El Negro que se hizo querer y respetar

“Tengo que replantearme cómo hacer para volver a la cancha sin que eso le signifique un quilombo a todo el mundo. Cada vez que yo voy a algún lado hay que planearlo como el asalto a un banco. Ver por qué puerta entramos, si hay escalera o no hay...” .

Por Aldo Marinozzi, Télam

De ese modo, siete meses antes de su muerte, de la que hoy se cumplieron cuatro años, el “Negro” Roberto Fontanarrosa desacralizaba, tal vez conjuraba, la reclusión a la que lo tenía sometido la esclerosis amiotrófica que ya le había quitado la posibilidad de dibujar; que casi no lo dejaba escribir y que para colmo también lo privaba de llegar a la platea alta de calle Cordiviola en el Gigante, allí desde donde festejó y sufrió tantas veces con su Rosario Central.

Así era el Negro. Un tipo sencillo, de barrio y que se negaba a creérsela, aunque fuera un muy extraño caso de dibujante, guionista y escritor.

Tal vez por eso mismo, por ser ese tipo que se sentaba en el bar como uno más, muchos no hayan visto a tiempo su condición de brillante intelectual. Es que no se calzaba ni la pose ni la pilcha, pero nos retrató mucho y muy bien. En las obsesiones cotidianas que reflejan las charlas de café, en los comentarios sobre las minas, en la euforia y la depresión del vestuario.

Creó personajes inmortales como Boogie; Inodoro, la Eulogia y Mendieta, el viejo Casale (aquel del cuento de la palomita de Poy) y los innumerables roles que les adjudicó a sus amigos, a los que bautizó como “los Galanes”.

Pero tal vez uno de sus personajes más notorios haya sido el propio fútbol, al que le dio un lugar en la literatura argentina que hasta ese momento le había sido negado, pese a su condición evidente de hecho cultural que lo atraviesa todo.

“El fútbol, incluso a nivel no profesional, incluye una serie de conflictos. La victoria y la derrota, y después la reacción de cada personaje ante eso”, decía el Negro cuando se le preguntaba por ése, su gran aporte a las letras. “Siempre repito que hay cosas que están tan frente a nuestros ojos que no las vemos”, decía.

Quizás porque aprendió eso en las calles, en los potreros y en las tribunas, supo ser simple y reivindicar para la cultura argentina ese componente popular.

Y así reivindicó también a las “malas” palabras, jugando de local en Rosario, ante la propia Real Academia Española en su intervención en el Tercer Congreso de la Lengua.

Y también de ésa se escapó con una ironía. “Al final, dibujé, escribí libros, creé personajes y voy a terminar siendo famoso porque pronuncié una puteada ante escritores y académicos de todo el mundo”, se reía, casi como un chico.

Será por eso que no recurrió jamás a la palabra rebuscada, sino que apeló siempre a las mismas palabras que usaba a diario. Es que el Negro no se la creía. Tal vez por eso no teorizaba, él sólo contaba.

Puede que por eso en el mundo académico muchos no lo hayan percibido a tiempo. Pero en la calle, cuando lo reconocían, siempre recibía un “Grande Negro”. Y él se desmarcaba enseguida. Decía que “es fácil querer al que te hace reír”, omitiendo que no cualquiera puede. Entonces sí se rendía y concedía que volvería a elegir ser querido antes que respetado.

Logró las dos cosas. De esos, hay pocos.
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5 de Diciembre de 2016|01:45
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