Las historias de vacaciones de nuestros lectores

El primer viaje "a dedo" que incluyó la señal de la cruz frente a una ¡municipalidad!, el relato de una travesía que pasó de los libros a la realidad, el ladrón en Brasil cuyo botín fue una caja de pizza, un viaje de fin de año con valijas extraviadas –pero final feliz-, y una descripción bellísima y a fondo de Madrid, son algunos de los simpáticos y emocionantes relatos de la comunidad lectora de Club House.

Nuestra Revista celebró sus siete años con un concurso a partir del cual invitamos a todos nuestros lectores a enviarnos una anécdota o vivencia relacionada con alguna de las temáticas de nuestra publicación.

Recibimos más de 200 anécdotas e historias con temas tan variados como un viaje, algún consejo de decoración, una historia de construcción de una casa, la receta preferida, tips sobre belleza, salud… en fin, muchas y diversas vivencias. Hace algunas semanas comenzamos a publicar los relatos que nos enviaron. Hoy les toca el turno a los que tienen que ver con las vacaciones. ¡No te pierdas la semana que viene la próxima y última entrega de historias!

Aclaración: Los textos tienen correcciones ortográficas solamente.


La señal de la cruz ¡frente a una municipalidad!

La mañana pintaba buena, eran las 8 y ya estábamos en Berrotarán (provincia de Córdoba). Habíamos partido temprano de Córdoba Capital.

Era nuestro primer viaje “a dedo", junto al amigo "Pájaro", intentábamos unir Córdoba  con Mendoza. Éramos estudiantes y la familia nos llamaba desde la tierra del sol y del vino.

En el entusiasmo de la buena perfomance y en agradecimiento, opté por hacer la señal de la cruz, frente a un edificio, que miré de reojo.

Entonces el amigo Pájaro me dijo "yo acostumbro a persignarme frente a las iglesias y no frente a la municipalidad".

Para mi sorpresa verdaderamente, estábamos caminando frente a la municipalidad de Berrotarán. Nuestras risas tienen que haber despertado a varios cordobeses.

Aquella anécdota nos unió en aquel “viaje a dedo” y en una gran amistad.

Eduardo Marín

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“Viajar por nuestro extraordinario país es aún mejor si se hace en compañía de amigos”

Mi libro de lectura de quinto grado de la Escuela Primaria relataba un viaje en automóvil realizado por una familia desde Buenos Aires a Capilla del Monte, con el cual quedé maravillado e imaginariamente lo realicé un sinnúmero de veces.

En las vacaciones de julio de 2005 con mi hermana Teresa y unos amigos viajamos a Carlos Paz y una de las excursiones que tomamos nos llevó a Capilla del Monte.

Viví aquel viaje con la misma intensidad y emoción que de niño. Ya en Capilla del Monte, precisamente en El Zapato, encuentro a mi hermana con una de las amigas que estaban con un chico que tenía un burrito dispuestas a sacarse una fotografía. Entre risas, cambiaban opiniones sobre cuál de ellas se subía al animalito y de qué forma se sentaban. Mi amiga me invitaba para que las acompañara en la foto. Yo extasiado por haber cumplido mi deseo tantos años esperado disfrutaba del lugar, haciendo caso omiso a la invitación.

En un determinado momento advierto que luego de algunas indecisiones las chicas se ubican al lado del burrito esperando la mencionada fotografía, cuando escucho que el chico les pide la máquina fotográfica, a lo que ambas le responden que no tienen máquina y que creían que con los dos pesos que le habían dado estaba incluido todo. El chico les responde que solamente les prestaba el burrito y les sacaba la foto.

De más está decir las risotadas que desencadenó la situación ante la expectante mirada del chiquillo.

En el viaje de vuelta de la excursión, en el comedor del hotel donde nos hospedábamos, y con otros amigos con los que nos juntábamos después de cenar a jugar a las cartas, la situación volvió a ser objeto de comentarios y las risas volvieron jocosamente a nosotros.

Aún hoy, cada vez que estamos juntos recordamos o contamos la anécdota vivida en aquel lugar objeto de una parte de mi tan ansiado viaje a Capilla del Monte.

Viajar por nuestro país es llenar de gozo nuestros espíritus recorriendo sus maravillosos lugares y más cuando hemos visto -como en este caso- realizado un deseo largamente esperado.

