Un campeonato de fútbol y una aventura por el oeste de Estados Unidos

Un pretexto futbolístico para llegar al país donde el fútbol se juega "con las manos" y vivir la aventura de recorrer dos ciudades distintas en su esencia; el telón de fondo es el eterno Hollywood. ¿Acompañás a Federico?

El futbol me apasionaba de pequeño (ahora no tanto) y soñaba con ver en persona la final de un Mundial, el partido máximo de este deporte de masas. En 1978 se jugó en el país pero era muy chico. En el título de 1986 apenas un adolescente y en la final de 1990 comenzaba la universidad y no tenía un centavo. Para 1994 me propuse firmemente que estaría sentado en una butaca del estadio cuando se pitara el inicio de la final de la XV Copa del Mundo FIFA.  Lo bueno era que se organizaba en Estados Unidos y con el dólar 1 a 1 era accesible y estaba cerca geográficamente. Lo malo: que se organizaba en Estados Unidos, un país con nula tradición futbolística. A tal punto llega la confusión que le llaman American Football a su deporte nacional que se juega con las manos y no con los pies. A nuestro futbol lo bautizaron “Soccer”. Cuando viajo me gusta sacar un pasaje aéreo y moverme libremente en destino pero en este caso contraté un paquete con una agencia de viaje para ver la semifinal, tercer puesto y final. Si lo intentaba por mi cuenta tenía que pagar precios de reventa en los tickets.


Esperaba que Argentina hiciera un buen Mundial y llegara a semifinales para poder verla. Empezó con todo ganándole a Grecia y Nigeria pero vino el fatídico doping positivo de Maradona por efedrina. Perdimos con Bulgaria y Rumania y quedamos fuera en octavos de final. Lamentando no poder alentar a mi país en busca del tercer título mundial (todavía no se logra) partí a USA en el plateado avión de American Airlines. Lo hice vía Chile con escala en Miami donde abordé la conexión a Los Angeles, sede de la final.

Mi hotel estaba en la zona de Inglewood donde se encuentra el Great Western Forum, templo del basket mundial donde los míticos Lakers de Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar hacían de locales en la década del 80. El 13 de julio se disputó la semifinal entre Brasil y Suecia. Partimos al estadio en bus y en 45 minutos llegamos al Rose Bowl de Pasadena. Iba lleno de colombianos, que habían comprado el paquete completo, ilusionados con hacer un buen Mundial tras el humillante 5 a 0 que nos propinaron en el Monumental por las Eliminatorias. No pasaron primera ronda.

Un defensa sueco detiene un tiro de Romario, en el encuentro Brasil - Suecia

 El calor seco de California en pleno verano, similar al mendocino, no daba respiro pero se soportaba ingresando a la “cool zone” del auspiciante Budweiser donde una cortina de vapor helado aliviaba el cuerpo. Entré al estadio por la Puerta A y estaba semivacío. Mi asiento era detrás del arco pero me fui moviendo hacia el túnel de salida y me quedé allí. Cuando aparecieron los jugadores estaba a escasos metros de estrellas como Romario, Bebeto y Dunga o Brolin, Dahlin y Larsson. En este Mundial debutaron las pantallas gigantes en los estadios y se veía todo salvo las repeticiones de las faltas para que los hinchas no se enojaran ante el cobro del árbitro que no podía ver la jugada dos veces. El partido no fue bueno y ganó Brasil 1 a 0 con gol de Romario, el mejor jugador de ese Mundial. En New York, Italia le ganaba a Bulgaria 2 a 1 y se metía en la gran final.

Aproveché los días libres para conocer Los Angeles. Fui al downtown (foto izquierda)poblado de altos edificios comerciales y hoteles. Bajé al Dorothy Chandler Pavilion donde se realizó la entrega de los premios Oscar hasta 1999. Hoy se hace en el Kodak Theatre.

 

Camino a Beverly Hills vi el edificio Nakatomi Plaza donde se filmó la primera “Duro de matar” con Bruce Willis. Caminé rodeado por lujosas tiendas en Rodeo Drive y pasé por el Hotel Beverly Hills Wilshire donde rodaron “Mujer Bonita” con Julia Roberts y Richard Gere. Para seguir en onda cinematográfica fui a Hollywood, a 30 minutos de L.A. Pasé por los grandes estudios y esperaba ver de cerca el conocido cartel HOLLYWOOD en letras blancas sobre la colina pero se ve a la distancia.

Caminé por el paseo de los famosos en Hollywood Boulevard donde los artistas tienen su estrella rosa sobre el suelo de granito negro. Cuando llegaba al Teatro Chino vi una multitud que se dispersaba lentamente. Apuré el paso y supe que hacía solo media hora Arnold Schwarzenegger acababa de dejar sus manos y botas marcados en la vereda del teatro. Su baldosa estaba vallada y en el cemento fresco se leía la frase de Terminator: “I´ll be back”. Si llegaba minutos antes lo veía en persona. Sin despegar la vista del suelo y con cada tranco que daba pisaba a un famoso: Sinatra, Nicholson, Gable, Monroe, Astaire, Pacino, Cruise y siguen las firmas.

