Viaje por el techo del mundo: Nepal

Ellos se consideran "cumbre de los océanos". Allí está la cadena de los Himalayas. Allí, las vacas son sagradas y los monos tienen atención preferencial. Allí, Buda te observa. Hasta allí, Nepal, llegamos con Federico

Nepal es un pequeño país de Asia ubicado entre dos grandes potencias como China al norte y la India al sur. Es conocido porque dentro de su territorio se encuentra la cumbre más alta de la tierra, el Monte Everest de 8848 metros.

Los nepalíes lo llaman Sagarmatha (cumbre de los océanos). La cadena de los Himalayas atraviesa todo el país que tiene un total de 11 cumbres que superan los 8000 metros. Es destacable la riqueza cultural y religiosa de este antiguo reino que hoy funciona como república democrática. Tiene 26 millones de habitantes y su capital es Kathmandú. Esta ciudad, fundada en el año 723, era mi destino viniendo desde la India.  El largo periplo comenzó en Benarés donde tomé un tren de medianoche en la estación Varanasi Junction hasta Gorakphur. Allí conocí a una mochilera escocesa, Hailey y a un inglés, Luke. Fuimos los únicos occidentales en todo el pasaje. 
 (preparando los papeles para ingresar a Nepal) 
 

(Colectivo hasta Sonauli) 

Arribamos a Gorakphur a las 7 a.m. Apenas salimos de la estación empezó el asedio de choferes que ofrecían sus servicios hasta Sonauli en la frontera con Nepal. Abordamos un bus porque no hay vías férreas hasta allí. El micro se fue llenando lentamente con gente local y otros viajeros. Para sacar mayor rédito el guarda colocó unas tablas sobre el pasillo sostenidas por los asientos para que cupieran más pasajeros sentados. Yo iba en la parte trasera del vehículo y mis piernas quedaran encajadas bajo las improvisadas butacas. Apretados como sardinas pusimos rumbo norte buscando el límite nepalí.

A mediodía llegamos a Sonauli donde hicimos el trámite de salida de la India y entramos a Nepal caminando con la mochila en la espalda. La ciudad fronteriza es Bhairahawa y en su oficina de inmigración sacamos una visa turística de 15 días de duración, con entrada múltiple, por 25 dólares. Cambiamos rupias indias por rupias nepalíes que tienen menor valor. La escocesa casi se olvida el bolso de mano en la casa de cambio.

  Comenzó otra negociación para conseguir transporte hasta Kathmandú. Como uno viene desde India especulan con los precios y te los dan en rupias con el rostro de Gandhi para ganarse la diferencia. Iba con la esperanza de que las cosas fueran más tranquilas pero los nepalíes resultaron igual de especuladores que los indios. A 22 kilómetros está la ciudad de Lumbini donde nació el Buda. Un monolito recuerda el sitio donde llegó al mundo el fundador del Budismo, religión que abraza gran porcentaje de la población local. Ajustamos los relojes al cambio de horario más insólito que he visto: un adelanto de solo 15 minutos es la diferencia entre India y Nepal. A las 4 p.m. comenzó otro incómodo viaje en un micro viejo y lento. Con las mochilas atadas al techo y llenándose de tierra partimos a Kathmandú. Demoramos 11 horas en recorrer sólo 282 kilómetros entre pueblos remotos y caminos de tierra que iban ascendiendo por las montañas con el precipicio a pocos metros de la banquina. A la madrugada llegamos a la capital que todavía dormía.

(monumento de declaración de Patrimonio de la Humanidad) 

Fuimos en taxi a la zona de Thamel el sector comercial y hotelero para extranjeros. Es un barrio atestado de tiendas y puestos callejeros donde venden de todo, desde elementos de montañismo hasta alfombras orientales. Conseguí buen precio en el Hotel Diplomat en la calle Jyatha. Me acosté un rato en una cama de verdad por primera vez en 48 horas luego de dos noches de dormir en tren y en micro. Se notaba la altura por el frío que hacía. Tuve que poner una frazada en la cama y para peor el vidrio de la puerta del balcón estaba roto y entraba aire. Habían intentado taparlo con un poster pero igual se colaba una corriente. La primera visita fue a Durbar Square, un complejo enorme de pagodas y templos que es patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Se deben pagar 300 rupias para ingresar (unos 17 pesos argentinos). Se ven montones de vacas sagradas caminando entre las esbeltas pagodas que le dan un aire completamente oriental al entorno. Es una pena que estén bastante mal conservadas pese a estar protegidas por UNESCO. La Casa de Gobierno ocupa un edificio blanco de altas columnas situado en el lado sur de esta zona.

