable de semejante espera.

—¡Dale, seguí, —dijo Armando con los puños crispados por la ansiedad.

De apoco me fui acordando que la madrugada del 60 en la que desaparecí, había sido secuestrado por extraterrestres y transportado a un remotísimo planeta de otra galaxia. Durante cuarenta años humanos, fui educado con paciencia y dedicación, hasta transformarme casi en uno más de ellos.

—¿Pero para que…? —inquirió el joven atragantándose con las palabras.

—Allí voy, agregó Joaquín, —sonriendo ante el hecho de que su pequeño parecía estar dispuesto a escucharlo.— Como te dije antes, no somos los únicos. Para ser más preciso, al finalizar el 2011, habrán llegado los diez mil humanos adiestrados. Todos fuimos abducidos en la década del sesenta. Vos fuiste el número 9768 en volver.

Armando se sorprendía de la manera culta en que se expresaba su padre, con palabras que no tenía ni idea que existiesen. Un cambio radical para un campesino que a duras penas había terminado el tercer grado de la primaria.

—¿Por que nos devuelven a la tierra? —indagó el adolescente siguiéndole el juego. Aun no se creía ni una pisca de la extraordinaria historia.
Estamos repartidos en todo el planeta hijo mío, —prosiguió el hombre, haciendo caso omiso a lo que acababan de preguntarle.— Aun no hemos difundido ni una palabra de nuestra experiencia extraterrestre, ni de nuestro objetivo en la tierra. La fecha de la revelación será el primer minuto del 2012. Lo haremos a través de la televisión y desde la misma capital mundial, Nueva York.

—Ustedes creen que les van a dar tanta publicidad a un puñado de lunáticos. Lo más probable es que terminen todos en un manicomio.

—Ya está todo pautado, la gente se muere de interés por saber de dónde diablos han salido estos miles de desaparecidos. Además de querer conocer la causa de que no hayan envejecido ni un solo día.

Ante la cara de incredulidad de Armando y ya bastante fastidiado, Joaquín se acercó a la televisión y después de prenderla, encendió también el reproductor de DVD.

—¿Cómo explicas todo esto? —le dijo señalando la imagen que aparecía en la pantalla.

Desde Pekín hasta Ulán Bator se sucedían las entrevistas a los adelantados. Todos relataban el mismo tipo de experiencias. Al término de la grabación se veía cinco o seis cortos promocionales (realizados por las principales cadenas de televisión del mundo) de “El año nuevo de los desaparecidos”. Así había sido denominada la conferencia de prensa.

La tv quedo a oscuras pero los ojos del muchacho no se movieron ni un milímetro. La curiosidad daba paso al miedo. Su mente sopesaba la chance de que la increíble historia de su padre fuese la única explicación posible.

—¿Qué se supone que vamos a anunciar? —preguntó temerosamente resignado. Sintiéndose por primera vez partícipe de los acontecimientos.

—El veinte de diciembre del dos mil doce, la nave nodriza proveniente de nuestro ex hogar, descenderá a cincuenta kilómetros de Al Aiún en la República Saharaui. Treinta y dos millones de hermanos alienígenos descenderán para compartir el planeta con nosotros.

Por más de cuatro horas Joaquín le contó sobre el planeta y la fabulosa civilización que albergaba. Le dijo que el sol que les daba vida se estaba apagando y que la tierra se constituía en el único planeta del universo conocido donde podían vivir sin problemas. El hombre remarcó el carácter pacífico y amigable de estos seres y los avanzados conocimientos que poseían en todas las áreas de la ciencia. Entre sus principales logros estaban la inmortalidad y el salto hiperespacial que les permitía viajar a través de los agujeros negros. Eran parecidos a los humanos, solo que más pequeños, con la cabeza ligeramente alargada y los brazos un poco más largos. La boca solo la usaban para alimentarse, pues se comunicaban telepáticamente, cualidad que ellos dos también habían adquirido. En síntesis, la misión de los diez mil adelantados era convencer a los terráqueos para que recibieran amistosamente al contingente alienígena. Estaban decididos a compartir su sabiduría a cambio del hospedaje.

—La tarea es ardua y complicada hijo mío, —dijo Joaquín mientras bostezaba y estiraba sus brazos desperezándose.— El ser humano es egoísta y destructivo por naturaleza, pero también puede ser inmensamente noble y generoso. Cuando al octavo año de mi arribo me preguntaron si deseaba traer alguien de la tierra para compartir las tres décadas que aun me quedaban, no lo pensé un segundo y pedí por vos. Ahora estamos juntos en esto, de diez mil personas depende la supervivencia de nuestra especie.

La apocalíptica frase final sorprendió a Armando, frunció el seño y preguntó: —La supervivencia de los extraterrestres querrás decir…

—Aun no te lo he dicho todo. Ellos son generosos y quieren convivir con nosotros, pero si el hombre se rehusa a darles cobijo se acabaran sus buenos modales.
—¿?
—Y harán desaparecer a los homínidos de la faz del planeta en menos de un segundo. Les bastara con mover solo un simple interruptor.

Armando abrió los ojos sobresaltado, una puntada en la nuca lo obligó a apretar los dientes. Se había nublado y unos murciélagos revoloteaban a pocos metros de donde se hallaba tirado. Sintió su rostro y su cuerpo empapados en sudor, los miembros adormecidos. Se puso en cuatro patas y pareció que el piso se le movía. Respiró profundamente buscando estabilizarse, parpadeó una y otra vez abriendo la boca al máximo, mas el mareo persistía.

Pasaron algunos minutos y luego de diez arcadas y un vómito se incorporó con cuidado. Rengueando y con un pronunciado bamboleo se dirigió al canal de riego. Cayó en cuenta que luego de orinar seguro tropezó con algo. Al caer debíó haberse golpeado la cabeza. No tenía ni idea por cuánto tiempo perdió el conocimiento, solo sabía que su madre estaría esperándolo preocupada.

Mientras cruzaba el canal casi a tientas (por la cerrada oscuridad), largó una estentórea carcajada. Le había venido a la mente el ridículo sueño de su padre y los extraterrestres en el año 2010.

—¡Puta que fue extraño el sueñito de mierda! —musitó el joven y se dirigió pesadamente al lugar donde había apoyado la bicicleta.

No había nada, ni siquiera el pasto se hallaba achatado. Un helado escozor lo recorrió desde la base del cuello al coxis. El pánico ralentizó aun más sus movimientos. Comenzó una eterna media vuelta mientras imploraba que sus ojos no se encontrasen otra vez con el camino asfaltado.
 

Delirante fantasía de esas que intentan entretener y hacer pensar, espero que les haya gustado la historia. Mil gracias sanrafaelinos y nos hablamos en siete días, cuando les cuente de una extraña enfermedad que aqueja a la protagonista de mi proxima entrega "Vigilia, o el estigma de Bosque Viejo"

Desde Miami, W.G.G. Amanecerá y veremos...
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22 de agosto de 2017 | 01:03
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