El entierro del "cuatro ojos"

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

El tock tock seco sobre la persiana de madera me hizo saltar de un brinco desde la cama. El movimiento fue lo suficientemente silencioso como para no despertar al cachito García. El operador de LV 24 Radio Rio Atuel, inquilino de mi abuela, dormía plácidamente en el otro aposento.
Serian alrededor de las catorce treinta de un verano asesino que incendiaba las veredas de General Alvear. Había llegado el momento del gran escape. Los Carcereri, Nelson y Sergio, me esperaban en el patio trasero.

 
—Dale Walter, —dijo el menor— vamos a llegar tarde.

—¡Bajá el volumen, que se va a enterar la Chola! —le susurré, a la vez que me encaramaba a la ventana y saltaba cayendo en cuclillas sobre la chipica hirviendo.

Verdad que el sol mataba y que era un riesgo para la salud, como sermoneaba mi vieja, salir a correr tras una pelota a esa hora de la siesta, pero como perderse el desafío con los aborrecidos salvajes del caserío vecino.

Nuestro grupo estaba compuesto por chicos de entre nueve y trece años. El centro neurálgico del barrio Comercio era la Propulsores Alvearenses y allí nos reuníamos todas las tardes. Yo me integraba los fines de semana, cuando bajaba de la finca de mis padres en Jaime Prats. No tenía el prototipo del jugador de fútbol, ni mucho menos, más el amor al deporte rey me impulsaba a tratar de superar todas mis limitaciones. Con once años, pesaba cuarenta y cinco kilos y medía un metro cincuente y nueve. Un esqueleto con una cabeza enorme y para colmo usaba lentes.

Ese sábado del 76, el enfrentamiento seria a la hora quince en el potrero situado al lado del supermercado Saponara. Una canchita con arcos enclenques y líneas marcadas con un palo de escoba nos estaba esperando.

 
—No se para que venís si no vas a jugar, ¡cuatro ojos! —me recibió ásperamente y con un chirlo en la cabeza el Juanca Fumarco.
Era el más viejo de todos y gozaba martirizando a los mas frágiles. Tampoco jugaba bien y si a veces integraba el equipo, se debía a su condición de dueño de la pelota.

—¡Déjalo tranquilo! —lo amenazó Carlitos Martini. Una especie de protector que me había conseguido y que en los años por venir se convertiría en uno de mis mejores amigos.

 
Como aquella escapada a la siesta hubieron muchas, el hecho de que esta tuviera cabida en mi memoria se debió a un acontecimiento extraordinario. El flaco anteojudo, jugaría por primera vez  como titular el clásico barrial.

Los lideres de siempre, el cabezón Videla y el rata Oyenard, organizaban el equipo en el momento que llegamos a la esquina prefijada. Han pasado treinta y cinco años y aun registro los rostros de esa bandita de pibes traviesos. El gordo Vega, el Petaco Anaya, Fabio Thompson, los hermanos Laiseca, Carlitos Torres, más los anteriormente nombrados. Éramos once exactamente, por diferentes circunstancias, cinco o seis habituales titulares habían fallado. Imagino la mirada de resignación de Javier Oyenard cuando pronunció la frase que me dejó galvanizado.

— ¿Te animas a atajar Walter?

 
No les miento al decirles que mi sueño era ser un delantero goleador, aunque a esa altura hasta de aguatero suplente agarraba. Nelson traía doce camisetas en una bolsa grande de Galver. El equipo, de no sé qué banco, renovó vestuario y le regalaron los trapos viejos. Además de ser grandes estaban desteñidas y agujereadas. El flaco Fumarco me tiró con desprecio la del arquero. En alguna época, azul con el uno negro, lucia entonces celeste pálido con el número gris agarrado por alfileres. Me la calcé orgulloso, sintiéndome más portero que el mismísimo pato Fillol.

Oficiaba de árbitro un gordito petiso y pelado que hasta de negro se hallaba disfrazado. “Totalmente imparcial,” juraron los vecinos. Nos bombeó los sesenta minutos que duró el cotejo. Luego nos enteraríamos que se trataba del tío del nueve de ellos.

