De la India, el monumento al amor eterno

Un recorrido fantástico, por un sitio donde la realidad más contundente y la magia del sentimiento eterno se conjugan en un monumento centenario: el Taj Mahal. La India, a la manera de Federico Chaine

Mi viaje a la lejana India no tuvo un inicio feliz. Había sacado pasaje por Continental Airlines para llegar a Nueva Delhi vía Houston y New York, partiendo de Buenos Aires. Ya en Ezeiza y listo para embarcar me informan que necesitaba visa estadounidense solo para estar 6 horas sentado en el aeropuerto de Newark esperando la conexión a Delhi. Un despropósito. Fue imposible razonar contra la paranoia persecutoria made in USA. Tuve que posponer el vuelo y cambiar a una aerolínea de Europa donde no existe la absurda y abusiva Ley Patriótica.

Además del tiempo y el dolor de cabeza me costó unos cuantos billetes de presidentes yanquis muertos el enroque del ticket a Air France. Partí una semana después de lo programado vía Santiago de Chile y París. En el vuelo disfruté de menú a la carta con champagne francés y una amplia selección de estrenos de cine en la pantalla táctil. Fue un periplo de 38 horas a través de 3 continentes. 


  En Delhi encontré hotel en Main Bazaar, la calle de los mochileros. Sin adaptarme al cambio de horario salí a recorrer Old Delhi, la parte antigua de la ciudad. Contraté un ciclorickshaw, hombre en bicicleta que tira un carro para dos personas. Las callejuelas atestadas son imposibles de surcar en auto. Fue el primero de los muchos rickshaws que tuve que negociar durante el mes y poco de viaje.

                                                                   (callejuela, una de las miles;a la vuelta, mi hotel)

(un rickshaw, o sea..una bicicleta a tracción humana)

 La primera parada fue en un templo hindú al que vi desde afuera ya que solo ingresan sus fieles. Al lado vi un hospital de lo más extraño: un nosocomio exclusivo para pájaros. Obviamente no hay camas sino jaulas donde se reponen los alados pacientes. A poca distancia, entre calles que se cortan, doblan y comunican a su vez con otros callejones detecté la enorme Jama Masjid, la mezquita más grande de la India. Fue terminada en 1685 y tienen capacidad para 25 000 fieles. Se puede ingresar pero hay que quitarse el calzado. Otro ritual que tuve que repetir varias veces. La mezquita se utiliza los viernes, que sería el domingo de los musulmanes. En ciertos sectores las mujeres solo ingresan acompañadas de un hombre.


  Casi enfrente está el colosal Lal Quila. (en la foto de arriba) Es un fuerte con murallas de hasta 33 metros de altura y 2 kilómetros de extensión. Lo mandó a construir Sha Jahan el mismo Emperador que ordenó el Taj Mahal. En el mástil de la Puerta de Lahore flameó por primera vez la bandera india luego de la independencia de Gran Bretaña el 15 de agosto de 1947.

Cambié el ciclorickshaw por un taxi para ir al Shanti Vana (bosque de la paz). Allí se encuentra el Raj Ghat donde fue cremado el Mahatma Gandhi tras su asesinato el 30 de enero de 1948. Una base de mármol negro con flores y una llama eterna recuerdan al “Padre de la India”. Muy cerca corre el río Yamuna donde se arrojaron sus cenizas. Es un lugar de peregrinación para los indios. También tuve que sacarme el calzado para entrar.

 

(a ¿lomo? de un elefante en Delhi)

A la salida de Raj Ghat se dio uno de los momentos más divertidos cuando dos conductores de elefante me invitaron a dar una vuelta encima de la bestia. Uno de ellos hizo que el animal se sentara y el otro enrolló la cola que me sirvió de escalera para trepar al sillín del lomo. El que hacía de conductor me dio la mano y así me impulsé hacia arriba.

Pasear a lomo del arrugado paquidermo fue sentirme como un Marajá en una de las pintorescas películas de “Bollywood”. El vértigo no lo da la velocidad, sino la altura desde donde se domina todo. 

Al momento de bajar, el bicho se pone de rodillas e inclina la cabeza hacia el suelo y hay que dar un pequeño salto. Obviamente la invitación no fue tal y tuve que repartir unas cuantas rupias a los agradecidos conductores. 

 

 Otro periplo de 15 kilómetros hacia el sur de la extensa Delhi hasta el complejo de Qutb Minar (foto derecha) que es el minarete más alto del país con 72 metros. Conmemora el inicio del dominio musulmán en 1193. La base tiene 15 metros de diámetro y la cúpula solo 2,5. Un rayo lo dañó en 1368 y más tarde los británicos lo arreglaron pero quedó torcido y parece la Torre de Pisa pero roja y tres veces más alta.

Hay ardillas por todo el lugar que se acercan si les das algo de comer. El jet-lag ya me estaba afectando  y decidí volver al hotel. En el camino de regreso estuvimos 20 minutos esperando que una vaca se corriera del medio de la calle. Son sagradas y no se pueden tocar. Si alguien las molesta pagan con 6 meses de cárcel.

