Por los confines del Angel Gris

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats; hoy reside en Miami y colabora con Mediamza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas dominicales.

El año fue el 88, o quizás principios del 89, no exijan a mi memoria datos precisos. Teníamos en FM.Capital un programa producido por Cachito Correa. Todos los domingos, comenzando al mediodía, recorríamos por el rio Paraná las costas aledañas a la capital entrerriana. Íbamos a diferentes balnearios entrevistando a la gente que buscaba refrescarse del húmedo y extenuante verano litoraleño.

Aquel día estábamos en Los Arenales (o tal vez en la Toma Vieja), el travieso tiempo baraja las playas. Como a las tres, comimos un asado bastante particular, una ristra de chorizo con abundante queso provolone. Eso sí, todo acompañado por un delicioso Termidor tetrabrik (¿o era un Toro viejo?). Después de un momento de reposo, hicimos las notas acostumbradas y subimos a un barquito alquilado. Creo recordar en aquel grupo, además de Cacho, a Marcelo Manucci y a Marcelo Macarone, mi operador preferido.

Allí lo crucé por primera vez. Era el capitán y única persona presente en la barcaza. Nos dio la bienvenida con una sonrisa franca, plantada en un rostro gentil. Flaco, altísimo, con una barba gris y enrulada. Llevaba un gorrito azul (tipo piluso), limpio pero cuarteado por los años. Su voz, áspera y profunda, pronunciaba con modulación de orador consumado cada silaba. Los ojos de un celeste perturbador, parecían contener al mismo universo.

—¡Adelante amigos míos! Pónganse cómodos, —nos dijo señalándonos el interior de la nave.

Luego me miró y agregó sin tutearme, pese a que me debía llevar unos cincuenta años:

—Siéntase como en su casa Walter, a sus órdenes para lo que necesite.

—Perdón ¿Nos conocemos? —pregunté sorprendido al escuchar mi nombre.

—Soy un fiel oyente de su programa, el del ángel, que va los sábados por la noche, —dijo palmeando mi espalda mientras subíamos a la pequeña proa.

Me sentí halagado, no esperé que un curtido marinero pudiese escuchar mi modesto espacio radial. En “Por los confines del ángel gris”, mechaba música lenta con textos de diversos autores, dándole preponderancia a los del último libro de mi admirado Alejandro Dolina.

Navegamos por horas, transmitiendo directamente desde la embarcación. El sol había comenzado la fuga cotidiana, dorando con sus cobrizos rayos el majestuoso curso de agua. Las nubes rebalsaban de rojos y naranjas. Solo quienes hayan tenido la bendición de disfrutar un atardecer a orillas del Paraná, comprenderán el momento mágico que intento describirles.
Dicho escenario enmarcó las fascinantes historias que el capitán nos contó entre los camalotes de la corriente zaina.(sic Borges)
Fabulas del rio, personajes míticos, deliciosas leyendas. Fusionaba épocas y lugares, pero para nosotros todo transcurría en el presente y allí. Tan increíbles (pero a la vez tan reales) resultaban las palabras que salían de sus partidos labios, que permanecimos atornillados a las bancas. Aquella tardecita solo música se escuchó por la emisora.
Esto no hubiese trascendido el plano de una anécdota pintoresca, si no fuese por lo que acontecería en los días por venir.

Paladeábamos unos lisos en Los Alpes, un viernes a la noche. El platito de maní señalaba el centro de una mesa de seis. Intento, pese a la distancia, rearmar la escena. Distingo a las “rusas” amigas de mi esposa (Liliana Spam y Vilma Wagner) y a la “negra” Marita Planisic. En Paraná, todos son negros o rusos. Intuyo la presencia también del querido Sergio Cansé, alegrándonos con sus bromas. Seguro que la pasábamos genial, yo estaba de espaldas al bar, mirando para el lado de la iglesia San Miguel. Me imagino la luna llena coronando al campanario.
No ví al mozo acercarse, pero al escuchar la voz, giré la cabeza intrigado. Tras mi hombro derecho se encontraba el capitán vestido de mesero, sonriéndome, mientras comenzaba a servirnos una nueva ronda de cervezas. Realmente me sorprendí, aunque luego pensé que en la época hiperinflacionaria en que vivíamos, tener más de un empleo era lo habitual. Lo raro resultaba ser que a sus setenta años, trabajase en un lugar atestado por jóvenes universitarios. Les hice el comentario a los presentes (como al pasar), pero no mencioné lo del barco. Algo profundo me indicaba que me encontraba frente a algo extraño e inexplicable.

