Hagamos memoria: la historia se repite

Por estos días, es noticia la ceniza del volcán Puyehue. Pero los sanrafaelinos tienen, en la memoria colectiva, la caída de la ceniza allá por 1932. Entrá a la nota y rescatá esos momentos, según lo describe la Historiadora María Elena Izuel

El 10 de abril de 1932 amaneció como cualquier otro día de otoño, algo nublado,  el sol asomaba de a ratos, todas las  personas salieron para cumplir con sus actividades. Los niños que asistían a clase al turno de la tarde, llegaron a la una a la Escuela y poco después comenzó a caer algo que no sabían definir, nieve no era,  eran  pequeñas partículas grises, que parecían suaves, pero al tocarlas con los dedos lastimaban.


Como se iba haciendo de noche,  los docentes de todas las escuelas despacharon a los niños de regreso a sus casas. A las 14 horas era ya noche cerrada y no se veía absolutamente nada, algunos comentaron que ni tan siquiera veían la mano delante de los ojos. Los niños que habían venido a las escuelas a caballo, montaron en ellos y dejaron que estos solos caminaran y pudieron regresar a sus casas. Los trabajadores, que se habían trasladado a otros distritos, no sabían cómo volver, pero los caballos sí sabían, de modo que soltaron las riendas y el caballito con paso seguro, los llevó de vuelta a sus casas. Los que tenían coche y  salieron con ellos a buscar a sus hijos o quisieron regresar a sus casas, no pudieron hacerlo, porque todos los motores se fundieron.

En el campo la gente se acercaba a los negocios que tenían teléfono, para que preguntaran a la ciudad qué es lo que pasaba, pero los teléfonos no respondían, la comunicación estaba cortada.

Todo era confusión, nadie entendía nada y seguía cayendo ese suave manto silencioso que iba cubriendo todo, tal como había cubierto al sol.

La gente comenzó a refugiarse en casas grandes, cada uno llevaba comida y así decidieron encerrarse y pasar lo noche o el tiempo que durara la caída de la ceniza, todos juntos, dándose aliento unos a otros. Esto ocurrió en casi todos los distritos, la gente se reunió para tomar fuerzas entre todos.

Los que habían ido hasta la ciudad regresaron, pese a la oscuridad, en sus coches, que se fundieron todos y debieron hacer el último tramo a pie.

Al día siguiente las cosas mejoraron, ya no caía ese polvo suave, pero abrasivo,  que ya sabían era ceniza, pero que no sabían por cuánto tiempo caería.

El sol salió muy pálido y la gente intentó caminar por calles y campos, que estaban cubiertos de cenizas. Al levantarse la ceniza comenzaron a toser y eso duró por muchos días,  las afecciones respiratorias fueron  frecuentes, como así también las irritaciones  en los ojos, sobre todo para quienes  tenían que caminar muchos km por los sitios con cenizas; hubo casos muy graves por estas afecciones.

(una vista del Descabezado)

El peso de la ceniza en los techos comenzó a preocuparlos, porque las construcciones no estaban preparadas para resistirlo y mucho menos pensando que pudiera llover,  de modo que tuvieron que subirse a los techos y bajar la ceniza.

Si llovía se transformaría en una especie de cemento: era imprescindible bajarla.

En San Rafael en ese momento, la principal ocupación era la ganadería, ¿cuántas cabezas de ganado se vieron afectadas? No lo sé. Sé que todos los campos quedaron cubiertos de una capa de poco más de 15 cm de ceniza, los pastos bajo la ceniza y la ganadería era a campo abierto, por lo que no había ninguna protección, ni tenían existencia de fardos de pasto para alimentarlos.


Otro problema fue la falta de agua, los arroyos traían ceniza y si bien en un primer momento el ganado no comió ni bebió, cuando el estómago lo exigió, debieron hacerlo y eso les afectó mucho el estómago y murieron. Sólo conozco un dato numérico:  don Arturo Blanco perdió 20.000 ovejas. Esa sola cifra puede indicarnos  los alcances de las pérdidas.  Tras la ceniza se revirtió la economía de la zona y nunca más volvió a ser ganadera como lo era antes, la ceniza dejó una capa que en contacto con el suelo lo fertilizó, le aportó azufre, fósforo y otros elementos, que favorecieron el desarrollo de la agricultura, que si bien ya estaba establecida, no se había desarrollado en todo el oasis.

¿Qué había pasado? Luego de los primeros momentos de terror, (algunos creían que era el fin del mundo), supieron que era la ceniza de un volcán, cuando se aclaró el cielo y se pudo viajar hasta el centro de la dispersión de las cenizas,  se vio  que provenían del volcán Descabezado, ubicado íntegramente en territorio chileno, pero estudios posteriores determinaron que en realidad el que había entrado en erupción era el volcán Quizapú, cercano al anterior y perteneciente a la misma cadena de volcanes.

En el sur mendocino, nunca más cayó tanta ceniza, pero sabemos que sí lo ha hecho en Patagonia. Los volcanes están en la Cordillera y pertenecen al Anillo de Fuego del Pacífico, un círculo muy activo:  en cualquier momento pueden entrar en erupción. No debemos tener temor, sólo estar prevenidos por si vuelve a suceder, porque aunque no lo pensemos así: la Historia puede repetirse, una y  otra vez.

Prof. María Elena Izuel

(imágenes suministradas por la Profesora María Elena Izuel y de la red)

Opiniones (1)
16 de agosto de 2017 | 20:34
2
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16 de agosto de 2017 | 20:34
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  1. yo me acuerdo que misabuelos vivian en las malvinas y siempre me contaban de ese dia que cayo ceniza y veo esos carros y recuerdo tiempos pasado de la infancia , muy buena nota los felicito
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