El silbatazo inicial trisó la tensión reinante. Soplaba un viento pesado y caliente que sería a la postre decisivo en el resultado final. A mi costado derecho, además de los suplentes rivales, se habían amuchado como veinte chiquilines que nos miraban con poco cariño. En el bolsillo del más grandote, pude vislumbrar la goma elástica de una intimidante honda. Con referí, hinchada y viento en contra comenzó a rodar la pelota.
El primer tiempo fue un parto contra natura, en treinta minutos nos colaron siete goles. Solo tocaba la pelota cuando iba a buscarla al fondo de la descocida red. Al principio soporté estoico las gastadas de los de enfrente y los insultos de los de mi lado. Quince minutos después, tuve la intención de salir corriendo y dejar el arco desguarnecido. Llegó el ansiado intervalo y pensé que me echarían a patadas, pero no había nadie que pudiese sustituirme.

—¿Por qué no le ponemos la camiseta al sarnoso? —dijo Juanca, refiriéndose al viejo perro que nos acompañaba a todas partes— seguro que ataja mejor que este chicato inútil.

 
Entré a la cancha como con veinte centímetros menos de estatura, empequeñecido por tanta humillación, rogando al tata Dios para que acelerara las agujas del reloj. Carlitos y el gordo Vega vinieron a alentarme. Una fingida sonrisa acompañada por un suspiro de abatimiento fue toda mi respuesta.

Lo que aconteció a partir de allí, parece sacado de una tira de dibujos animados. El viento, ahora a favor nuestro, sopló con el doble de ganas. El fútbol se movía solito hacia la meta opuesta y en menos de veinte minutos nos pusimos siete a cinco. Lo increíble fue que no pudieron meterme ni un gol más. El esférico parecía imantado por mi cuerpo. Ante un inminente bombazo, solo atinaba a protegerme con los brazos, correrme a un costado y cerrar los ojos. El balón me pegaba entonces en la cabeza, en la espalda, en las nalgas y se escapaba al córner. Con las extremidades coloradas y un ardor que me llegaba hasta el apellido, sentí la creciente admiración de mis compañeros. Un valor y un orgullo inusual penetraron a mi cuerpo. En los diez minutos postreros, salí a enfrentar la pelota y me revolqué agrandado por los siete metros que separaban los palos. Creyéndome protegido por un ángel guardián que se estaba divirtiendo conmigo, atajé hasta las ideas de gol de los rivales.
Faltando treinta s
egundos, con el partido empatado, el bombero pitó un penal inexistente y en el colmo de la caradurez, recuerdo el gesto como si fuera hoy, levanté la mano indicándole a los míos que no tenían de que preocuparse. Dicho y hecho, ni siquiera me moví, el furioso pelotazo me pegó en la boca del estomago y caí hecho un ovillo con la pelota atenazada entre mis manos. No quedó ni una gota de aire en mis pulmones, si hasta me desmayé por unos instantes.
Al recuperarme, me vi arrastrado afuera de la cancha a los tirones. Incorporándome como pude, salí huyendo junto a los otros, buscando la protección del barrio Comercio. Las piedras volaban silbando sobre las cabezas y una artillería de insultos taponaba nuestros oídos.

Una vez seguros en la Propulsores Alvearenses, fui recipiente de felicitaciones y recibí halagos de los más diversos. Me enteré que luego del penal atajado, tras una rápida combinación entre el rata y el cabezón, nos pusimos ocho a siete, lo cual desató el infierno.

Les juro que jamás me sentí tan feliz e importante como durante esos momentos en que, sentados sobre la verja de la 172 (la casa de la Chola), comentábamos las curiosas incidencias del partido vivido.

Cuando nuestro mejor delantero, el viento Zonda, amainó aquella tardecita y cada uno retornó a su casa, quedo allí enterrado para siempre un flacuchento de anteojos, tímido e inseguro.
 
Nos encontramos en una semana San Rafael querido. Buena suerte, amanecerá y veremos...
W.G.G desde Miami
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