Manual para la extración de cerebros

Puestos uno al lado del otro, el cerebro de Albert Einstein y el cerebro de un idiota no son tan diferentes. La fotografía de la izquierda, tomada en el año 1955, muestra el cerebro diseccionado del científico. La ilustración de la derecha, publicada en el Journal of Mental Science entre 1870 y 1890, aparecía en la publicación original como “el cerebro de alguien descrito como un idiota”.

Desde hace décadas, los científicos se afanan en buscar las diferencias entre estos dos tipos de cerebros; el motivo que les ha empujado a extraer seseras durante años de forma incansable.

El 18 de abril de 1955, Thomas Stolz Harvey, el jefe de patología del hospital de Princeton, extrajo el cerebro del cuerpo de Albert Einstein y se lo llevó a su casa. Tres décadas después, un periodista de Nueva Jersey localizó al médico en el estado de Kansas y descubrió que conservaba el cerebro de Einstein en uno de los tarros de su cocina. El científico explicó que lo había cortado en 240 trozos y que había viajado por todo el país con el cerebro del genio en el maletero del coche.

En enero de 1916, el Dr. Luis Henry Debayle realizó la autopsia del poeta Rubén Darío y decidió quedarse con el cerebro como recuerdo. Mientras se disponía a salir por la puerta, el médico fue interceptado por el cuñado del poeta, que pretendía vender la víscera por su cuenta, y se inició una pelea a puñetazos que terminó con el cerebro de Darío en comisaría. Desde entonces, el destino del cerebro del poeta se ha convertido en un auténtico misterio.

Objeto de estudio ha sido el cerebro de personajes tan dispares como Lenin, el asesino Edward H. Rulloff, el indio Ishi (el último miembro de la tribu de los yahi de California), o el matemático alemán Carl Friedrich Gauss, cuyos sesos han sido conservados en formol durante más de siglo y medio. A los cadáveres de todos ellos les fue arrebatado el cerebro por el bien de la ciencia o por pura curiosidad morbosa. A finales del siglo XIX, como consecuencia de las teorías de ciertos anatomistas franceses, sobrevino la moda de extraer y pesar los cerebros de los personajes más ilustres, de modo que fueron pasando por la balanza los cerebros de genios como Iván Turguenev, Anatole France o Pierre Simon de Laplace con las consiguientes y odiosas comparaciones.

Pero ¿sabemos realmente lo que diferencia el cerebro de un genio del de una persona ‘normal’? Aunque es cierto que el cerebro de Einstein presentaba notables peculiaridades en el lóbulo frontal, en el caso de otros genios, como el matemático Gauss, su cerebro no se diferenciaba en nada de los que poseen el resto de los mortales. Actualmente existen decenas de bancos de cerebros en todo el mundo cuya investigación sirve para combatir enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer. Sin embargo, a la hora de contrastar las diferencias entre la materia gris de los individuos, los bancos se encuentran con una dificultad añadida: la sobreabundancia de cerebros con anomalías y la preocupante escasez de órganos ‘normales’. Baste decir que en el año 2003 el Gobierno británico reconoció públicamente que, durante casi treinta años, los cerebros de miles de enfermos mentales habían sido extirpados sin conocimiento de sus familias para cederlos a experimentos científicos, lo que puede dar una idea de la filosofía que se ha seguido hasta ahora en la recolección de cerebros.

El mayor banco de cerebros del planeta, localizado en Harvard, almacena más de 6.000 cerebros en pequeñas fiambreras. El mayor banco de cerebros de España, en el hospital Fundación de Alcorcón, conserva los sesos de mil quinientas personas en sus correspondientes tupperwares. Una vez sobre la mesa del forense, los cerebros se cortan en láminas muy finas y se separan cuidadosamente las zonas de interés de cada lóbulo. Mientras lo cortan en lonchas, el cerebro adquiere una textura como de mazapán rancio, como si el doctor estuviera sajando el turrón de las navidades pasadas.

Sobre este montoncito de lonchas longitudinales, los científicos se esfuerzan por encontrar un síntoma que revele la interacción del pensamiento con la materia, protuberancias o anomalías que indiquen posibles alteraciones de la mente. Porque el cerebro, como se ha encargado de demostrar la Neuropsiquiatría, es un lugar donde el Yo tiene su residencia física y cualquier pequeño cambio puede provocar auténticos conmociones. En la Universidad del País Vasco, por ejemplo, un equipo de científicos trabaja hoy día con los cerebros de alrededor de 600 personas que intentaron quitarse la vida o sufrieron algún tipo de perturbación. Los creadores de este banco quieren saber qué sucede a nivel orgánico en la cabeza de los individuos con esquizofrenia o trastornos depresivos y qué les empuja hacia el comportamiento suicida. Un abismo al que quizá algún día nos podamos asomar al microscopio.

Fuente: Librodenotas.com.
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9 de Diciembre de 2016|05:31
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