En los últimos metros hasta el hotel me topé con otras vacas que comían verdura en un mercado callejero. La escena se reiteró todo el viaje y dejó de ser algo novedoso. Te vas acostumbrando al ritmo de estas mega-ciudades caóticas  pero cuesta al principio. No es un destino para primerizos. Hay que estar fogueado. El graznido de los cuervos también se vuelve habitual. Son carroñeros que cumplen su función comiendo toda la basura que se va juntando ya que no existe servicio de recogida municipal. Todo queda tirado en las calles. Las ratas, tamaño portaaviones, también ayudan en ese sentido. Andan por todas partes y algunas te miran con descaro mientras comen cualquier porquería.
 
  Al otro día recorrí la New Delhi trazada por el arquitecto británico Sir Edwin Lutyens. Aquí vemos grandes avenidas, parques y calles señalizadas. Un trazado urbano ordenado. El corazón comercial de la ciudad es Connaught Place, una gigantesca plaza circular con tiendas estilo occidental. En la calle Jan Path están los hoteles de lujo. Cada coche que ingresa es detenido y revisado por debajo con espejos en busca de bombas adheridas. Los grandes hoteles son el blanco preferido de los terroristas.

(Portón de ingreso a la residencia del Primer Ministro)

Fui hasta el Rashtrapati Bhavan, la residencia oficial del Primer Ministro. Es un palacio de ¡340! habitaciones. Solo para cuidar los jardines se emplean 50 personas. Cerca está el parlamento y las delegaciones oficiales. Es el corazón político de la nación. Al final de una avenida está la Puerta de la India, un arco de 42 metros que conmemora a los caídos en distintas guerras. Es un símil de Arco del Triunfo francés y sirve como lugar de paseo dominguero. En su alrededor los chicos juegan un picado pero no de fútbol sino de cricket, el deporte nacional, que ocupa los mismos minutos televisivos que el fútbol en Argentina. Demasiados. Todo el tiempo están hablando de cricket o transmitiendo algún partido. El ídolo es el capitán de la selección, Mahendra Singh Dhoni, a quien se lo ve en todos los carteles publicitarios.

(sitio con un caño de agua roto, donde aprovechan para bañarse y lavar ropa)


  Donde hay un espacio con agua o una manguera prendida en algún parque, habrá una familia bañándose y lavando la ropa. El agua corriente es un bien escaso en Asia y los humildes la aprovechan para sus necesidades. Ni les cuento de la gente hambrienta y deforme por distintas enfermedades que se ve tirada por todos lados pidiendo una rupia a gritos. Contra esa miseria hay que ir creando un estado mental para que a la larga no te afecte.

(Jaqueline Bouvier, Indira y su padre y el ex presidente JFK)

Las bocinas de autos, motos, rickshaws y buses son insoportables. Es el otro deporte nacional y te pone los pelos de punta. En algunas esquinas hay carteles pidiendo que no toquen tanta bocina. Otra visita interesante fue al museo de la ex Primera Ministra Indira Gandhi (sin parentesco con el Mahatma). Funciona en la casa donde vivía con su familia y atendía asuntos de estado. Se aprecian los regalos que recibía de otros dignatarios, objetos personales y la sala comedor que está tal cual quedó al morir. En una vitrina se exhibe el “sari” manchado de sangre, la cartera y las sandalias que llevaba cuando dos de sus guardaespaldas, de religión Sij, la acribillaron de siete disparos saliendo del jardín de su casa en octubre de 1984.

El sitio donde cayó fulminada está cubierto con una placa de vidrio. Su hijo Rajiv (en la foto, izquierda) la sucedió a su muerte y gobernó hasta 1989.

En 1991 hacía campaña electoral cuando una mujer suicida lo voló con una bomba en Tamil Nadu donde además murieron otras 15 personas.

 Las zapatillas y el pantalón destrozado y chamuscado que utilizaba en el momento fatal también se observan en una vitrina del museo. Una familia desmembrada violentamente. .

  Los baños públicos escasean y es común ver, y oler, los sitios donde cualquiera orina a la vista de todos de día o de noche. Se acumula tanto líquido que en algunas esquinas te obliga a cambiar de vereda. Los monos son otra compañía permanente. Están por todos lados pero no molestan aunque si te ven comiendo una banana te vienen a pedir. En Chelmsford Road vi a un hombre de mediana edad acostado sobre el asfalto y los coches le  pasaban a escasos centímetros. Pregunté qué hacía y me dijeron que buscaba suicidarse. Hasta que me alejé seguía con vida pero es bastante probable que haya conseguido su objetivo. Tratando de asimilar todo este shock ambiental dejé Nueva Delhi con sus 11 millones de habitantes y viajé 196 kilómetros al sur a la ciudad de Agra, cuna del Taj Mahal.