Mi intuición resultó acertada, dos días después me lo encontré nuevamente. Esta vez oficiaba de jardinero en la plaza Pancho Ramirez, a dos cuadras de la casa de mis suegros. El lugar lucia hermoso, con la armonía y el colorido propio de las placitas de la ciudad (Por lo menos en esos tiempos).
Me gusta escribir rodeado por la naturaleza (aunque sea en una expresión mínima de está), tal vez por aquel entonces garabateaba algún cuento de mi primer libro.
Llego a mí su canto cristalino y dulce. Entonaba esa canción del principito (nunca supe el nombre) de Jorge Mendez. Alcé la vista y lo miré con más miedo que curiosidad, tentado estuve de salir corriendo, pero luego de responder a su saludo, me levanté para charlar con él.
Por un puñado de minutos hablamos (o habló mejor dicho) sobre plantas y flores, sobre polen, abejas y ruiseñores. Nunca volví a encontrarme a alguien con tamaña sabiduría. Me dio material para preparar varios programas de radio. Lo tenía ya medio agotado a Dolina y los relatos del capitán me vinieron de perillas.

Lo ví dos o tres veces más antes de que terminara el mes, siempre haciendo algo distinto. Limpiando armados en Puerto Sánchez, vendiendo helados en la peatonal, afilando cuchillos en una bicicleta, en la esquina de Urquiza y Buenos Aires. A esa altura, mi ser racional empezaba a suplicar desesperadamente por una respuesta lógica. . No era posible que una misma persona pudiese desempeñarse tan bien y en labores tan distintas. Aunque ahora creo que detrás del temor a lo sobrenatural que me contenía entonces, existía también un deseo de no romper el encanto.

Un mediodía de otoño, transcurrido un mes del primer encuentro, lo hallé limpiando los vidrios de un edificio lindero a la radio, en calle Santa Fe. Lo enfrenté decidido a encontrar una respuesta clara a su omnipresencia. El tema comenzaba ya a afectar mi salud mental.

—No investigues más allá de lo que tu razón pueda digerir mi querido Walter. Hay cosas que son como son. No compliques tu existencia y disfrutalas, —dijo y me di cuenta que había empezado a tutearme.— Además no te preocupes, esta es nuestra despedida. Mañana retorno a mi barrio, tengo algunos trabajitos inconclusos.

Me tendió la huesuda mano y apenas pude apretársela, estaba paralizado. No me pregunten por qué, pero ya conocía la respuesta a la simple pregunta que confirmaría mi presunción.

—¿De…de donde es usted? —inquirí tartamudeando.

Me observó tiernamente con sus ojos sin fin, a la vez que se rascaba la frondosa barba gris. Su voz, más ronca que nunca, sonó con un eco que aun retumba en mis sueños:

—De Flores mi estimado Walter, del barrio de Flores.

Y en menos de lo que tardé en pestañar, se evaporó ante mis ojos.

Posdata : Un abrazo y mis felicitaciones para todos los padres del sur mendocino, muy en particular para uno llamado Gerardo y que vive en una bella finca de Jaime prats.
Opiniones (1)
22 de octubre de 2017 | 17:10
2
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22 de octubre de 2017 | 17:10
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  1. ¡ Qué hermoso relato ! estuve en Paraná no hace mucho y es cierto los atardeceres son magníficos. La foto ¡ espectacular y misteriosa !
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