La palabra justa

El testimonio de Angela, la hija de Paco Urondo, durante el jucio por el asesinato del poeta mendocino, motivó a nuestro columnista invitado a ofrecer esta reflexión.


                                                                                                                                       “Si ustedes lo permiten,
                                                                                                                                    prefiero seguir viviendo.”

                                                                                                                                 Paco Urondo (La Pura Verdad)

Aunque busquemos un lugar en el mundo, nada más peligroso que buscar un lugar en el mundo. Puede haber una emboscada.

Nada más peligroso que buscar las palabras y encontrarlas. Encontrar esa palabra que pareciera no estar, esa palabra justa. Justa en el blanco.

Quienes nos dedicamos a escuchar sabemos que esas palabras son molestas, pesadas, afiladas, íntimas, sutiles, dibujadas por un finísimo pincel de pelo de camello, desgarradas, olvidadas, recluidas, temidas, sordas, mudas, increíbles, discretas y solas. Palabras que escuchamos, y a veces repetimos, mientras quien las dice practica la sordera selectiva.

Pero si la sordera es colectiva el mundo se transforma en una piedra, la búsqueda de la palabra justa en búsqueda desesperada y el poeta en un guerrero. Así son los poetas. Pero entonces la piedra del mundo les puede caer en la cabeza. Y las rimas del amor y la vida parecieran ceder por un rato a los encantos de la muerte.

Tal vez Paco Urondo lo sabía. O sus poemas lo sabían y lo guardaban en secreto. Pero la palabra justa, si realmente es palabra justa, justa en el blanco, sólo se extraña para volverse eterna.

Para cavar pozos de vida en el plomo que anega el suelo. Para buscar cuerpos y otros cuerpos y más vida. Entonces la poesía, esas palabras solitarias, al borde del olvido, producen un milagro.

Y como allí había una mujer, una hermosa y valiente mujer llamada Alicia, es que vino Ángela. Niña alada que calló en esta ciudad, hoy más que nunca, ávida de Memoria, de Verdad y de Justicia.

Pero la Verdad y la Justicia empiezan por la Memoria y la Memoria es también una Musa, eso ya lo sabían los clásicos. Es como ver el pasado por un tragaluz. No hay anécdota sin su inspiración.

Así entendemos que alguien pueda narrar su vida desandando sus sueños. Que una niña encuentre sus nombres, entre amores y esquinas, de aquel que estuvo seguro de vivir en el corazón de una palabra. Y que su mirada se cruce con la de una mujer que desarma las ausencias.

Debo reconocer que me propuse escribir la pequeña crónica de un testimonio y comentar algo sobre lo que Ángela relató. Sin embargo me encontré con que en lugar de hablar de manera corriente y referir sin más algunas experiencias, utilicé imágenes, un poco imprecisas, algo barrocas y de modesta retórica.

A mi modo he declarado que el poeta permanece vivo. Ya que un poeta, si verdaderamente lo es, le gana a la muerte con sus palabras. Palabras que siguen latiendo en nosotros, en la realidad y por supuesto en sus retoños.

Así la niña alada podrá seguir escribiendo su Memoria a partir de sus sueños. No obstante ahora lo hará con Verdad y con Justicia. Maneras de encontrar que la palabra, justa, ha dado en su blanco. 

El autor es psicólogo.

Opiniones (1)
15 de diciembre de 2017 | 17:29
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15 de diciembre de 2017 | 17:29
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