Una noche con U2 o el fuego inolvidable

En primera persona, como acostumbra Federico, sus vivencias en recitales de la banda irlandesa U2; en Chile y en Buenos Aires. Experiencias que él compara casi religiosamente. U2, en vivo

 Todos tenemos alguna banda o solista que ha marcado en algún momento nuestra vida musical. En mi caso fue el grupo irlandés U2 a quienes escuché por primera vez en 1985.

Fue en el programa de videos “Música Total” que salía los sábados. La canción que me atrapó fue “Pride (in the name of love)”.

El video comienza con un agitado riff de guitarra y su performer, The Edge, caminando por el puerto de Dublín.

Desde ese instante quedé irremediablemente enganchado con la banda y comencé a buscar los álbumes anteriores a “The Unforgettable Fire” editado en 1984 que sigue siendo, a mi gusto, el mejor disco de U2.

En 1997 apareció el magnífico “The Joshua Three” (segundo en mi ranking) que los catapultó como super  banda mundial. En octubre de 1988 asistí al concierto Human Rights Now! de Amnesty International en el Malvinas Argentinas.

Actuaron Tracy Chapman, Yossou N´Dour, Peter Gabriel, Sting y Bruce Springsteen. U2 participó en el evento en USA donde se llamó Conspiracy of Hope pero no bajó a Sudamérica. Primera chance perdida de verlos en vivo.

En 1991 tomó las bateas el revolucionario disco “Achtung baby! (tercero en mi lista). La gira “Zoo TV” está considerada como el espectáculo musical más grande  nunca visto en un estadio. En esa ocasión rodaron por todo el mundo pero se volvieron a olvidar de Sudamérica.


  En 1995 calenté los motores de los shows en vivo asistiendo en febrero al “Voodoo Lounge Tour” de los Rolling Stones en el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Saqué ticket para el campo a 10 000 pesos chilenos y estuve a escasos metros de los meneos de cintura de Mick Jagger. El inimitable Keith Richards lanzaba su púa al público cada tres temas y una de ellas pasó rozando mi cabeza. La serpiente de 50 metros del alto que adornaba el escenario lanzó una bocanada de fuego al inicio del recital y el calor de las llamas llegó a nosotros.

 Los Ratones Paranoicos fueron los teloneros y se bancaron muy bien el abucheo inicial de los chilenos que terminaron aplaudiendo.

En abril de ese mismo año pasaba unos días en el departamento de una amiga en Santiago y me entero que el 19 tocaba Phil Collins en el estadio San Carlos de Apoquindo donde juega de local la Universidad Católica. Saqué un ticket de 17 500 pesos en platea.

Gran ovación cuando el inglés salió al escenario a oscuras vestido con sobretodo, un sombrero e iluminado por un reflector. Miró al público un instante, se quitó el sombrero y el abrigo y los colgó en un perchero. Caminó hasta su batería y empezó a marcar el ritmo de “I don´t care anymore”.

Cuando los teclados marcaron el primer tono se prendieron se encendieron todas las luces y la gente deliraba. Al cerrar los ojos me parecía estar escuchando un CD de grandes éxitos. Uno tras otro fueron desfilando los mejores temas de este talentoso músico. Todo esto me hizo desear más que nunca ver en persona a Bono y compañía.

  En 1997 se editó el discotequero “Pop” y con bombos y platillos se anuncio su presencia en estas latitudes para febrero de 1998 en el estadio de River. La larga espera llegaba a su fin. En ese entonces vivía en Buenos Aires y estaba trabajando en el libro de Guillermo Vilas (todavía inédito).

Me acerqué a un Musimundo en peatonal Florida (no intervino Ticketek con su vil recargo en la entrada y el envío) y compré tres tickets de campo a 50 pesos-dólares para el 6 de febrero que era el segundo de los tres show anunciados. Asistí con dos amigos fanáticos, Pablo y Jorge.

Entramos temprano y tuvimos suerte de ingresar en el “corralito” a pocos metros del escenario. Pasamos toda la tarde sentados en el césped del Monumental. La espera se hacía tediosa pero valió la pena. A las 20 hs. arrancó la música con los Babasónicos. Después vino Illya Kuryaki y todo el mundo empezó “a mover el culo”. La noche y los ánimos estaban excitados después de la intro de Horvilleur y Spinetta.

