Allez la France!!! (o como disfrutar la Francia del cine y el tenis)

Desde la alfombra roja del Festival de cine en Cannes, hasta la Catedral del Tenis del mundo, en Roland Garros, abriendo los ojos para ver la Torre Eiffel o el Palacio de Versailles, a la manera de Federico

Después de ver el 65 Grand Prix de Mónaco me quedé en Niza, capital de la Riviera francesa, para conocer mejor la Costa Azul.

En solo media hora de tren se accede a Cannes, famosa por su Festival Internacional de Cine. Llegué para los últimos días de la muestra que cumplía su edición número 60.(foto izquierda, alfombra roja) 

Deambulé por los hoteles Majestic, Carlton y Martínez en busca de alguna estrella. Quentin Tarantino presentó su película “Boulevard la mort” y me saqué foto con la actriz Rosario Dawson pero era la última del rollo (no llevaba digital) y no salió en el revelado. Me instalé un rato frente a la alfombra roja del Palais des Festivals, el recinto donde se proyectan los filmes.

 

 Hay fotógrafos que hacen guardia todo el día y esperan en la vereda de enfrente con su escalera portátil para tener mejor ángulo en sus fotos cuando el lugar revienta de gente. 

 La caminata obligada es por el Boulevard La Croisette de 1600 metros de largo. Es el paseo marítimo más conocido del mundo. Allí se encuentran los hoteles más exclusivos. Los famosos se broncean en las playas privadas del hotel donde se alojan frente al Mediterráneo.

Los simples mortales nos podemos dar un chapuzón en los extremos de La Croisette, lejos de las estrellas. Cannes era un pueblo pesquero hasta que en 1834 un aristócrata inglés, Lord Brougham, lo hizo famoso como su lugar de descanso y detrás de él llegaron otros millonarios que le dieron su actual fama. La celebración del Festival le dio el impulso definitivo.

Trepé una colina para ir al Palacio de los Abades de Lérins desde donde se domina la ciudad con vistas fantásticas del mar y los yates fondeados en la bahía. Se celebraba una recepción en sus jardines y con mi mejor cara de póker me “autoinvité” y disfruté  unos ricos canapés regados con auténtico champagne francés servido por mozos de punta en blanco. Pude averiguar que era un encuentros de productores cinematográficos pero no reconocí a ningún famoso. Bajé al centro y tomé la Rue D´Antibes, la calle más comercial con tiendas de joyas, ropa, perfumería y salones de belleza donde se atienden las actrices cuando se preparan para la alfombra roja.


  En Niza también fui a bañarme en la costa. Aquí casi no hay sectores vedados por los hoteles. La sorpresa fue encontrarme con playas de guijarros y no de arena. Algo que nunca había visto.

Olvidate de llevar a los chicos para hacer castillos de arena. La ventaja es que no se mete arena en lugares incómodos pero a la hora de tirarse a tomar sol resulta un poco duro. El boulevard costero de Niza se llama Promenade des Anglais (paseo del inglés) que debe su nombre a un clérigo de esa nacionalidad que caminaba por allí hasta su iglesia. Como en toda Francia la gastronomía es uno de los pilares de la Costa Azul. Los mariscos con alioli o el salmón a la plancha con hinojo y las sardinas rebozadas son la especialidad de la región.

 

El espíritu de la “Belle Epoque” atrajo artistas como Matisse, Renoir, Chagall y Picasso que buscaron inspiración en este iluminado rincón del Mediterráneo.

El zar de Rusia y su familia veraneaban en Niza. A la muerte del Zarevich un grupo de rusos residentes construyó en su memoria la Catedral Ortodoxa Rusa de San Nicolás.

Se prohíbe ingresar en short y minifalda. Está rodeada de jardines y cuando fui estaban festejando un cumpleaños. 

 


  Dejé la Riviera para ir a París, 920 kilómetros al norte. Me di el gusto de viajar en el Tren Bala o TGV. Atraviesa todo el país casi volando a 350 km por hora. Fui al vagón comedor y me relajé viendo pasar la campiña francesa a toda velocidad. Cuando se atraviesa un túnel molestan un poco los oídos debido al cambio en la presión del aire. El confort es total. No vibra ni se tambalea.

La puntualidad es otro ítem destacado. Partimos a las 17:26 de Nice-Ville y a las 23:11, tal cual indicaba el boleto, entramos a la Gare de Lyon una de las seis estaciones que tiene París. Me alojé en un hostel cercano en la 5 Rue Héctor Malot a pocas cuadras de la Plaza de la Bastilla.

Me tocaron un alemán y un brasileño como compañeros de cuarto. Al otro día comenzaba el torneo de tenis Roland Garros, el más importante del mundo sobre arcilla. Mi programa era instalarme todo el día en el Bois de Boulogne para ver a los mejores jugadores del deporte blanco pero la primavera parisina trajo lluvia y tuve que cambiar el plan. Siempre hay que tener alternativas cuando se está viajando.

