"El señor de la luz", un misterio de cien años

La novela de Maurice Renard de 1933, acaba de ser publicada por La Bestia Equilátera con traducción de César Aira, es una buena y muy recomendable historia que combina la ciencia ficción y el policial.

Un material capaz de retrasar el paso de la luz, ofreciendo la posibilidad de ver varios años después (hasta siglos, si es necesario) las imágenes que alguna vez le llegaron...

Indudablemente influenciado por el progreso que el cine (dado a conocer por los hermano Lumière en 1895) y la televisión (cuyas primeras proyecciones fueron realizadas a fines de la década de 1920), es decir, por los primeros pasos de la proyección de imágenes que reproducían movimientos, Maurice Renard publica en 1933 Le maître de la lumière, novela que ahora acaba de lanzar La Bestia Equilátera bajo el título de El señor de la luz, en la versión traducida al español por César Aira.

Ambientada en la primera mitad del siglo XX, la novela combina la estructura del policial con la de la ciencia ficción, y a lo largo de ella será la aparición fortuita de nuevos elementos la que hará girar los hechos hacia una u otra dirección.

Un amor imposibilitado por las tradiciones familiares puede ver crecer sus esperanzas gracias a la aparición (planificada tal vez, quizás impensada) de la luminita, como es bautizado aquel maravilloso material que retrasa el paso de la luz, lo que favorece que, apilando láminas una sobre otra, lo que sucede hoy pueda ser visto recién después de años, siglos o milenios.

Este maravilloso material llevará a Charles Christiani, un inquieto historiador, a tratar de hallar la forma en que Rita Ortofieri pueda convertirse en su esposa, puesto que ambas familias están enemistadas desde hace más de un siglo, pero especialmente luego de que la justicia decretara que un antepasado Ortofieri era el asesino de un Christiani, quien había sido muerto justo el mismo día, a la misma hora y en la misma calle en la que Giuseppe Fieschi atentara, en 1835, contra el príncipe francés Louis Philippe.

De esta manera, el relato se mueve en dos tiempos que van construyendo historias paralelas cuyas resoluciones deben llegar, justamente, a la vez, además de avanzar en la combinación de hechos históricos y ficticios.

A partir de una trama que se va complejizando, Maurice Renard va construyendo una historia que incorpora cada vez más elementos que contribuirán a develar los misterios ocultos en los que se ven envueltos los protagonistas.

Con una estructura propia de comienzos del siglo XX, la novela propone una agilidad inusual para la época, incluyendo riesgosos saltos temporales en los que Renard no redunda, pero que marcan un tímido quiebre con las preferencias estéticas de comienzos de la centuria.

El juego entre ficción e historia va siendo resuelto de manera impecable y, como corresponde al policial, los elementos revelatorios se irán acumulando, pero con una cuota de fortuna que convierte al protagonista en un detective sagaz, pero a la vez en un suertudo, lo que termina dándole a la narración ciertos toques de ironía y humor que aportan innovaciones que se pueden leer como una incipiente crítica a la fe en el mero progreso predominante aún en los tiempos de Renard.

Aconsejar para adolescentes la lectura de una novela de principios de siglo XX puede parecer, a esta altura, en estos tiempos de velocidad de escoba voladora, un locura, pero desde ya que El señor de la luz (un gran acierto de La Bestia Equilátera) es una excelente oportunidad para que los jóvenes disfruten de una buena historia para gozar de la literatura y, por qué no, para que sirva como puerta de ingreso a otros títulos policiales o de ciencia ficción de esos que ya acumulan polvo hasta en la memoria de los editores.

Alejandro Frias

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3 de Diciembre de 2016|17:02
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