45º aniversario del derrocamiento del Dr. Arturo Illia

"Forjar la democracia orgánica y progresista que debemos ser, la que nuestros antepasados presintieron y las jóvenes generaciones argentinas reclaman como prenda de paz y progreso", una de las comprometidas expresiones de don Arturo Illia, derrocado por el general Onganía el 28 de junio de 1966

Un 18 de enero de 1982 fallecía en Córdoba don Arturo Illia, con 82 años y una presidencia en su memoria. Había sido presidente de la Nación entre octubre de 1963 y junio de 1966, cuando lo derrocó un golpe militar ante la indiferencia, si no el aplauso, de gran parte de una sociedad que volvía a poner sus esperanzas en las espadas.

En pocos meses el gobierno del dictador Juan Carlos Onganía había entrado a palo y machete en las universidades, rebajado los salarios y devaluado el peso. Se terminaba un país en el que había crecido el producto bruto interno, había mermado la deuda externa y que dedicaba a la educación el porcentaje de su presupuesto más alto de la historia.

Illia no fue, ni por lejos, el político débil, ingenuo, indeciso que sus enemigos, y algunos de sus amigos, pero en especial la propaganda golpista de entonces hizo creer a gran parte de la sociedad. Es cierto que llegó al poder limitado por la proscripción del peronismo y con poco más del veinte por ciento de los votos. Pero las reglas para las elecciones de 1963 no fueron dictadas por Illia y sí fueron seguidas por todos quienes aspiraron a la presidencia, entre ellos hombres con concepciones políticas tan diferentes como el general Pedro Eugenio Aramburu y Oscar Alende.

No fue su supuesta debilidad lo que derrocó a Illia, sino algunas de sus decisiones de gobierno, como la de anular los contratos petroleros que favorecían a empresas norteamericanas, y sancionar una ley de medicamentos que afectaba los intereses de los poderosos laboratorios extranjeros. El proyecto de país de Illia no coincidía con el proyecto que el liberalismo pergeñaba en los cabildeos militares de los que participaba Alvaro Alsogaray, que llegó a proponer a su hermano, el general Julio Alsogaray, para suceder al presidente a derrocar, según el relato del historiador Gregorio Selser en un libro inolvidable, y casi inhallable, "El onganiato".

La historia rescata su austeridad, su honestidad, el haber vivido y muerto en la pobreza. El 26 de Agosto de 1966, once días antes del fallecimiento de la Sra. Silvia Martorell de Illia, el diario norteamericano 'The New York Times' publicó esta noticia: "El ex presidente argentino depuesto por el golpe de estado del 28 de junio último estaría en una dificultosa situación económica. Los amigos del ex mandatario están juntando fondos, en secreto, para ayudarlo. El doctor Illia cuenta con una pensión presidencial de 3.500 pesos mensuales, aproximadamente 15 dólares. Hace cuarenta años -explica un allegado- era una muy buena pensión; ahora sólo alcanza para cuatro comidas. El ex presidente vive actualmente con su hermano Ricardo Horacio, que se desempeñaba como su secretario personal, y ambos tuvieron que recurrir a la ayuda económica de unos parientes. Un amigo de Arturo Illia declaró que este pasa sus días a la cabecera de la cama de su esposa, gravemente enferma de cáncer y que no ve casi a nadie. Ni siquiera los más encarnizados enemigos de Illia pusieron nunca en duda su honestidad personal..."

Pero no es la austeridad, la honestidad, el haber vivido y muerto en la pobreza su distintivo. Es la obstinada convicción democrática de Illia el rasgo que mejor lo retrata hoy, cuando su partido atraviesa la mayor crisis de su historia.

Es también la cualidad que se rescató  al momento de su muerte, en los encendidos y tardíos discursos de homenaje con que se honró a un hombre que defendió siempre la democracia, aunque la democracia hubiese sido incapaz de defenderlo.