(atardecer en Agra, cuna del monumento al amor)

  Es más pequeña que Delhi pero no menos agitada. Fue capital de la India en los siglos XVI y XVII. Me alojé en el hotel Kamal, en la zona del Taj Gang, por solo 8 dólares diarios y con mejor panorama que un cinco estrellas. Desde su terraza le eché el primer vistazo al Taj Mahal, maravilla de la humanidad.

A unos 300 metros en línea recta brillaba radiante el mausoleo de puro mármol blanco. Hice algunas fotos desde allí y al otro día entré al complejo. Hay que pagar 750 rupias (15 dólares) para admirar de cerca el monumento que simboliza el amor eterno. Lo erigió Sha Jahan en memoria de su esposa Mumtaz Mahal muerta de parto en 1631. El dolor fue tan grande que decidió inmortalizarla con la tumba más hermosa jamás construida. Las obras demoraron 22 años, entre 1631 y 1653.

Cuenta la leyenda que a muchos obreros les cortaron las manos o los pulgares para que no pudieran volver a construir algo tan perfecto. Es un edificio simétrico de mármol de Jodhpur traído a lomo de elefante desde 300 kilómetros. La cúpula en forma de bulbo alcanza los 73 metros. El delicado trabajo en “pietra dura” incrustado en el mármol estuvo a cargo de artistas italianos. Las puertas están inscriptas con frases del Corán y las paredes adornadas con jade, ágatas, lapislázuli, madreperlas y diamantes. Sha Jahan no escatimó en nada. A precios actuales la obra costaría hoy unos 60 millones de dólares. 

(aqui descansan )

 Ingresé por la puerta sur y el primer vistazo te deja boquiabierto. Se levanta majestuoso entre jardines persas y fuentes  de agua sobre una base de 100 metros de largo. Ahí nomás te gastás unas cuantas fotos. Está prohibido ingresar con mochila, trípode, cigarrillos, celular, alimentos y bebidas. Por cámara de video se paga un suplemento. Caminé alrededor del mausoleo admirando el trabajo externo y después me metí. Hay que dejar el calzado en un guardarropa ya que es templo musulmán. Me quemé bastante porque eran las tres de la tarde y el piso de mármol estaba hirviendo. Dentro del recinto no hay luz artificial, solo la que se filtra por los altos tragaluces de la cúpula central. Allí abajo descansan Sha Jahan y su amada Mumtaz Mahal.

 En el lado oeste hay una mezquita que se utiliza los viernes cuando el Taj Mahal cierra a los visitantes no musulmanes. Me senté en un banco a esperar la mágica hora del atardecer cuando el mármol va mutando su color al reflejar los rayos del sol poniente. Pasa de blanco a rojizo y después a un suave dorado para terminar en tono azulado cuando el día se rinde ante la noche. Conmovedor. Algo que recomiendo disfrutar una vez en esta vida. El escritor Rabindranath Tagore lo describió soberbiamente como “Una lágrima de mármol detenida en la mejilla del tiempo”. La visita termina cuando unos guardias con silbatos anuncian que hay que retirarse. Se cierran las puertas hasta la mañana siguiente cuando otras miles de almas vuelvan a quedar encantadas con el romántico edificio de 358 años como si fuera un cuento de las mil y una noches. 

(parte de la ciudad "fantasma" de Agra)

 Cuarenta kilómetros al oeste de Agra se alza la “ciudad fantasma” de Fatehpur Sikri. Se accede luego de una tortuosa hora y media en un destartalado bus. En la parada conocí a Danielle, una holandesa que también viajaba sola y juntos partimos a la enigmática ciudad terminada en 1528. Fue el centro del poder del Emperador Akbar durante 16 años. No tuvieron en cuenta la falta de agua en la zona y la ciudad entera fue abandonada. Tenía mezquita, palacio, establos, colegios y bellos jardines. Hoy luce silenciosa y envuelta en misterio en lo alto de la loma donde fue construida. El paisaje desde allí es soberbio. Te invade una rara sensación al caminar entre los edificios solitarios e imaginar que alguna vez estuvo llena de vida.

 

Volví al hotel y tuve que esquivar una vaca blanca echada en la entrada. Después de cenar en la terraza con la estupenda postal de un nuevo atardecer sobre el Taj Mahal preparé la mochila para la siguiente visita: la ciudad sagrada de Benarés a orillas del río Ganges para ser espectador del ancestral rito de la cremación.

 Lo dejamos para el domingo que viene.
 

Opiniones (1)
17 de noviembre de 2017 | 17:07
2
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17 de noviembre de 2017 | 17:07
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  1. Mi capacidad de asombro con los relatos de los maravillosos viajes de Federico se agotó. Este es sensacional ,India cuna de grandes filósofos y escritores,monumentos indescriptibles,cultura milenaria contrasta con el índice de pobreza en la que están sumidos sus habitantes. Una pena. !!Federico,que tus viajes nunca terminen!!!
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