A cien años del espectacular robo de La Gioconda

En agosto de 1911, la obra maestra de Leonardo Da Vinci desapareció del Museo del Louvre, y comenzó una pesquisa en la que fueron detenidos Picasso y Guillaume Apollinaire. El ladrón fue el carpintero Vicenzo Peruggia, quien actuó instigado por el estafador argentino Eduardo de Valfierno.

“Una desaparición misteriosa en el Louvre. La Gioconda se ha ido, nadie sabe con quién ni cómo”; “La Gioconda ha desaparecido...”. El cuadro estaba en su lugar en el Salón Carré el lunes, día del cierre del museo, a las 7 de la mañana, y ya no estaba a las 8 y media”.

Con estos titulares los periódicos franceses anunciaban hace cien años el robo más famoso de la historia del arte, el de la Mona Lisa, la obra más enigmática del genio italiano, que durante dos años estuvo ausente del Louvre.

Mucho se ha especulado con las razones que llevaron el 21 de agosto de 1911 a Vicenzo Peruggia a robar esta obra.

Aunque el hurto fue obra de Vicenzo Peruggia, el instigador fue el estafador argentino Eduardo de Valfierno, que urdió un plan para enriquecerse: que La Gioconda desapareciera del Louvre para él poder vender las copias que antes había encargado. El destino de la auténtica era lo que menos le importaba.

Peruggia era un carpintero italiano que realizaba trabajos temporales en el Museo del Louvre, por lo que conocía el museo y los horarios y costumbres de los guardias de seguridad. Uno de sus trabajos fue poner en una estructura con cristal a la Mona Lisa.

Eduardo de Valfierno había llegado a París en 1910 tras varias estafas en Sudamérica junto a su socio Yves Chaudron, un falsificador de obras de arte. Tras dilapidar la fortuna familiar, De Valfierno vendió los objetos y las antigüedades familiares y luego puso un mercado de venta de “obras” que, en realidad, eran copias hechas por Chaudron.

Después viajó a París, donde encargó a su socio seis copias de La Gioconda, que se hicieron en 14 meses. Tras contactar con sus “víctimas”, cinco millonarios norteamericanos y uno brasileño, y con Vincenzo Peruggia, al que convenció fácilmente tanto con el dinero que le ofreció como con el argumento de que un rico coleccionista italiano deseaba que La Gioconda regresara a su tierra, se inició la trama.

El domingo 20 de agosto el carpintero se ocultó en un cuarto de herramientas, próximo al Salón Carré del museo. Al día siguiente, jornada de descanso del sitio, Vincenzo esperó a que el guardia saliera para dejar su escondite y arrancar a la Mona Lisa, de la pared.

Caminó a las escaleras de servicio, donde se deshizo de la protección de cristal y del marco para poder esconder más fácilmente la madera, de 77 x 53 centímetros, en su guardapolvos. Bajó, atravesó el jardín y abandonó el recinto.

El espacio vacío no llamó la atención del vigilante, pues en aquella época se había inaugurado un estudio fotográfico en el Louvre y La Gioconda era una de las obras más retratadas.

Así pasó el día. Cuando el martes el Louvre reabrió al público, Louis Béroud, un artista que pintaba reproducciones, entró para ocupar con su caballete un buen lugar frente a La Gioconda. Pero no la encontró. Como los guardias, pensó que se la habían llevado a fotografiar, pero luego de unas horas pidió al guardia averiguar por qué la obra estaba tanto tiempo fuera de su lugar.

El guardia comprobó que la obra no estaba en el estudio y así, más de 24 horas después del robo, avisó al director del museo y éste a la policía. La noticia se divulgó por todo el mundo.

Las primeras pesquisas llevaron a la policía a vincular este robo con el de tres estatuas ibéricas en el mismo museo, perpetrado a principios de siglo. Géry-Piétret, secretario del escritor y poeta Guillaume Apollinaire, había robado del Louvre unas esculturas ibéricas, dos de ellas pasaron a ser propiedad de Picasso, pero luego fueron devueltas.

Las sospechas de que la obra podría haber sido robada por alguien vinculado con las nuevas vanguardias llevó a la policía a detener a Apollinaire. Igualmente fue arrestado e interrogado el pintor español Pablo Ruiz Picasso.

Pero a pocas calles del Louvre y en la habitación del hotel de Vincenzo, La Gioconda dormía bajo el falso fondo de un destartalado baúl, pues De Valfierno nunca contactó al carpintero.

Peruggia siguió con su vida, pero en 1913 leyó que un anticuario de Florencia, Alfredo Geri, compraría “a buen precio objetos de arte de todo tipo”.

El 29 de noviembre, Geri recibió una carta fechada en París de un tal Leonardo, que afirmaba tenía a la Mona Lisa y que deseaba regresarla a Italia. Geri citó a Leonardo en su galería de Florencia.

Antes de la fecha fijada, un hombre se presentó en la galería de Geri y afirmó que llevaba la Mona Lisa de regreso a Italia. Vincenzo pidió una recompensa de medio millón de liras y la garantía de que la pintura no regresara al Louvre.

Geri y su amigo, el director de la Galería degli Uffizi, Giovanne Poggi, vieron la pintura en la habitación de Vicenzo en el Hotel Tripoli. Reconocieron el sello oficial del Louvre y Poggi le dijo a Vincenzo que debían examinarla los expertos para verificar su autenticidad.

Geri y Poggi se llevaron la obra y, tras un examen minucioso, confirmaron su autenticidad. La policía de Florencia ya habían rodeado el Hotel Trípoli. Sin resistencia, detuvieron a Peruggia.

Dos meses después, la obra maestra de Leonardo da Vinci regresó definitivamente a París y el 4 de enero de 1914 la Mona Lisa volvía al Salón Carré.

Juzgado como un patriota, Vincenzo Peruggia -quien dijo haber planeado el robo en solitario- fue condenado a un año y 15 días de prisión, de la que salió siete meses después. Eduardo de Valfierno vivió como millonario gracias a sus estafas hasta su fallecimiento en Estados Unidos en 1931. Pero antes de su muerte contó esta historia a un periodista con la única condición de que no fuera publicada hasta después de su muerte.

Fuente: Mila Trenas / EFE
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