 (tienda callejera donde se venden camisetas de titulares y suplentes de equipos mundialmente conocidos, como el de la selección de nuestro pais)

 Una tienda vendía posters y camisetas de fútbol. Se destacaba la de nuestra Selección mezclada con las del Real Madrid, Manchester y Liverpool. Fue el primer y único contacto con los colores nacionales en todo el viaje. Es un país que gusta del fútbol y ubicaban perfectamente a Maradona, Messi, Batistuta y hasta al Cholo Simeone.

Comenzó a caer una fina llovizna y me refugié en los escalones de una pagoda desde donde tenía un buen panorama de la ciudad. El momento de relax fue interrumpido por un señor con aliento alcohólico, algo muy raro ya que lo tiene prohibido por religión. Me quería vender una medalla con los ojos del Buda que es el símbolo que distingue a Nepal y se ve por todas partes. Le dije que no me interesaba pero insistió y se puso pesado. Cambié de lugar pero seguía obstinado y solo se alejó cuando le pegué un buen grito. El asedio no terminó allí. Cuando regresaba al hotel un adolescente se me pegó como garrapata tratando de venderme una artesanía. Me siguió al punto de no dejarme en paz ni para sacar una foto con la estatua de un dragón en la puerta de un templo. La única solución fue dirigirme a un agente que ordenaba el tránsito. Cuando  el pibe leyó mi intención salió corriendo. Después me contaron que el mismo chico había tenido problemas similares con otros extranjeros.
 
  En 25 días de viaje no había probado ni un solo bocado de carne vacuna ya que las vacas son sagradas y no se tocan. Me estaban dando ganas de un buen asadito con jarilla de Valle Grande pero me conformaba con una hamburguesa. En las cadenas de comida rápida solo servían hamburguesas de pollo y vegetarianas. A la salida de un ciber veo un cartel donde anunciaban “meat burger” (hamburguesa de carne). Entré al lugar, un pequeño local sobre una calle peatonal, y pregunté de qué animal era la carne. Logré entender que era de buey. Lo pensé un poco y pedí una por 60 rupias (4 pesos). Entre la lechuga, el tomate, la mayonesa y el kétchup disimularon el sabor y parecía una hamburguesa normal. Mi resignado estómago agradeció el aporte de proteínas cárnicas. 

 

Ochenta kilómetros al noroeste de Kathmandú se encuentra la ciudad de Gorkha. Es una  tribu que dominó a Nepal en sus orígenes. De allí provienen los soldados mercenarios que se hicieron tristemente célebres en la Guerra de Malvinas donde actuaron junto a los ingleses. El Royal Army los contrata desde hace siglos y existe en Londres un cuerpo especial de gurkhas al que aspiran pertenecer los reclutas para huir de la pobreza de su país. Son conocidos por su coraje en combate y su lema es “Kaphar hunnu bhanda marnu ramro” (mejor morir que ser cobarde)

No es fácil ingresar al ejército gurkha. Durante el exigente reclutamiento se les hace una marca indeleble con tinta oscura en pecho y espalda para que los rechazados no vuelvan a colocarse en la fila. Solo el 8% de los aspirantes son aceptados. 

                                                                                  (soldado gurkha, con kukri "oficial" 

El arma distintiva de un gurkha es su cuchillo oficial llamado “kukri”(en la foto a la izquierda). Es un temible puñal de 33 centímetros de longitud con hoja curva y una muesca en la parte inferior para detener el arma blanca rival en el combate cuerpo a cuerpo. Vi a un oficial gurkha haciendo guardia frente a un templo y me acerqué con cuidado. Le pregunté en inglés si me permitía sacarle una foto donde se viera el kukri colocado en su cintura. Accedió sin problemas y le hice un par de tomas. Ni se me ocurrió pedirle que lo desenfundara ya que otro de los mandatos gurkha es que si el kukri sale de su vaina “debe probar sangre”. Es imposible volver de Nepal sin un kukri. Los ofrecen en tiendas especializadas y hay de todos los tamaños. Compré uno acorde a mi presupuesto que es una reproducción más pequeña que el utilizado oficialmente. La hoja tiene tallados unos dibujos tribales y en el mango de madera destaca, irónicamente, el símbolo del yin y el yang como equilibrio del universo según la cosmología china. La funda está trabajada en cuero y adornada con monedas de bronce de antiguo cuño. Me costó unos cuantos minutos de negociación en un puesto de la Plaza Durbar. Para llevarlo a casa hay que despacharlo en la bodega del avión ya que desde 2001 no permiten acceder a la cabina con objetos filosos.

