De eñes y de jotas

La lingüista Nené Ramallo nos entrega una hermosa defensa de la "eñe", una letra con historia, que no existió en el latín clásico, pero que se ganó bien su lugar en nuestro alfabeto y, por ende, en los teclados de medios mecánicos. También repasa las aventuras de la traviesa "jota".

¡Cuánto tuvieron que luchar los académicos para salvar a nuestra EÑE, característica de nuestro idioma, de la ignorancia que de la misma hacían los teclados para computadoras!

Seguramente, muchos lectores se habrán deleitado, alguna vez, con el precioso texto de María Elena Walsh “La eñe también es gente”. ¿Por qué era necesario pelear por ella? Porque es una letra con historia, que no existió en el latín clásico, pero que se ganó bien su lugar en nuestro alfabeto y, por ende, en los teclados de medios mecánicos.

Por un lado, es preciso deslindar lo fónico que atañe al sonido, de lo gráfico y convencional, que se relaciona con la escritura; es cierto que muchos pronuncian este sonido desdoblado: “las montanias” y “los ninios”. Los que hacen eso (los porteños, por ejemplo) se retrotraen a uno de los orígenes de esta controvertida letra, la consonante ENE latina,  más una E o I, en palabras como “aranea”, que dio “araña”, “balneus”, que dio “baño”, “Hispania”, que dio “España”.

Al tratarse de un grafema no existente en latín, su representación gráfica es muy poco uniforme en las lenguas romances o neolatinas: el catalán eligió NY, el francés y el italiano prefirieron GN, el portugués se decidió por NH. Esa diversidad gráfica responde a un solo fonema, que se define como nasal, palatal y sonoro.

Antiguamente, también la doble ene, para abreviar, comenzó a escribirse con una ene, con una raya encima. Esta raya, a la que denominamos “tilde nasal”, adquirió después la forma ondulada que conserva en nuestros días: así, “canna” dio “caña” y “annus” dio “año”.

Lo interesante es que, si bien el sonido es uno, la solución gráfica no es una, como hemos visto, pero nosotros no estamos solos: tenemos EÑE igual que el gallego, el vascuence, el guaraní y el tagalo (lengua de los nativos de Filipinas). Esto significa que no podemos simplificar el origen de la eñe a los derivados del latín, pues hay voces guaraníes, como “ñandú”, “ñandutí”, “ñandubay”, voces hondureñas y ecuatorianas como “ñajo”, “ñángara” y “ñeque”, voces quechuas, como “ñato” y “ñaña”, muy distantes en origen a los vocablos derivados del latín, pero con el sonido nasopalatal igual.

Tampoco tenemos hoy conciencia de la historia de la jota. Si tomamos un diccionario clásico latino, nos va a llamar la atención que esta letra tenía en Roma un valor vocálico y, por ende, una pronunciación similar a la de la “i”, no a la de la “ye”. Algo similar ocurría entre la “u” y la “v”.

Como simples variantes de esas letras, se usaron durante mucho tiempo en latín y, luego, en español, de manera indistinta, ya como vocales, ya como consonantes. Pero, a partir de los siglos XVI y XVII, se fueron reservando la U y la I para representación de fonemas vocálicos y la V y la J, para representación de fonemas consonánticos. En el caso del español, su valor consonántico pasó a ser velar y sordo.

De este cambio, tuvimos en español, “objeto” (del latín “objectu”), “jueves” (del latín “Jovis”), “julio” (del latín “julius”), por ejemplo. Otras veces, el origen de la jota está en una ese: “jabón” (del latín “sapone”), “jeringa” (del latín “siringa”).

 Tampoco debemos olvidar que, hasta principios del siglo XIX, el fonema que correspondía a la jota podía representarse con el grafema X: “embaxador”, “mexilla” o “crucifixo”; pero, en 1815, se eliminó el valor de la X como jota, y aquella palabras se escribieron, desde entonces, “embajador”, “mejilla” y “crucifijo”.

Sin embargo, restos de ese valor arcaizante de la X como representante de la J quedaron en ciertos topónimos y antropónimos que mantienen hasta hoy la vieja grafía, como México, Oaxaca y Texas, con sus derivados “mexicano”, “oaxaqueño” y “texano”, en que no pronunciamos la equis sino la jota. Otro tanto, con Ximena, Mexía y Ximénez, por Jimena, Mejía y Jiménez, respectivamente.

Dos conclusiones como final del artículo: detrás de cada determinación académica no hay capricho, sino historia que sustenta la decisión. Esa decisión es el fruto de una convención, como la que rige otros hechos humanos, como el sistema de pesos, medidas, monedas. Ellos se inscriben en el cambio, pero no pueden sustraerse al carácter convencional que garantiza su correcto uso y legibilidad.

* Nené Ramallo es la directora del Departamento de Letras, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo; es lingüista, especialista en dialectología.

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