Hacia las 22 hs. se apagaron las luces y subió el volumen de la versión remixada de ¡Pop Muzik! Entre el ¡¡Ahh!! De los fans y los reflectores que recorrían el estadio apareció el grupo caminando por un pasillo entre la gente. Giré sorprendido porque no los esperaba allí sino sobre el escenario. The Edge encabezaba la marcha seguido por Mullen, Clayton y Bono al final vestido con una capa de boxeador. Tomaron sus puestos y el tema “Mofo” abrió el show con la pantalla gigante encendida que los hacía ver pequeños. Después vino el clásico “I will follow” y era imposible dejar de saltar junto a la masa de gente apoyando las manos en los hombros de quien está adelante. Si no se acompaña el movimiento de la marea humana la multitud apretujada te aplasta. Empezaron a sacar chicas sofocadas rumbo a la enfermería. Un ambiente rockero que solo Buenos Aires puede entregar. El feedback entre público y banda se notó y el recital fue para el recuerdo. Quedó cumplido mi sueño de verlos en vivo.

  Al otro día llamé a Vilas para juntarnos y seguir con las entrevistas. Me atendió apurado y entrecortado. Me dijo que estaba jugando tenis con la banda en las canchas techadas de la calle Costa Rica en Palermo. Me quedé de una pieza al imaginármelo con los U2 en persona. Aunque ya estaba acostumbrado a esas sorpresas. Una noche lo llamé y me dijo que estaba cenando con Keith Richards quien le ha firmado varias guitarras. Es conocida su afición por la banda de la lengua burlona. Al otro día me cita en su casa del bajo Belgrano y subo al estudio donde ensayaba con su banda para el disco “Vilas 98” (me regaló una copia). Veo apoyado en una silla un pase VIP para el “Pop Mart Tour”. Le comenté que era seguidor del grupo y había estado en River. Willy me preguntó si iba a verlos a Santiago el 11 y le dije que no tenía tickets. Ahí mismo me sugirió:
- Si querés ir avisame. Te consigo entradas
Pensé que bromeaba pero iba en serio. Yo regresaba a Mendoza y calzaba justo. Hablamos sobre el capítulo de su infancia y al despedirnos insistió:
- Si te pinta ir dame un llamado cuando llegues

  En la mañana del 10 ya estaba en Mendoza. En la tarde lo llamé y me dijo que lo volviera a ubicar a la noche, que iba a arreglar todo. Lo llamo ansioso y me dice que estaba hablando con el asistente de The Edge para combinar y me avisaba. Media hora después suena el teléfono de mi departamento y me dice:
"- Anotá: habitación 527 del Sheraton Santiago. Preguntá por Dallas Schoo que es la mano derecha de The Edge. Va a tener listos dos pases a tu nombre para el recital de mañana"

Le agradecí el gesto y apenas colgué le avisé a Pablo con quien había ido al show de River y le conté todo. Le costaba creer que el mismo Guillermo Vilas me había conseguido dos pases en tres llamados telefónicos. Lo tuve que convencer de que era verdad. A la mañana siguiente tomamos un colectivo de Turbus y al mediodía estábamos en Santiago. Nos alojamos en casa de mis tíos Elisa y Alfredo que vivían allí. Dejamos las mochilas y tomamos el subte de la Línea 1. Bajamos en la estación Salvador, cruzamos el río Mapocho y entramos directo al mostrador del hotel que está al pie del cerro San Cristóbal. Le doy mi apellido al recepcionista y le pido el sobre que me dejaron. Mi amigo contuvo la respiración mientras lo buscaba y se derrumbó cuando el empleado me dijo:
- No hay nada a su nombre
Le rogué que insistiera y con bastante desgano revisó nuevamente. Esta vez apareció un sobre blanco con membrete del hotel a nombre de “Mr. Frederico”. A Pablo le volvió el color a la cara. En el interior había dos pases adhesivos redondos color rosado que utiliza el personal que monta el escenario. También una nota manuscrita de Dallas Schoo, el técnico de Edge, diciéndome que lo ubicara en el sector izquierdo del stage y una vez allí lo mandara a llamar. Me hizo gracia la frase con que terminaba la nota: “Vilas is my new friend” (Vilas es mi nuevo amigo).

  Partimos en micro al Estadio Nacional y entramos por la puerta de Avenida Grecia. Mostramos los pases y nos dejaron ingresar sin control de cacheo. Una deferencia. Dentro del campo vi a mi izquierda el escenario con el arco amarillo alusivo a Mc Donald´s, la pantalla gigante y el limón que se transforma en bola de espejos. Todo diseñado por Mark Fisher y Willie Williams. Con solo mostrar el pase rosado los controles se iban abriendo ante nosotros como las aguas a Moisés. Llegamos al borde mismo del escenario y le mostré la nota de Dallas a un asistente que enseguida lo ubicó por el handy. Apareció un rubio alto y muy simpático con la remera negra oficial del tour. Trabaja con la banda desde el disco “Rattle and Hum” de 1988. Lo seguimos y nos dio un paseo guiado por el escenario. Pasamos debajo de la pantalla L.E.D. de 45 metros de largo y 15 de alto, la más grande del mundo en ese momento. Estuvimos dentro del limón de 12 metros. A mitad del show la banda se mete allí y avanzan hacia un mini escenario donde hacen un set acústico. Una pequeña grúa mueve el limón pero nada es perfecto y el mecanismo falló en Oslo, Tokio y Sydney.


