De la cama a la cancha: cuando las mujeres mostraron las piernas

Se ejercitaron en juegos, excursiones y paseos en bicicleta adentrándose en la búsqueda de la plenitud del cuerpo. Unas jugaron en las canchas con arrolladora energía; otras jugaron en las camas y lograron conquistar su propio placer. Y hacer felices a muchos, muchos, hombres.

La espalda recta, el pecho hacia adelante, el vientre escondido, los gestos mínimos y delicados. Nada de correr, ni de estar al sol ni de respirar profundamente.

Las mujeres hasta mediados del siglo XIX eran sometidas a una severa pedagogía del cuerpo que empezaba en la forma en que se ataban los pañales en la infancia hasta el uso de unos aparatos de hierro para mantener rígidas sus espaldas con lo que las madres pretendían aumentar la belleza de las señoritas casaderas, pasando por un riguroso código de ademanes al saludar, conversar, comer y beber. Todo ello apuntaba a mantenerlas inmóviles y secretas.

Pero lentamente, junto con una creciente individualidad y conciencia de la subjetividad, se fue produciendo una liberadora renovación en estos gestos cotidianos que cambió la vida privada y de la progresiva expansión de los modales domésticos y hábitos de mesa se pasó a una vida amorosa y sexual más expresiva.

Esta renovación tuvo su origen en el cambio de modelo del cuerpo para el que ya no era importante moldear el cuerpo sino ejercitarlo. La noción de ejercicio abandonó la esfera militar y surgió la idea de que la gimnasia conferirá a hombres y mujeres su máximo rendimiento y sana belleza.

Y la nueva pedagogía escolar se inspirará en ese modelo con una serie de ejercicios que incitaban al ejercicio respiratorio, a las largas caminatas y a la práctica de juegos al aire libre. Además, este nuevo modelo tenía como objetivo combatir la indolencia y el peligroso ocio. Hacia 1900 la gimnasia se convirtió en una práctica saludable y obligatoria.

Pronto, de la confluencia entre la gimnasia y las actividades lúdicas, más desenvueltas y de origen aristocrático, surgirían los sports, es decir, la práctica de deportes en una amplia variedad de acuerdo a la posición social de las nuevas gimnastas.

La equitación, los diversos juegos de pelota, las excursiones al campo y a la montaña, los baños de mar, los paseos en bicicleta salieron de la órbita de la pedagogía y de la medicina y se adentraron en la experiencia del bienestar, en la búsqueda de la plenitud del cuerpo.

La libre danza de Isadora Duncan y el erotismo desenfadado de Mata Hari simbolizaron la expresión de esa nueva demanda del cuerpo que conllevará una progresiva erotización de la mujer, dueña de una nueva energía, que se volcará en el matrimonio o en el amante.

Las mujeres buscarán su placer: indagarán en el aseo íntimo y en la soledad del baño, en la práctica de deportes como el tenis, el golf y los paseos en bicicleta, se dejarán contemplar y acariciar en un constante aprendizaje de su propio erotismo. Esto traerá una nueva voluptuosidad al lecho conyugal, al aumento de las prácticas anticonceptivas y a una creciente defensa del derecho al placer de la mujer. Incluso hará que el deseo masculino se vuelque sobre las mujeres casadas, más accesibles que en el pasado.

La condición de nueva “amazona” quedó reflejada en 1900, cuando en ocasión de los segundos Juegos Olímpicos, seis mujeres participaron en las disciplinas de golf y tenis, a pesar de que el barón Pierre de Coubertin, creador de este encuentro, sostenía que la presencia femenina en un estadio era antiestética, aburrida e incorrecta. Pero se equivocó porque las faldas más cortas que mostraban los tobillos, primero, y las pantorrillas después, resultó de ser un ingrediente fatal que erotizaba a los severos contendientes y a los espectadores masculinos.

Unas jugaban en las canchas y con arrolladora energía, lograron vencer los viejos miedos y prejuicios, crear los Juegos Mundiales Femeninos en 1922 que incluían el atletismo, siendo aquéllos los primeros de una larga historia.

Otras jugaban en las camas y con exquisito egoísmo, lograron conquistar su propio placer, tantos siglos negado. Y hacer felices a muchos, muchos, hombres.

Patricia Rodón

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24 de septiembre de 2017 | 12:19
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