Cartagena de Indias, una ciudad imperdible

A quienes aman viajar a través de los relatos, a quienes abandoné por un tiempo, decidí volver contándoles la impresión de una ciudad que he conocido y que guardo en la memoria como "imperdible", se trata de Cartagena de Indias, en Colombia. Esta nota, también en la edición n°79 de Revista Club House.

Sin sacrificar nuestro modo independiente de viajar por nuestra cuenta, en una ocasión nos tentó la oferta de un paquete “económico” para visitar Cartagena de Indias y San Andrés. Desde aquel momento que en nuestras vidas irrumpió García Marquez y su “realismo mágico”, Colombia fue una meta a tener en cuenta; reconozco que después de todos los títulos que devoré, “El Amor en los Tiempos del Cólera”, sigue siendo mi favorito, ojalá algún día
pueda viajar por el río Magdalena y encontrarme con Fermina Daza y Florentino Ariza.

Cuando decidimos el viaje, llegar a la mítica Cartagena colombiana era un premio consuelo. Si bien podemos dividir esa ciudad en dos momentos cronológicos, también lo hacemos en dos aspectos físicos. La moderna, llena de comercios y hoteles que se alzan apuntando al infinito, con rascacielos que se pierden en el azul del cielo caribeño, y la ciudad amurallada que nos traslada varios siglos atrás.

La primera, copia de tantas ciudades turísticas, con los tradicionales negocios de “souvenirs” internacionales, con algún toque local de abalorios con tucanes o “chivas”, los pintarrajeados camioncitos en los que se viaja al son de “vallenatos” o “salsas” y los negocios donde se pueden comprar exquisitas esmeraldas.

El primer recuerdo que aparece en mi mente fue la sensación que tuve al llegar al aeropuerto y descender de la climatizada cabina del avión. Una onda ascendente de calor abrasador, subiendo por la pista, me arrebató y me dijo: “Amiga, aquí hace calor con mayúscula”. No tuve más remedio que creerle y aceptarlo, pero finalmente reconozco que no fue difícil acomodarme al desafío del clima.

El hotel que nos recibió era confortable, “all included” y pleno de diarias actividades. Vecino de la angosta playa, nos permitió un respiro después del viaje, y aceptamos un chapuzón en la arena de Boca Grande, plagada de persistentes vendedores de cuanta cosa haya inventado el
hombre para el turista. Algunos chapuzones, sobre todo para mí que temo ahogarme hasta en la bañera, y un buen sueño, sumado a una oferta gastronómica casi imposible de rechazar y que no tuvimos más remedio que digerir, nos dejaron frescos y alertas.

Tito y su hermano, tiburones de montaña, se entusiasmaron para hacer una experiencia “sub-aqua” y se introdujeron en un reservorio para tiburones a los que tuvieron a un palmo de sus narices…detrás de una malla de acero.

Finalmente visitamos la ciudad colonial amurallada que se resguardó tras los gruesos paredones armados con restos de corales, arena y argamasa para resistir los ataques del famoso Drake, el pirata, y otros filibusteros igualmente sanguinarios que la asediaron.

Lo primero que organizamos fue una visita al casco histórico que, preservado por las ordenanzas municipales, obliga a los residentes propietarios a no modificar el frente de sus casas. Llegamos en vehículo hasta la única puerta de ingreso a la ciudad, la Puerta del Reloj, donde nos recibió una marea de aromas a frutos tropicales, papayas, guayabas, mameys y dulzuras tentadoras desde la Plaza de los Dulces, lugar emblemático al que hay que prestar
atención antes de iniciar cualquier paseo, además de no poder resistirnos a unas “cocadas” o a las “bolitas de tamarindo”.

A saber, una visita seria y completa de la ciudad, lleva no menos de tres días, porque cada calle, cada casa, museo, iglesia o plaza, requiere de atención y tiempo para ser disfrutados. La ciudad amurallada, tiene un trazado bastante regular, de calles estrechas y empedradas, las casas no pasan de los cuatro pisos y casi todas tienen su sello colonial: rejas en la planta baja y balcones de madera con tejadillo en la planta alta, desde los que avanzan matas de floridas plantas que se descuelgan hacia la calle.


En el recorrido, salieron a nuestro paso edificios históricos, plazas, museos, iglesias y recovas. Simpáticos y pequeños restaurantes. Hoteles instalados en viejas casonas que recomiendo tener en cuenta para alojarse, cosa que lamentamos no haber sabido antes, porque son sitios para viajar en el tiempo, con el añejo estilo de lo auténtico, no originados para el turismo.

La mayor parte de las construcciones pertenecen a los siglos XVI y XVII. Preguntando e investigando se descubren sendas historias detrás de ellas, como la de la Catedral de Santa Catalina de Alejandría, cercana a la Plaza Bolívar, que al ser construida primitivamente con materiales poco firmes cayó bajos las llamas para luego ser remodelada varias veces. Este refugio religioso sufrió las bombas de Drake quien había tomado a la ciudad como rehén, fue abatida por el afán de conquista del pirata y más tarde soportó deliberaciones e idas y vueltas que finalmente la llevaron a ser un ecléctico muestrario de decoraciones.

La lista de lugares que visitar en Cartagena es extensa y todas las ofertas ameritan ser tenidas en cuenta, la Plaza de San Pedro Claver, la de la Inquisición y su museo con las cámaras de tortura, la Plaza de las Bóvedas abarrotada de coloridos negocios en los que uno se enreda
encantado por insospechados trabajos artesanales de la tierra colombiana y de sus primitivos
habitantes taironas, sinú, muiscas…

Como repito siempre, me quedé sin páginas pero, después de mi relato, con la mano en el corazón, ¿no quieren conocer Cartagena?
Opiniones (2)
17 de octubre de 2017 | 11:46
3
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17 de octubre de 2017 | 11:46
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  1. Tambien estuve hace 1 mes... muy bonita ciudad. La playa es fea. hay que ir en lancha a Playa blanca!! queda a 30 min... es increible! agua cristalina, tranquila, con vegetacion y palmeras...
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  2. Increible lugar, y digno de visitar. Videos en you tube, lu1mem
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