Amigos de Club House los invito a viajar y disfrutar lo que nos ofrece este extraordinario país, pero más aún si lo hacen en compañía de amigos, porque las experiencias compartidas, aún las más simples, quedan plasmadas en el recuerdo.

Alberto Cuello

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Valijas extraviadas y un año nuevo feliz

Planeamos por mucho tiempo un viaje soñado a algún destino caribeño. Sería las vacaciones increíbles y las expectativas eran enormes.

Nos embarcamos en Mendoza hacia el caribe colombiano, para ello debíamos hacer 4 escalas y trasbordar ese número de aviones. Inexpertos y exageradamente precavidos pensamos que sería más seguro ir recibiendo las valijas en cada escala y cambiándolas nosotros mismos de avión, en lugar de enviarlas directo a Colombia como nos aconsejó la empleada de la aerolínea en Mendoza.

Llegados al aeropuerto de Cartagena de Indias y extenuados después de casi 24 horas de traslados aéreos, esperábamos en primera línea nuestro equipaje.

Las valijas se iban descargando... y las nuestras ¡no aparecían! Nuestra desesperación iba en aumento en la misma medida que las valijas iban desapareciendo en las manos de cada dueño. Las nuestras no daban señales de vida… Íbamos y veníamos de otras cintas donde descargaban equipajes, hasta me trepé a una y salí transportada hacia afuera para ver si habían quedado en algún carro. Cuando la cinta quedó vacía, nos miramos y entonces...

Mi hija lloraba, mi marido discutía con los empleados, y yo estaba angustiada pensando en que sólo quería bañarme y cambiarme y no podría hacerlo.

Nos dirigimos fuera de sí a la oficina de la línea aérea, no sin antes recriminarnos entre nosotros el exceso de recaudos al trasbordar innecesariamente los equipajes y el estrepitoso fracaso que significó.

En la oficina estuvimos horas rastreando el equipaje... No sabían si estaba en Cuba, Miami ¡o París!

Luego de 4 horas de rastrear sin suerte las valijas tuvimos que irnos al hotel con la promesa de que lo buscarían. Pasaron así ¡3 días! El equipaje no aparecía... Las playas del caribe colombiano las mirábamos desde el borde y apenas nos arremangábamos los pantalones para mojarnos los pies... Al tercer día mi hija y yo nos metimos casi en ropa interior al mar porque ya dábamos todo por perdido...

El tercer día de esperar infructuosamente el equipaje fue 31 de diciembre, y habíamos preparado atuendos especiales blancos para esa noche... Por supuesto aún estábamos con los jeans y zapatillas desde que habíamos salido de Mendoza, siendo las 21:30 y ya entrando al restaurante del hotel a “festejar” fin de año... nos llaman desde conserjería que nos buscaban en el lobby...

Bajamos 15 pisos corriendo por las escaleras y ahí estaba la empleada de la aerolínea con nuestras valijas y un ¡FELIZ AÑO NUEVO! Nos abrazamos entre nosotros y con la empleada como si nos hubieran entregado el primer premio de la lotería, llorábamos emocionados y desesperadamente nos pusimos aquellas ropas que habíamos preparado con tanta ilusión desde la lejana Mendoza para recibir un nuevo año bajo el inmenso cielo caribeño.

Y esa noche brindamos por aquella silenciosa y escondida personita de la oficina de la aerolínea que se quedó fuera de su horario de trabajo y le quitó horas de festejo a su familia por llevarnos las valijas y cumplir no ya con una obligación administrativa sino con un gesto humano increíble.

Beatriz Sanchez

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El ladrón y la pizza

Corría el mes de octubre de 2005 cuando con un grupo de amigas nos dispusimos a participar de un Congreso para Mujeres que se realizaba en Curitiba - Brasil. Teníamos un programa muy cargado con lo cual cada noche cenábamos bastante tarde en algún lugar que nos quedase a mano del hotel, una de esas noches al salir de Pizza Hut decidimos acompañar a una chica del grupo que se alojaba en un hotel a un par de cuadras del nuestro, íbamos caminando muertas de risa, contando anécdotas, cuando de repente un hombre que parecía no estar en su sano juicio, mientras sacaba un cuchillo nos pedía la plata con una actitud muy amenazante. Ya que éramos varias, un par de nosotras salió corriendo para buscar ayuda, otra quedó paralizada, otra le decía que "ni loca" le daba el dinero mientras abrazaba su cartera y otra comenzó a ofrecerle la caja que traía en su mano con una porción de pizza sobrante de la cena (con lo que habíamos hecho muchos chistes acerca de si la iba a comer en el desayuno). Finalmente el hombre casi resignado de que no iba a poder llevarse nada, tomó la caja con la porción de pizza y se fue muy tranquilo.

