Paisajes que testimonian la vuelta a la vida

De la mano del maravilloso Carlos Alonso, “Cielos- Cerros- Caminos” es el nombre de la muestra que se exhibe en la galería de arte de Killka, y que puede visitarse hasta el 31 de agosto. En la nota, no te pierdas la galería de fotos y los extractos más interesantes de una charla imperdible con el creativo mendocino.

Un exquisito lunch y un concurrido e inusual sábado se vivió en Killka y bodega Salentein. Es que gran parte de la comunidad artística local se reunió en el paraje tunuyanino para agasajar al notable Carlos Alonso, que vuelve a su terruño con una exposición sublime.

La muestra  presenta  una serie inédita de paisajes del noroeste argentino, la ciudad cordobesa de Unquillo y Mendoza; y cuenta con la curaduría de Sara García Uriburu y l coordinación artística de Anabel Simionato.

Las imponentes obras,  acrílicos y acuarelas realizados entre los años 2006 y 2009, reflejan  la riqueza de coloridos y diversidad de biomas, puna, altas montañas, valles fértiles,  quebradas y sierras de estas regiones de nuestro país.

Una charla apasionante

El prestigioso artista, antes de la inauguración oficial, mantuvo una charla íntima con un grupo de periodistas en la que habló de todo: los comienzos, la definición de pintura, las épocas oscuras que le tocaron vivir, su estadía en Italia y mucho más.

La pintura. “Pintar para mí es como un lenguaje, una resonancia o la representación de un todo, de una comunidad. Yo siempre la he vivido así: ligada a la vida, a los sucesos de mi país. Nunca dejé de ser un ciudadano. No comparto la idea del artista como una individualidad, como algo que te da un tono superior o ajeno a lo de tu comunidad”.

“Por eso reivindico el arte popular: lo popular como memoria, como fuente… ese lugar de donde uno arranca. Reafirmar la pertenencia hace que tu pintura venga de la sangre, que los genes. Vittorio Gassman decía: ‘Si yo digo que soy un artista, es una banalidad. Si me dicen que son un artista, es un honor’. Así lo siento yo: soy artista después del cuadro, no antes”.

El espanto. “Durante ‘los años de plomo’ de la última dictadura, donde yo fui víctima como persona y como ciudadano –porque perdí a mi hija y perdí a mi país-, estuve fuera; pero esos terribles sucesos me hicieron sentir que había extraviado también mis raíces. Por lo tanto, y como de esas raíces es de donde nacía mi pintura, también la dejé atrás”.

“Traté de mantener la pintura haciendo revisión de otros pintores, hasta que poco a poco pude entrar a tocar la materia del dolor. Es muy difícil, cuando uno ha sido partícipe, ha estado involucrado en el horror, poder tocarlo, intentar transformar esa materia viva adentro en materia artística y con ella poner un punto final. Yo no quería poner un punto final, o decir “ya es historia”: quería que estuviera siempre presente hasta que existiera la justicia. Hasta que se supiera qué pasó con mi hija, por ejemplo”.

El ex Markama, y amigo personal de Alonso,
Juan Lazaro Méndolas.
El cambio. “Cuando uno constata un genocidio, cuando uno es testigo de un grado de brutalidad, de inhumanidad tan grande, no solamente se pone en tela de juicio a esa casta o ese grupo que lo ejecutó, sino que uno cuestiona los valores del hombre en general. No es que solamente se me hizo daño a mí, sino a toda una comunidad, una historia, una generación. Todo esto fue lo que excluyó la posibilidad de la figura en mi obra”.

“He logrado escapar de un período muy oscuro, muy doloroso, donde pensé que no iba a pintar nunca más. Por eso digo que, al mirar esta colección, no puedo creer lo que ha pasado en mi vida: que después de todo lo que me pasó lograra recuperar un cierto grado de inocencia y pudiera seguir festejando la vida. Estoy muy feliz de haber podido pintar estos cuadros”.

El exilio. “Yo fui a Italia a llevar los dibujos que había hecho sobre la Divina Comedia, en el año 1971. Tuve la suerte de ser apoyado por la fábrica Olivetti, que compró una serie de obras mías sobre este ilustre libro del Dante y las llevó por varias ciudades italianas, como Roma y Milán”.

“Me quedé viviendo en Roma y allí pude convivir con pintores que aun el día de hoy me siguen apasionando, como Miguel Ángel o Caravaggio. En ese momento representaban la historia profunda y poderosa del realismo y de la figuración”.

La muestra actual. “Esto es como cerrar un ciclo. Estos cuadros me recuerdan a mis comienzos, a lo que creaba cuando tenía 20 años cuando salía a pintar al Challao, al Cerro de la Gloria, cuando iba con otros amigos a pintar paisajes. Estaban Mirrado, Corvalán, Peppa, D´Elía… éramos como un grupo de 10 personas, alumnos de la academia de Bellas Artes, que los fines de semana nos íbamos a pintar afuera”.

“Esa naturalidad, esa frescura, ese deseo de fijar un instante emocional y pictórico que te produce la relación con la naturaleza, siempre tan rica, cambiante, generosa y llena de novedad”.

“Imaginate que estos paisajes los viví de niño. Los tengo totalmente incorporados. Mis abuelos eran contratistas de una finca enclavada en la precordillera: sembraban papas. Yo pasaba las temporadas de vacaciones del colegio en ese rancho que tenían mis abuelos. Todavía no tenía la pintura como profesión, pero sí como impulso”.

“Creo que uno tiene primero el ojo del pintor, y poco a poco va adquiriendo la mano. Una de las cosas que creo importantes, y que lamento porque me parece que se está perdiendo, es esa posibilidad artesanal de, con el ojo y la mano, poder reflejar la realidad. Creo que estos cuadros están empapados de eso: fueron creados con el ojo sensible”.

“Hay que buscar los medios para hacer una síntesis, pintar de una manera verdadera, rotunda, pero sin descripción, sin regodeo… Hay un misterio que desea ser revelado: el artista debe tener la finalidad de reflejar ese instante intenso que pasa siempre frente a la tela blanca: el misterio, y la posibilidad de revelarlo se da a través de la pintura”.     

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