 (stupa del templo de Swayambhunath, o Templo de los Monos)

 Para el final de la estadía había dejado la obligada visita al templo más famoso de Kathmandú: la Stupa Budista de Swayambhunath que también es patrimonio de UNESCO.  También se lo conoce como Templo de los Monos ya que está habitado por gran cantidad de simios del tipo macaco rhesus que son cuidados por los monjes. Tienen su propia pileta de natación. La gente les da de comer y viven como reyes. El templo está ubicado en la cima de un monte a 3 kilómetros del centro de la ciudad. Obviando a los insistentes taxistas decidí ir caminando. Desde lejos destaca la alta cúpula dorada que tiene pintados los ojos del Buda, señal divina.

En la base del cerro se erigen varias estatuas del Buda sentado. Trepé por los interminables escalones hasta la entrada donde se abona un ticket de 100 rupias para ingresar. La vista del valle de Kathmandú con la cadena de los Himalayas de fondo es soberbia. Aseguran que en días despejados se ve el Everest pero no tuve esa suerte ya que la polución y las nubes opacaban un poco el panorama.

  (al fondo, escondido en la bruma, el Everest)

 

Los ojos del Buda están en las cuatro caras de la base y te miran fijamente dondequiera que vayas. Cumplí con el ritual de sonar las campanillas y girar unos pequeños tambores de bronce finamente tallados (en la foto, a la izquierda). En su interior se debe colocar un deseo escrito y según la leyenda se cumplirá al darle 10 vueltas al tambor. (No puedo revelar cuál fue mi pedido  pero se cumplió).

Los monjes se ven meditando por todas partes. El jefe espiritual de la Stupa se asomó para saludar a los visitantes y me hice una foto con él. Se parecía bastante al Dalai Lama. Los monos andan libremente por el lugar pidiendo comida, si son bananas mejor. Están acostumbrados a la gente pero vi un par bastante agresivos entre sí. No había mendigos ni vendedores alborotando alrededor y pude sentarme un rato y encontrar algo de sosiego mientras contemplaba la enorme pared de roca de los Himalayas y el verde valle a sus pies.


 Descendí lentamente del cerro y volví caminando al centro. En el trayecto me encontré con una carnicería instalada sobre la vereda. Los trozos de buey estaban expuestos para la venta al aire libre.(carnicería al paso, imagen a la derecha) 

Había moscas danzando alrededor sin ningún tipo de refrigeración y a escasos metros del humo de los escapes. Tuve un momento de zozobra cuando relacioné la hamburguesa que había comido el día anterior con ese nulo control bromatológico. Comencé a despedirme del fresco clima nepalí y las cumbres más altas del planeta y emprendí el largo (larguísimo) regreso a San Rafael.

(la bajada del templo Swayambhunath)


  El próximo domingo viajamos al calor del Caribe cubano con Federico invitado por la O.C.A.L. de Rosario Central en el 30 aniversario de la muerte en combate del Che Guevara.       

Opiniones (3)
20 de octubre de 2017 | 12:33
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20 de octubre de 2017 | 12:33
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  1. Es difícil imaginar a la gente viviendo de esta manera. Esta nota lo pone en manifiesto en forma muy instructiva. Muy interesante y muy bien ilustrada.
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  2. Maravilloso el viaje a Nepal el más allá terrenal,aprendiendo la forma de vida de culturas tan distintas a las nuestras. Nos vemos en Cuba,Federico !!!!
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  3. Fascinante relato Federico, historias que provocan admiración por tu epopeya y por que no decirlo, la mas sanas de las envidias. Un abrazo, a ver por donde te encontramos el próximo domingo...
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