  Pasamos frente a un grupo de programadores que en tres computadoras editaban las imágenes que se verían a la noche. La más impactante es la que muestra la teoría evolutiva del  Homo Sapiens al Hombre de Cromañón quien termina empujando un carro de supermercado. Una crítica a la sociedad consumista que es el tono general del “Pop Mart”. A cuatro horas del inicio había un frenesí de actividad tras bastidores con gente conectando cables y equipos por todas partes. La emoción fue en aumento cuando nos hace subir al escenario mismo donde probaba sonido la banda soporte chilena. Tuve la misma visión que Bono con 55 000 personas a mis pies. Como no era Bono algunos me arrojaron botellas vacías de agua mineral. Pude acariciar la batería de Larry Mullen que ya estaba armada y tapada con una lona. Pasamos debajo del arco amarillo de 32 metros que sirve de soporte al sistema de sonido. Los parlantes, color naranja, se apoyan ahí. 

  Lo mejor vino cuando Dallas nos invitó a bajar a su zona de trabajo. Allí estaban las guitarras de The Edge  afinadas y alineadas. Se las va pasando a medida que las necesita y tiene una pedalera de efectos idéntica por si se olvida de apretar algún botón.
Conté 14 violas. Entre ellas había Gibson Explorer y Les Paul (en la imagen, la Les Pauls), Ibañez Modulus Graphite y Squire Stratocaster. Fender Stratocaster Sunburst y Telecaster Graphite.

En un momento Dallas tomó una Fender Stratocaster Blackie One y una púa celeste.

 

 Conectó la guitarra a su propio retorno y empezó a puntear “Where the streets have no name”, “I will follow” y “Bad”. Sonaba igual, claro, si era la misma con la que Edge creó los temas. Alucinante. Filmamos y sacamos fotos.

 

Casi me desmayo cuando, sin pedírselo, me colgó al hombro una guitarra Rickenbacker 360/12 color blanco con bordes naranjas que Edge utiliza en vivo para “Misterious ways” y en el video “Sometimes you can´t make it on your own”. (en la imagen, un modelo de esa guitarra)  Era como si a un creyente le pasaran el cáliz de Cristo. Rasgué las cuerdas sin poder creer que pertenecía a uno de mis ídolos de siempre. Encima me regaló la púa que hoy está puesta en un cuadro junto a los pases.

  Salimos de su box y fuimos al sector donde trabaja el llamado “quinto U2”, Des Broadbery, quien con sus teclados y secuenciadores hace los complementos sonoros que necesita la banda. Sigue la actuación desde un monitor debajo del stage. Cuando terminó la “visita guiada” Dallas sacó de sus bolsillos dos pases VIP idénticos a los que vi en casa de Vilas. Nos dijo que con ellos teníamos acceso a los sectores más importantes, incluido el catering después del show con el grupo. Nos señaló una zona desde donde se escuchaba mejor el recital debajo de una columna que retarda el sonido para que la música llegue al mismo tiempo a los fans que están junto al escenario y a los del fondo del estadio.  Se acercó una chica rubia tras el alambrado y nos preguntó quiénes éramos al vernos dentro del escenario. Como ya tenía la acreditación VIP le di mi pase de personal a escondidas, dio la vuelta al estadio y se vino escuchar el recital con nosotros en primera fila.

  El repertorio fue casi igual al de River. Solo variaron cuatro temas. Al final aparecieron las madres de desaparecidos chilenos y Bono increpó a Pinochet. Muchos espectadores se dieron vuelta desairando el momento. Cuando terminó fuimos a ver a Dallas que ya estaba empacando las guitarras para el show de Australia. Nos comentó que la banda se fue directamente al hotel porque no les había gustado la onda del público que estuvo menos eufórico en contraste con Buenos Aires. Tenía razón. Igual fuimos al catering que estaba servido en una carpa blanca detrás del escenario pero nadie había probado bocado. En la zona de camarines vi a Daniel Grinbank conversando con otro manager. De la banda ni rastro. Una foto con Bono hubiera sido el final apoteótico de una noche perfecta.
 

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  El domingo próximo ponemos rumbo a Uruguay para la Copa América en Montevideo y compartir con las estrellas del tenis en Punta del Este. 

(N.R.: fotos de la galería, fueron tomadas por Federico)

Opiniones (1)
18 de agosto de 2017 | 02:02
2
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18 de agosto de 2017 | 02:02
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  1. Realmente extraordinaria la vivencia musical de Federico con todos estos grandes de la música pop.¡Apasionante!
    1
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