Bruja una vez, bruja siempre

Las mujeres llevan consigo el estigma de la perdición. Sean o no culpables, por las dudas y para siempre, a los ojos de los hombres son una suerte de portadoras sanas del Mal. En el imaginario popular hay magos sabios y brujas malvadas que fueron derecho al spiedo divino de la Inquisición.

La única vez que Dios habló con Eva fue para maldecirla y echarla del Paraíso, sólo porque la curiosa mujer había aceptado probar la manzana que le ofrecía la serpiente y compartir su pulpa con el más bien timorato Adán.

Desde entonces, las mujeres llevan consigo el estigma de la perdición. Sean o no culpables, por las dudas y para siempre, a los ojos de los hombres son una suerte de portadoras sanas del Mal.

A lo largo de los siglos no sólo se las ha tratado con cuidado sino con actos que revelan un miedo raigal por parte del sexo masculino, disfrazado de normas, reglas sociales y castigos, muchos castigos.

Aunque la historia registra alguno que otro mago con pedrigrí, como Tiresias, Merlín, Cagliostro o oscuros alquimistas, son las mujeres quienes acreditan en sus filas cientos de nombres célebres y verdaderas legiones de brujas anónimas.

Entre aquellas destacan Casandra, la ciega que vio en sus sueños la caída de Troya; las sacerdotisas del oráculo de Delfos que decidían la vida política de la antigua Grecia; Circe y sus miles de seguidoras, todas ellas encantadoras que mezclaban sexo y magia en iguales proporciones; las bailarinas como Dalila o Salomé que excitaban los sentidos del huésped para después cortarle la cabeza; las oscuras Morganas que debe tener toda leyenda artúrica que se precie y las pérfidas brujas que buscaron sus víctimas en los cuentos infantiles como Blancanieves, La bella durmiente o Hansel y Gretel, entre muchos otros.

Y claro, las miles de mujeres quemadas en las hogueras “santas” de la Edad Media, decapitadas en la sospechosa modernidad de la Europa copernicana y ahorcadas en el “nuevo mundo” de Salem.

Primero con el cristianismo fanático de las Cruzadas y después con el protestantismo, también fanático, de Lutero, los hombres eran juzgados y asesinados por herejes, pero para las mujeres el cargo bajo el cual iban directo al infierno era, lisa y llanamente, de brujería.

En el imaginario popular no hay brujos: hay magos, vinculados siempre a la ciencia, a la búsqueda de poderes relacionados con la búsqueda de conocimiento o asesorías letradas, es decir, astrológicas, en algún tipo de gobierno, como el propio Nostradamus.

Por el contrario, cuando se piensa en las mujeres, prevalecen las brujas y hechiceras, asociadas directamente con el Mal.

Parece que desde Adán, y porque a los hombres les resultó más fácil etiquetar que entender la naturaleza femenina, la única manera de defenderse de las mujeres, de su inquietante sexualidad y de sus certeras intuiciones fue mantenerlas calladas, analfabetas, encerradas, encorsetadas y rezando.

Cuando una de ellas rompía las reglas y decía: “Yo pienso que…”, o hacía algo por iniciativa propia, de inmediato se la señalaba como bruja y la mandaban derecho al spiedo divino de la Inquisición.

Pero es obvio que las brujas no mueren así nomás y el adn mágico viaja en la sangre de las mujeres de generación en generación y sigue funcionando como un mecanismo perfecto.

Sobre todo en la cura del empacho y del mal de ojo, la quiromancia, la cartomancia y otras mancias adivinatorias muy populares en el mercado del temor y a una tarifa siempre accesible para cualquier amigo, vecina,  compañero de trabajo o prima ansiosos por saber qué será de ellos mañana o pasado mañana.

Pero, cuidado: un buen “trabajo”, bah, un trabajito con inciensos, velas y muñecos estremecidos con alfileres y una foto reciente de la víctima tiene otro precio.

Patricia Rodón

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5 de Diciembre de 2016|01:36
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5 de Diciembre de 2016|01:36
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  1. La misoginia es marca de fábrica del las religiones judeo cristianas. El temor viene del hecho de que las mujeres son madres, los padres están por verse, pero la mujer pare al hijo , así que no hay dudas de que ella es la madre, quién es el padre es el problema. Y este problema se presentó cuando la agricultura obligó al hombre a establecerse y a ser dueño de la tierra, por lo cual apareció el derecho de la herencia. Perder la propiedad por desconocer si ese hijo es propio, hizo aparecer la monogamia y toda la parafernalia de normas religiosas misóginas. De repente, a la mujer había que sojuzgarla, dominarla, hacer imposible que ejerciera su sexo libremente, ya que el sexo podía devenir en hijos de otro. De ahí a ser la fuente del pecado (no hay pecado más original que ser responsable de un mito prehistórico sostenido por una corporación misógina como la Iglesia). En fin, que la violencia contra la mujer viene a ser consecuencia del derecho de propiedad. Más o menos resumido.
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