Al otro día cometí el error de intentar llegar a la playa a pie. Los Angeles es una de las urbes más extensas del mundo y todo se hace en coche. Nadie camina. Es todo calles interminables y autopistas. Una ciudad impersonal. No me gustó. Rodeando el aeropuerto veo que una parte del freeway se interna debajo de la pista. Literalmente te aterriza un Jet encima de la cabeza. Dos horas de caminata agotadora y llegué al borde del Océano Pacífico deseoso de zambullirme contra sus olas. Me lancé de repente y el agua helada paralizó mi respiración. Una desilusión. Bañarse aquí es un sufrimiento, no un placer. Fui hasta Venice Beach donde se filmaba la serie “Baywatch” pero no vi a Pamela Anderson por ninguna parte. La gente anda en bici, rollers, trota, toma sol y juega al basket. Es la capital del cuerpo sano donde la imagen corporal es fundamental para ingresar al mundo del cine. 


El sábado fue el partido por el tercer puesto. Suecia venció a Bulgaria 4 a 0 y subió al podio. El domingo 17 la fila de buses tratando de llegar a la final era interminable. El partido tenía cartel. Brasil, conducido por Carlos Parreira, contra la Italia del estratega Arrigo Sacchi. Los dos con tres títulos mundiales. El ganador sería el primer tetracampeón de la historia. Se repetía la final de México 1970 donde ganaron los sudamericanos. Las tribunas reventaban con 94 194 espectadores. En la ceremonia de clausura el saxofonista Kenny G tocó el himno de USA. El número central fue Whitney Houston quien salió tomada de la mano con Pelé. Cuando la bella morena terminó de endulzarnos los oídos con su voz, la ovación fue similar a cuando aparecieron los equipos en el campo con la canción del Mundial de fondo.


El húngaro Sandor Phul pitó el inicio. El match no fue lo que se esperaba pero tampoco tan malo como indica el 0 a 0 final en tiempo suplementario. Hubo pelotas en los palos y jugadas de riesgo por parte de Brasil que no pudo quebrar a la defensa italiana. Claro que con nombres como Roberto Baggio, Baresi, Maldini, Albertini, Romario, Bebeto o Viola uno imaginaba más. Los penales fueron tensión pura. Era la primera vez que un Mundial se definía desde los once pasos. Como neutral veía los rostros de brasileños e italianos y palpaba su alegría o sufrimiento. Cuando vi a Baggio caminar hacia la pelota preparé la cámara (a rollo) sin imaginar que captaría el momento exacto en que su disparo se perdía por encima del travesaño de Taffarel y le daba a Brasil el título. El estadio tronó y comenzó la fiesta con batucada y fuegos artificiales. El capitán Dunga subió a recibir el trofeo de manos del vicepresidente Al Gore (Bill Clinton no fue). Bajaron a dar la vuelta olímpica y distinguí a un joven Ronaldo que no jugó pero daría que hablar en 1998 y 2002. El lunes 18 compré los diarios “Los Angeles Times” y “USA Today” para ver el enfoque de la prensa local. En ambos fue nota de portada. La TV de mi habitación estaba encendida y ante mi sorpresa aparece el presidente Menem en el noticiario. Subí el volumen, intrigado y me entero del atentado a la AMIA en Buenos Aires. Llamé a San Rafael y me confirmaron la nefasta noticia.

(El auto que alquilé, un Chrysler, en el límite entre Nevada y California)


Terminado el Mundial fui a una agencia de alquiler de coches y renté un Chrysler para salir a la carretera y viajar a Las Vegas y San Francisco. Me dieron uno de color blanco y con caja automática que no me convenció mucho pero que más tarde agradecí. El tráfico angelino, tanto en ciudad como en los freeways de seis carriles, es devorador. No por nada llaman a Los Angeles “capital mundial de las autopistas”. Llevaba el mapa rutero de EEUU desplegado en el asiento del acompañante. Con un ojo en el camino y otro en el plano logré salir del enjambre de cemento y asfalto y tomar la Interestatal 15 Norte rumbo a Las Vegas a 450 kilómetros. La distancia no era el problema. El riesgo estaba en atravesar, solita mi alma, el Desierto de Mojave en la zona del Valle de la Muerte, uno de los lugares más secos e inhóspitos del planeta y en pleno verano. Aquí es donde los gangsters del cine (y los de verdad) se deshacen de los cadáveres. En una parte del solitario trayecto tuve la ingeniosa idea de apagar el aire acondicionado a ver que ocurría. En menos de un minuto el calor ambiental y el que irradiaba la chapa del auto me sofocaron.

  Cuando llegué al límite entre los estados de California y Nevada me sorprendió en medio de la nada un enorme casino con montaña rusa incluida. (en la foto de arriba) Estaba a metros de la línea divisoria sobre Nevada donde las leyes para juegos de azar son más liberales. Estas tierras son el paraíso de los apostadores y Las Vegas la capital del pecado y la diversión. Sus luces son visibles desde varios kilómetros antes.