Analía Morales

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Equivocaciones, tránsito cortado e inclemencias climáticas…

Mi anécdota tiene relación con un viaje realizado recientemente a Capital Federal. El viaje de ida, salvo algunas equivocaciones con las calles, fue aceptable. El problema surgió en nuestro regreso. Resulta que viajamos en auto, salimos de Capital Federal con buen tiempo y horario. Pasando la 9 de Julio, retomando la autopista para llegar a la ruta 7, nos encontramos con que el tránsito estaba cortado porque estaban arreglando la calzada, entonces tuvimos que encontrar un camino alternativo.

Resulta que nos perdimos, y luego de 40 minutos pudimos retomar la autopista. El viaje no terminó ahí, debido a que a 60 km de allí comenzó la tormenta más terrible que vi en mi vida. Hicimos varios km, hasta que encontramos una estación de servicio donde refugiarnos, pero tuvimos que seguir camino, ya que según los lugareños, las tormentas allí pueden durar un día completo.

El tema es que pasamos todo Buenos Aires y Córdoba detrás de un camión que nos hacía espacio en la ruta, con tormenta, la ruta hecha pedazos, con una sola mano y sin iluminación. Al llegar a San Luis comenzó el granizo y tuvimos que esperar debajo de un puente a que se calmara. Retomamos el viaje y llegamos a casa luego de 16 horas de viaje, cansados y extrañando más que nunca a nuestra querida Mendoza.

Bibiana Cecilia Flamini

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Un paseo por Madrid y la más bella descripción

Una tarde fresca, aunque soleada, en Madrid es siempre la mejor referencia, para no andar por esta vida tan desorientada o, perdidos en ciudades sin nombre, que hemos inventado en nuestras siestas de la infancia, cuando dormir, o su simulacro, se volvía el imperativo categórico de una madre joven, pero cansada de ver los mismos platos sucios.
Madrid a pleno sol. A luz de sol quebrando los ángulos de las cornisas o, dividiendo en dos, en tres, la calle de Alcalá. A una hora en que nadie le importa que la ciudad se vacíe, más bien, se la vive con alivio. Como nos ocurre, a los que caminamos en horas inhóspitas, pegados a las paredes, temiendo que algún balcón se desprenda/desplome, sobre nuestras itinerantes cabezas.

Madrid, a ciertas horas huele a acacias, a tinta de postales del Prado, a pescado frito, ajo de gambas mezcladas con el polvo urbano que sopla alguna esquina, a estatuas ecuestres de algún rey cornudo o tullido, a Plaza Mayor, con terrazas donde se derrama cerveza, mosto, o un tímido cortado, calles húmedas de tan estrechas o, estrechas por húmedas, vaya una a saber, a plazas sin niños. ¿Dónde se han ido todos los niños en esta ciudad de grandes?

Libros de la Biblioteca Nacional, que algún día empezarán a caer por los cientos de ventanas, a perfumes parisinos en Recoletos, a aceite espeso de Atocha (pulmón que respiran los trenes que ponen y sacan gentes). Ramón del Valle Inclán a punto de dar un paso que jamás conseguirá, a Francisco Umbral hablando con voz umbrosa en el Gijón literario del siglo. Aznar, paseando por la década de liberalismos con corbatas, de movicom y veranos mediterráneos, a tulipanes, jazmines y claveles, en el Real Jardín Botánico, a la fuente de Parque Retiro, donde las palomas remojan sus picos, a Puerta de Alcalá sin cerraduras.

Pero de tantas cosas que huelen a Madrid, hay una que no fue creada para el olfato sino para mirarla: La Cibeles. Está ahí siempre, dejando que la observen desde los coches que la circundan o, desde alguna de las esquinas. ¿A quién mira la Cibeles?, ¿en qué confín desconocido se le quedó la memoria?. Espiarla desde el Banco Central, es casi como verla salir rodando en su carro, en dirección a la Puerta del Sol, ¿o de compras al Corte Inglés?

Marcela Muñoz Pan
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20 de agosto de 2017 | 18:05
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20 de agosto de 2017 | 18:05
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