 

  Fui en subte (metro) de la Línea 1 hasta el Museo del Louvre que tiene una estación que enlaza directo a su hall de entrada.  La lluvia ni me tocó. Alcé la vista y estaba justo debajo de la colosal pirámide de vidrio  que le da aspecto futurista y fue diseñada por I.M. Pei. Pague 8,5 euros la entrada y guiándome con un plano fui directo hacia el Ala Denon en busca del cuadro más famoso del planeta: “La Gioconda” de Leonardo Da Vinci.  Después de atravesar varios pasillos llegué a la sala donde se encuentra la pintura. Está protegida por un enorme acrílico y unas sogas impiden acercarse. No se permite tomar fotos pero, recordando mi exitosa experiencia con la máscara de Tutankhamón en el Museo Egipcio del Cairo, intenté la foto cuando un guardia salido de la nada me espetó secamente en inglés: ¡No pictures! Reculé y me dediqué a la apacible observación de esta obra que no atrae por su tamaño, mide solo 77 x 53 centímetros, sino por la enigmática sonrisa de la dama. Se cree que la mujer que inspiró a Da Vinci fue Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo. Fue creada en Florencia entre 1503 y 1506. Lo curioso es que no está pintada en un lienzo sino sobre una tabla. En un momento tuve noción de estar frente a la obra pictórica más difundida y reproducida de la historia.


  En el Ala Sully vi la no menos famosa escultura “Venus de Milo”, descubierta en esa isla griega en 1820. Data del 150 AC y mide 2,02 metros. Está sola en medio de una sala desde cuyos ventanales vi por primera vez el río Sena. A pocos pasos de allí está la “Victoria Alada de Samotracia”, del siglo cuatro AC, otra de las esculturas top del museo. Descendí al entresuelo y caminé por los fosos del Louvre medieval. Es imposible recorrerlo todo en un día. A la salida fui a la pirámide invertida de cristal (foto de arriba) en cuyo vértice hay otra pirámide de mármol más pequeña bajo la cual, según Dan Brown en “El Código Da Vinci”, descansan los restos de María Magdalena. Aquí es la última escena con Tom Hanks arrodillado mirando desde arriba mientras la cámara desciende hasta la tumba en un fundido que marca el The End.

 Salí del Louvre y crucé el Sena rumbo al Barrio Latino (Quartier Latin) que alberga la Universidad de La Sorbona. Caminé por la zona pero la lluvia me obligó a guarecerme en un café. Cuando paró fui hasta el centro de arte Georges Pompidou con su extravagante exterior de cañerías multicolores. Regresé al hostel caminando por el barrio de Marais. Aquí vivió el escritor Víctor Hugo y aquí murió Jim Morrison, la voz de The Doors, el 3 de julio de 1971 (a la izquierda, foto de la tumba). Me senté a descansar en la Plaza de la Bastilla donde se gestó la Revolución Francesa de 1789. 

 

(entrada al cout central de Roland Garros)

 El otro día amaneció nublado pero sin registro de lluvia. Tomé el metro de la línea 10 y bajé en la estación Porte D´Auteuil. Caminé 500 metros hasta el Stade Roland Garros. Hice la cola temprano para conseguir una buena entrada. Ahí conocí a un francés cuya madre era mendocina. El pibe hablaba castellano mejor que yo. Con él de traductor compré un ticket de 53 euros para la jornada completa en el Court Central Philippe Chatrier. Esta entrada permite ver los partidos de todas las canchas a excepción de la Suzanne Lenglen y la Uno que también se pagan. Por 4 euros compré el “Quotidien”, el programa oficial. Al ingresar al complejo me hice una foto con un cartel que indicaba la distancia a Londres, Melbourne y New York, las otras ciudades del Grand Slam. En la Plaza de los Mosqueteros dibujé un revés imaginario junto a la estatua del legendario René Lacoste. Cuando entré a la Chatrier miré el court y las tribunas. No podía creer estar allí donde todo tenista argentino sueña con levantar la copa de “Rolanga”. El primer partido era un single femenino. La emoción fue mayor cuando veo a una de las jugadoras luciendo un elegante vestidito verde oscuro con calzas debajo. Era rubia y de piernas interminables. Era María Sharapova. Sus sensuales grititos fueron música para los oídos.


  Se puede entrar y salir del estadio para ver otros partidos. Te dan una contraseña para el reingreso. Estar ahí es un deleite. En cualquier court que mires hay buenos jugadores. En la zona de vestuario me pasó por al lado Venus Williams seguida de su guardaespaldas. En cancha 2 jugaba Davidenko. En la 3 Novak Djokovic. Más allá Tommy Robredo, Stepanek o Ferrer. No sabés donde quedarte. En la 15 Gisela Dulko ganaba su partido y me hice una foto cuando salió de la cancha.(ahi, a la derecha) En la grada estaba mirándola su novio de entonces, el chileno Fernando González. En la 4 Mónaco se metía en tercera ronda ganándole a Jurgen Melzer. Vuelta a la Chatrier porque en el tercer turno jugaba Chela. El Flaco ganó el primer set pero cayó con Gael Monfils. Desde el palco miraba el rumano Illie Nastase. En la 3 Cañas venció al tano Bollelli. Me quedé ahí porque a continuación jugó Jelena Jankovic, la 4 del mundo y después la bella checa Nicole Vaidisova. En la 7, pegada a la Chatrier, Nalbandián cerraba la jornada ganándole a Navarro Pastor. El Rey Nadal no jugaba ese día pero si Federer en la Lenglen. Mi ticket no era para esa cancha pero me jugué a que algún controlador no lo notara y al tercer intento lo logré. Vi los dos últimos sets del suizo contra Terry Ascione. Un placer a los ojos. Cayó la noche y dejé el complejo con los sentidos llenos de tenis.