El casino Luxor, con forma de pirámide, tiene en su punta el rayo artificial más potente del mundo y su estela barre el cielo como un faro llamando al entretenimiento. Me alojé en un sencillo motel regenteado por un coreano que me dio las llaves de una habitación que ya estaba ocupada. Cuando entré había un señor metido en la ducha. El coreano se deshizo en disculpas y me pasó a la contigua. El motel estaba entre medio de dos Wedding Chapel donde por unos pocos dólares te casan oficialmente en 10 minutos. Es tal cual hemos visto en incontables películas. Los casinos funcionan 24 horas. Estuve en los más famosos: MGM, con sus peleas de boxeo; Flamingo, Caesars Palace donde se filmó “Rain Man” ganadora del Oscar, The Mirage, el Hilton donde Robert Redford tienta a la infidelidad a Demi Moore por un millón de dólares y el Treasure Island con sus recreaciones de batallas piratas en su fachada caribeña.


Fui al Hard Rock Café donde vi, entre otros íconos de moda rockera, la campera roja que Michael Jackson utilizó en el video Thriller (arriba, en la imagen) y la camisa negra sin mangas que lució Bono en el recital de U2 en Red Rocks en Denver. En el viejo “Strip”, ahora techado,  todavía se ve el casino Four Queens. En sus veredas se rodó en 1987 el video de U2 “I still haven´t found what i´m looking for”. Si uno va con poco dinero se divierte con el esplendor y las luces. Para quienes quieren gastar no hay límites. Los clubes de strippers abundan y en las calle reparten infinidad de propaganda sobre este tema. Los hoteles cuentan con shows en vivo de los mejores cantantes. La semana que estuve actuaron Phil Collins, Bárbara Streisand y Righteous Brothers. Se puede volar en helicóptero hasta el cercano Gran Cañón del Colorado o cenar en restaurantes con vista panorámica de toda la ciudad.


Para ir a San Francisco no había ruta directa y tuve que regresara a L.A y encontrar la Interestatal 5 Norte que me llevara a la ciudad de los tranvías a 625 kilómetros. El paisaje aquí no es desértico. Me vi envuelto a cada lado de la ruta por los enormes molinos blancos del parque eólico de Tehachapi. El auto, ya casi mi hotel con ruedas, iba juntando cada vez más basura y yo acumulaba cansancio al ir manejando solo. En un tramo me crucé en el asiento y aceleraba con el pie izquierdo mientras relajaba la pierna derecha. Para descansar del idioma inglés sintonizaba una radionovela mexicana muy divertida que me ayudaba a pasar el tiempo muerto. Entré a San Francisco por el Bay Bridge y busqué la zona de The Mission donde vivía mi amiga Laura y me alojé allí. Era el clásico barrio con casa de madera estilo victoriano que dan personalidad a la ciudad más linda de USA con lomas y vistas estupendas de la bahía. Fuimos al Chinatown donde compré una filmadora y salimos rumbo a Sausalito a ver las casas flotantes. Para llegar hay que atravesar el Golden Gate, el señorial puente colgante rojo que es el símbolo de San Francisco.


Anclada en medio de la bahía sobresale la isla de Alcatraz, antigua prisión de máxima seguridad. En la ciudad hay que conducir con cuidado por las arterias ondulantes. Me recordaba la serie protagonizada por Michael Douglas “Las calles de San Francisco”. En la esquina te podés topar con un pintoresco tranvía que le da un aspecto retro a esta moderna urbe asentada en la inestable Falla de San Andrés. En la década de 1960, en pleno “Flower Power”, esta ciudad fue el epicentro de actividad en la Costa Oeste. Aquí se inició la “Beat Generation” movimiento literario y social contra la burguesía dominante. Todavía mantiene el espíritu y es un lugar donde conviven todos: hippies, punks, gays, empresarios y bohemios. Cada uno hace la suya sin problemas. Laura me invitó a Berkeley, la ciudad de los estudiantes al otro lado de la bahía, a disfrutar de comida étnica en un restaurante etíope. Trajeron una bandeja que dejaron en el centro de la mesa y ningún cubierto. Había que tomar la comida, todo vegetales y salsas, con los dedos valiéndose de un trozo de panqueque para no mancharse. La bebida: nada de alcohol o gaseosas. Solo jugos naturales, exprimidos a la vista por una chica. Dejé San Francisco para regresar a L.A, o eso creía. Cometí el único error del viaje y tomé la Interestatal 5 pero rumbo norte y fui a parar a Sacramento, la capital de California. Allí vivió como gobernador Ronald Reagan antes de ser presidente. Hasta hace poco la habitó Schwarzenegger. Desanduve el camino al sur y retorné a Los Angeles donde devolví el coche y terminé, exhausto pero feliz, mi raid por la Costa Oeste.

(los tranvias de San Francisco)


Federico nos lleva, la semana que viene al vecino país de Chile para subirnos como invitados VIP el escenario y backstage del recital de U2 en la gira “Pop Mart”.

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21 de agosto de 2017 | 15:38
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