Daniel Salzano publicó, en el año 2003, en un periódico de Córdoba, un homenaje que aquí transcribimos:


"De los 63 años que tenía cuando asumió la presidencia, Illia Arturo Umberto había pasado la mitad en Cruz del Eje, donde llegó designado como médico del ferrocarril por Hipólito Yrigoyen.
Se levantaba con el pito de las seis y a las diez había que cebarle un par de mates. Esas cosas en el pueblo se sabían. Lo mismo que el contenido de su guardarropa: una corbata roja con leoncitos y un traje azul marino donde cargaba muestras gratis, apretadas como puños en todos los bolsillos.
A veces le pagaban con gallinas y a veces pagaba él la nafta que consumía la ambulancia. De noche, cuando el cucharón de la luna se derramaba sobre el pueblo, jugaba unas manos al chinchón, se daba una vuelta por el comité y, antes de dormir, leía a Krause. O a Weber. O el Patoruzú.
Cada vez que debía ausentarse para cumplir con sus obligaciones políticas, en Cruz del Eje le organizaban una cena de despedida cuyo menú incluía mayonesa de ave, paella a la valenciana, flan con crema, vino de la casa y agua mineral San Remo.
En 1963 se despidió desde la cabecera con una reverencia y acompañado por dos mariposas que volaban en círculos alrededor de su cabeza, viajó a Buenos Aires para ocupar la Casa Rosada.
Tres años más tarde lo derrocó un batallón de tanques porteños al mando de un general vestido como Patton. Illia lo enfrentó con el traje azul y un ejemplar de la Constitución en la mano. Ríndase, general.
Al cumplirse diez años de su muerte voy a rendirle un homenaje, doctor. Estos son los hombres que lo sucedieron en el cargo desde su destitución: Onganía, Levingston, Lanusse, Cámpora, Lastiri, Perón, Isabel, Luder, Videla, Viola, Galtieri, Bignone, Alfonsín, Menem, De la Rúa, Camaño, Puerta, Rodríguez Saá y Duhalde.
Ríndanse


Y en este homenaje-recuerdo a la honestidad, al cumplimiento irrestricto del deber público, a la humildad de un gobernante (que desplazado del gobierno volvió a su pueblo como un vecino más) uno de los monólogos de Santiago Varela, que hizo popular el humorista Tato Bores y que, en el tiempo, ha sido el homenaje más sentido que un hombre de la Democracia ha despertado y merecido

"... La cuestión es que en el año `63 le tocó el turno de vuelta a un presidente constitucional y apareció Don Arturo Humberto Illia, uno de los pocos cordobeses nacidos en Pergamino que se conocen. Don Arturo Humberto Illia nombro como Ministro de Economía a Don Eugenio Blanco que muere en el cargo y entonces mi gran amigo Juan Carlos Pugliese asume como Ministro de Economía - empieza, mejor dicho, su carrera como Ministro de Economía suplente en todos los gabinetes radicales -. Pero como las cosas buenas duran poco tiempo, antes de cumplir los tres años los muchachos de la (haciendo el signo de una insignia militar en el hombro izquierdo con los dedos índice y mayor de la mano derecha) viñeta le dan el raje a Don Arturo Humberto Illia y designan, en elecciones limpias, y por u-na-ni-mi-dad - 3 votos - a Don Juan Carlos Ongania.
 
El hecho de que Don Juan Carlos Ongania en la época del enfrentamiento entre azules y colorados haya sido azul - y legalista - y después se convirtió en golpista - y de hecho, colorado - es porque a veces, la gente, des-ti-ñe.

La cuestión es que a Don Arturo lo rajaron porque decían que era muy lento, que era una tortuga. Ahí tuvimos un cacho la culpa todos porque los sindicatos, la C.G.T. le tiraba tortugas en Plaza de Mayo, los medios en contra, los periodistas en contra, los humoristas le hacíamos chistes - éramos una manga de boludos que pa' que' le via' contar -; porque el problema no era que Don Illia era lento: el problema es que los que vinieron después fueron... fueron rápidos, y fuimos derecho pal' cara...melo, fuimos, pero bah, pero rápido!

Claro, no todo fue negrura en aquellos años porque en el `66 hubo avances: porque después de la "Noche de los Bastones Largos" cerraron todas las facultades y entonces todos los investigadores, científicos, matemáticos, laburantes de las neuronas avanzaron: avanzaron hacia la frontera y se las tomaron y no volvieron nunca mas. Después, apareció algún premio Nobel que volvió: a saludar a la familia y se las volvió a tomar, total...! ..."


 

Un 28 de junio de 1966, la Nación dio un paso más hacia el vacío. De ese error inexplicable, aún la comunidad del país no ha recuperado íntegramente sus dolores. Y aún le debe, al Doctor Arturo Illia, el homenaje que la honestidad y la humildad en la función pública requieren
 

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