  El primer día de sol fui hasta el cementerio de Pére Lachaise abierto en 1804. En sus 43 hectáreas están enterrados personajes como los escritores Moliére, Balzac, Proust, Apollinaire y Oscar Wilde. Las cantantes Edith Piaff y María Callas. El actor Ives Montand, el pianista Frédéric Chopin y la tumba más visitada: la de Jim Morrison. Costó encontrarla pero llegué. Estaba vallada para evitar que la pisen y rayen con grafitis. La de Oscar Wilde está cubierta con lápiz labial.(a la izquierda) Mujeres de todo el mundo han dejado su beso marcado en la piedra de su sepulcro que es un ángel alado.

El escultor le hizo genitales a la silueta pero en 1900, cuando muere Wilde, era ofensivo y se los quitaron. Hoy sirven como pisapapeles en el despacho del director del cementerio.

 

En la fantástica red de metro pagué 1,60 euros en la línea 2 que me dejó en el barrio de Montmartre con sus callejuelas llenas de pintores. Caminé por el Boulevard Clichy que es el eje de la noche parisina con discotecas, cabarets y night clubs. Aquí se encuentra el célebre Moulin Rouge donde una cena con show de Can-Can cuesta 175 euros ($1050) por cabeza. En lo más alto de Montmartre se erige la Basílica de Sacré Coeur desde donde se domina todo París. Desde allí vi por primera vez la Torre Eiffel sobresaliendo en medio de la ciudad. En su interior cantaba un coro de niños y me senté a descansar y escucharlo rodeado del misticismo del sacro edificio, terminado en 1919.

(palacio de Versailles y el estanque de Neptuno)

  Tomé un tren a Versalles y fui en busca del imponente palacio  (foto de arriba) que fue sede de la corte en tiempos de Luis XIV, el Rey Sol (1638-1715). No pude visitar el Salón de los Espejos porque estaba en restauración. Quedé deslumbrado con los jardines diseñados por Le Notre. Tienen fuentes, laberintos, invernadero, salón de baile y lo más descabellado: el Grand Canal. Un enorme lago con forma de cruz donde Luis XIV y sus amigotes jugaban  batallas navales mientras el pueblo languidecía. En la parte más alejada están el Petit y Grand Trianón, los aposentos privados de María Antonieta, esposa de Luis XVI, quien fue decapitada en la Place de la Concorde en París.

En esta plaza inicié el recorrido el quinto día. En el centro instalaron el obelisco hermano del que está en el Templo de Luxor. Fue un regalo a Francia del Pachá Muhammad Alí en 1831. Desde allí se ve toda Champs Elysées y el Arco del Triunfo al fondo. (foto derecha) 

Fui a Place de la Vendome donde el Hotel Ritz fue testigo de los últimos minutos de vida de Diana de Gales. Caminé junto al Sena hasta el Túnel del Alma donde se estrelló el Mercedes de la Princesa. Está tal como lo vimos en los noticiarios con los postes de concreto en el centro donde fue el impacto mortal.

 (desde la Tour Eiffel, Paris, el Sena y al fondo, Le Sacré Coeur)

 Sin perder un minuto fui al monumento-emblema de Francia: la Torre Eiffel. Desde abajo se ve enorme con las cuatro patas que se unen al centro. Parece un monstruo de metal que te quiere aplastar. Se accede a la cima, a 300 metros de altura, a pie o en ascensor. La vista es incomparable. Mandé una postal a San Rafael desde el correo del primer nivel y llegó sin problemas. De noche la iluminan con luces intermitentes y se ve maravillosa. Para el último día hice una larga caminata desde La Defense, la zona de oficinas, hasta el Arco del Triunfo. De ahí bajé por la bella y aristocrática Champs Elysées con sus tiendas de lujo y restaurantes. Me desvié hasta el Palacio del Elíseo, residencia del Presidente, pero guardias armados impiden pisar la vereda y hay que mirarlo desde enfrente. Me fui despidiendo de la Ciudad Luz y en el aeropuerto Charles de Gaulle vi un Concorde de Air France colocado en un pedestal. Un recuerdo del que fuera el único avión supersónico de pasajeros de la era de la aviación. Fue retirado en 2003 después de estrellarse en este mismo lugar. Habrá que regresar porque en París siempre queda algo por descubrir. 
 

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La otra semana viviremos las mundialmente conocidas “Fallas” de Valencia con Federico desfilando por sus calles y otras fiestas de esta ciudad española.

Opiniones (1)
23 de septiembre de 2017 | 01:31
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23 de septiembre de 2017 | 01:31
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  1. Comme le note Federico sont toujours sont maravillosas.Viva France!
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