Braceli, un mago de la palabra que te trae hasta aquí a tipos que siempre quisiste conocer

Rodolfo Braceli ha vuelto a Mendoza por unos días. Es inevitable una charla, un vino, un reproche y hasta -si se quedara por más tiempo- el mangueo de algún texto. Prefirió caminar por el centro que sentarse en una redacción. Y un buen sánguche en la Peatonal a un almuerzo top.

La cosa que empezó con la idea de un café siguió, acto seguido, con una caminata por el centro de Mendoza para recalar, al solcito, en un bar de la Peatonal. Jamón con tomates dentro de un pan árabe partido al medio y un vino blanco, seco, se constituyeron en el almuerzo austero de estos dos tipos.

La caminata por la calle San Martín se sumió en saludos de conocidos y desconocidos, de caras que “suenan” pero que es al pedo, están bastante diferentes de la que guarda el disco rígido de la memoria.

Rodolfo Braceli, gran tipo, poeta de poemas incendiados por alguna dictadura hace 50 años, periodista y maestro de periodistas, cronista, testigo de muchas cosas, provocador e instigador de momentos inolvidables, históricos aunque  imprescindibles, volvió a recorrer su calle en una fecha en la que había sido extraditado de su Buenos Aires de residencia habitual para ponerle onda a los cien años de la Biblioteca Alberdi de su Luján de Cuyo natal.

Es al pedo: a Braceli no se lo puede entrevistar. Se le puede invitar con un vino, un sánduche. Charlar sobre tal o cual cosa. Pero al entrevistarlo se corre el riesgo de fracasar ipso facto. Es él el que hace las preguntas y el que te empuja hacia un mundo y –como si se tratara la historia de Narnia- te saca y te mete en otra. El método Braceli, si es que lo hay, funciona como uno de esos tés de los chamanes latinoamericanos. No bien lo aceptás empezás a largar todo lo que llevás adentro.

Desmintiendo a los simplificadores, Braceli no es un gran entrevistador. Ni siquiera “el mejor”. Adjudicarle ese mote es  disminuirlo de su carácter de monstruo, o “mostro”, como le decimos por esta orilla cordillerana en donde el repertorio lingüístico se hiela y achica como en muy pocos otros lares.

Por eso mejor, comerse un sánduche y tomar un vino y esperar a ver qué viene. Y lo que viene es la vida, las emociones, los recuerdos. Y vienen hacia la mesa por puñados, mendocinos que les parece que es y se acercan a confirmarlo: “es”, le dicen, lo abrazan, lo invitan a comer, a asistir a espectáculos, a visitarse, a charlar, a pasear.

Pero entre el blanco y el jamón lo que carcome a este interlocutor es una tremenda duda, entre puntual y cholula; medio boluda pero de esas que hay que hacerlas cuando de da la oportunidad.

Pero para contarlo, antes hay que contextualizar: resulta que en el último –y magnífico, como su interminable lista de títulos- libro “Escritores descalzos”, Braceli, el visitante ilustre, ofrece a los lectores sus entrevistas con Gabriel García Márquez, Norah Borges, Abelardo Castillo, Fernando Peña, Woody Allen, Diana Bellessi, Eduardo Belgrano Rawson, Ray Bradbury y Jorge Luis Borges.

No debería constituirse en una novedad para quien está a acostumbrado a su estilo y, además, lo defiende y proclama como “el mejor”. Pero hay pasajes tan densamente trascendentes en sus diálogos con, por ejemplo, García Márquez, Ray Bradbury y Norah Borges, por citar los tres que más le impactaron al que esto escribe, que en algún momento se cruzó por la cabeza que era más literatura que periodismo.

Al hueso, sabiendo que lo que hacía podría resultar una “talibanada” injustificable, lo dije, aprovechando que Braceli, nuestro héroe, tenía la boca llena:

- ¿La nota… la nota a García Marquez, en “Escritores descalzos”, decime… ¿sucedió? ¿O es uno de tus diálogos ficticios?

- Pero ¡la pucha! –escupió un poco, Braceli, para salvar el asunto con un sorbo de Sauvignon Blanc-. ¡Más vale!

Y allí, el cielo con las manos: relató cómo fue que llegó a contactar, en su momento, al escritor que se negaba a hablar con algún periodista argentino porque eran demasiados los pedidos de entrevistas y no quería fallarle a nadie. Los apures a la protagonista de un libro (que siendo de carne y hueso armó el contacto), la sobrina del Nobel que intercedió hasta el momento final, el encuentro de 15 minutos que duró dos horas y que, tal como lo cuenta Braceli en su libro, vale por el libro completo.

Un detalle, una cosa del niño que todos llevamos adentro: “Mientras merodeaba la casa de Gabo en Cartagena de Indias –cuenta Braceli- sin que nadie atendiera a los llamados, rodeé el muro tocándolo con los nudillos. Detrás de esas paredes estaba García Márquez”.

Braceli está en Mendoza como muchas veces, que resultan pocas. “Bueno, quisiera cenar, pero es que las cenas son de a una por vez. Habría que ver cómo juntar a todos en una misma y así puedo hablar con todos”, propone con cierta ingenuidad pero con muchas ganas de que pueda suceder.

Será así, tal vez. Volemos por San Martín hasta Las Heras. Lo llaman desde una radio, desde un diario. Gente que lo conoce le fue sumando cenas a la agenda. “Me voy a dormir un siestón”, amenaza y condiciona, mendocino al fin a pesar del exilio porteño, a una periodista que lo apura por teléfono.

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